Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (XXVIII) Por JD


El alcalde tenía sus ojos puestos en el doctor, su mirada fría parecía decirlo todo, pero aún así decidió dejar claro su malestar.
-¿No cree que se ha pasado contándole todos nuestros planes?

El doctor sonrió y se acercó a la mesa.
-Por favor, tenga fe en mí, usted tiene que convencer a masas, mi especialidad son los individuos. Y le aseguro que esa pobre mujer en estos momentos se debe de estar devanando la cabeza pensando en cuánto de lo que le he contado es verdad, y cuánto es mentira. Seguramente con las masas no funcione, pero le aseguro, que cara a cara con otra persona, decir la verdad es la mejor mentira. La naturaleza humana es así, no quiere comprender que alguien pueda decir la verdad libremente sin que nadie le fuerce, y aún forzando la verdad, siempre tendrá la duda de si lo es o se trata de un embuste más.

-Juegos psicológicos -dijo a modo de desdén la mujer sentada detrás de la mesa-. Espero que no los emplee conmigo. Le aseguro que yo no seré tan blanda como esa militar.

-¿Por qué iba a tener la necesidad de hacerlo? -preguntó el doctor con cierto tono cómico-, somos aliados, estamos en el mismo bote, ya sabe, camaradas.

-Porque está en su naturaleza -respondió el alcalde continuando usando el tono de disgusto con el doctor.

-Le dijo la araña al escorpión -sonrió el doctor-. Mire, ¿qué más da? Da igual lo que le diga a esa mujer, está muerta y todavía no lo sabe. ¿A quién se lo va a contar? Controlamos las comunicaciones, está encerrada en esta ciudad. Y aunque la evacue, que supongo que es lo que hará, ¿quién la iba a creer? ¿Qué pruebas aportaría? ¿Muertos que se levantan de sus tumbas? Cuentos para niños. Además, quien le tuviera que hacer caso están en esto con nosotros. Tenemos gente en todos los estamentos, políticos, judiciales, militares, ¿vio la cara que puso cuando le dijimos que la prensa libre no lo era tanto? Fue como decirle a un niño que no existe Santa Claus o uno de esos personajes de leyenda. En el fondo me daba lástima.

-Debería tener cuidado con ella -le avisó la mujer-, la masa es predecible, el ser humano no. Debería saberlo.

-¿Ahora tiene lástima de ella? -se burló el doctor.

-Tengo una conciencia -respondió a la defensiva el político-. Otra cosa es que me deje guiar siempre por ella. Creo en lo que estamos haciendo. En la necesidad de estas… medidas drásticas para un bien superior.

-Bueno, dejémonos de cháchara -dijo el doctor abriendo un cajón-, es hora de acabar con esta tontería y con el experimento.

Cogió un teléfono de dentro y desplegó la antena, luego marcó una serie de números, el teléfono vía satélite cobró vida. El doctor comenzó a hablar.
-Necesito el protocolo Infierno adelantado a ya.

Luego hubo una pausa.
-Por supuesto que estoy seguro, la misión está comprometida, es urgente que acabemos con el experimento lo antes posible. ¿Cuánto tardarán en tener listo el material para arrasar la ciudad?

El doctor sonrió ante la respuesta. Luego colgó y se giró hacia su compañera de fechorías.
-Hecho. En ocho horas esta ciudad comenzará a arder hasta sus cimientos.

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