Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (XIV) Por JD


La capitana Grumpy estaba estudiando los últimos informes. No eran nada halagüeños; la violencia en la calle había descendido, sobre todo a partir de la presencia del ejército patrullando por la ciudad. Pero los avisos de violencia doméstica habían aumentado y la presencia de la gente en general por las calles estaba descendiendo. Se recibían informes de ausencia laboral injustificada que hacía que tres cuartas partes de los negocios de la ciudad estuvieran cerrados por falta de personal.

Todo era demasiado extraño. Se respiraba un ambiente tenso incluso entre las tropas y las comunicaciones eran cada vez peor. Los soldados, incluso con su férreo entrenamiento, seguían siendo humanos y estaban sujetos a los rumores y a las supersticiones, y visto el extraño comportamiento de las personas en la ciudad y las pocas explicaciones que habían al mismo se comenzaba a dar la culpa incluso a los extraterrestres. Todo era un sinsentido. Pero al no haber información… Ni siquiera ella tenía todas las respuestas.

Y no saber qué estaba pasando era frustrante. Menos que tener que hablar con la mandamás de la ciudad que se creía la emperadora o algo parecido. El rumor entre los soldados era que la definición de “ego” en el diccionario iba acompañada de una fotografía de la político.

Y ella había hecho todo lo posible para mantener esos rumores en marcha. Era una manera como otra cualquiera de relajarse y luchar contra la tentación de volarle los sesos a ese ser infame que la gente había puesto al cargo de sus vidas.

Un nuevo día comenzaba y la militar veía el sol salir desde la azotea del ayuntamiento. Entre los edificios se colaban los primeros rayos de sol. Junto a ella había un grupo de soldados observando el espectáculo. La azotea era uno de los lugares en los que había tenido que posicionar soldados por orden de la alcaldesa; lo cierto es que era un poco ridículo, dado que toda la plaza estaba cerrada a cal y canto y sólo se necesitaban un par de minutos para situar en la misma soldados en caso de haber algún problema. ¿Pero quién quería escuchar sus consejos? Al fin y al cabo sólo era su vida y su trabajo. Los soldados, acostumbrados a la cercanía y familiaridad con la capitana estaban gastándose bromas y comentando la falta de resultados deportivos.

Esos días apenas habían noticias. Y, ahora que lo pensaba, no había tenido que lidiar con periodistas en toda su estancia en la ciudad. Al pensarlo le resultó extraño, ¿el ejercito tomando las calles y ni un periodista preguntando los motivos o yendo detrás de ella buscando respuestas? Se giró hacia el grupo de soldados.

-¿Cuándo fue la última vez que habéis leído un periódico?- preguntó con tono serio.

Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (XIII) Por JD


Ambos bajaron al segundo piso a tiempo de ver cómo los vecinos del primero comenzaban a asomar por la escalera. Los del tercero también comenzaban a bajar por la escalera. O’Hara miró a Van Pelt.
-¿Y ahora qué? ¿Puedo considerar mi vida en peligro y comenzar a disparar?

Van Pelt miró alrededor sopesando las posibilidades.
-Entremos en uno de los pisos y hagámonos fuertes hasta que lleguen los refuerzos -dijo mientras señalaba una puerta que estaba alejada de las escaleras. O’Hara se acercó a la puerta y puso la oreja en la misma, no parecía escucharse nada al otro lado; dándose por satisfecho dio una patada al pomo y la puerta se abrió violentamente.

Los dos militares entraron en la casa mientras cerraban la puerta detrás de ellos y buscaban algo con lo que bloquearla. Pero en el pasillo no había nada. Van Pelt señaló la habitación más alejada de la puerta.
-Probemos suerte ahí -dijo mientras avanzaba por la casa temiendo que en cualquier momento se le echara encima uno de aquellos vecinos locos.

Llegaron a lo que parecía ser el salón-comedor de la casa. Al fondo estaba el balcón que daba a la calle, las puertas eran de madera y cristal pero en el salón había varios muebles lo suficientemente grandes para usarlos de barricadas. Se pusieron inmediatamente a ello a tiempo de ver cómo los vecinos entraban en el piso y lo invadían como si fueran una plaga.

Al encontrarse con los muebles comenzaron a golpear con fuerza los mismos. Era cuestión de tiempo que estos cedieran y les dejaran a la merced de los atacantes. Van Pelt salió al balcón. Estaban a más de diez metros de altura, por lo que la caída seguramente sería mortal. O’Hara estaba comprobando su fusil de asalto ya que la habitación era lo suficientemente amplia como para poder usarlo sin problemas. Entonces empezaron a escuchar golpes en las paredes que comenzaron a temblar.

-Joder -dijo O’Hara-, estamos atrapados como ratas.

Las ideas pasaban rápidamente por la cabeza de Van Pelt intentando buscar una salida a aquel problema. Las débiles paredes comenzaron a mostrar grietas y los muebles a moverse. Volvió a asomarse al balcón.
-De acuerdo, a ver, podemos usar el arnés del fusil de asalto para descender hasta el balcón del primer piso, y desde ahí o descender a la calle o probar por las escaleras.

O’Hara se asomó al balcón y torció el gesto.
-Quedarnos aquí y ser masacrados por unos vecinos locos de atar caníbales o jugar a la ruleta rusa con la gravedad y seguir tu plan peliculero –suspiró-. De acuerdo, tú primero.

Van Pelt deshizo el arnés de su fusil de asalto parcialmente, tenía pensado usar el mismo como ancla; trató de afianzarlo lo más seguro posible. Dio varios tirones y luego soltó el cinto por el otro lado del balcón. Las grietas de las paredes comenzaron a agrandarse más y ya podía ver los brazos de los vecinos colarse por los muebles.

-Nos vemos abajo -dijo Van Pelt mientras se ponía los guantes y se aguantaba en el balcón con el arnés y los pies.

Se soltó y dio un primer salto al vacío. Con el segundo salto se quedó con los pies en el aire y tuvo que comenzar a descender lentamente. Fue entonces cuando comenzó a escuchar el ruido de disparos por encima de ella. Y fue en ese momento cuando o bien el arnés se soltó o bien se rompió del fusil de asalto, ¿cómo podía saberlo? En su caída intentó agarrarse a la cornisa del balcón del primer piso, lo consiguió con el brazo izquierdo, pero la fuerza del golpe hizo que su brazo se desencajara del hombro y perdiera el asidero. Lo siguiente que supo es que le dolían todos los huesos, músculos y cualquier cosa que pudiera sentir en su cuerpo. Había caído sobre el techo de uno de los coches patrulla que había amortiguado un poco más la caída, pero a cambio notaba cómo se había torcido el píe.

Trató de ponerse en píe, pero el dolor era demasiado fuerte, así que optó por arrastrarse y dejarse caer por la parte trasera del coche. Se quedó sentada detrás del coche, y fue entonces cuando notó que no escuchaba disparos. ¿Cuándo habían dejado de sonar? No lograba recordarlo, miró hacia arriba esperando ver aparecer a su compañero de armas, O’Hara, pero no apareció.

Luchaba contra la inconsciencia, ¿dónde estaban esos refuerzos? Fue en ese momento cuando vio a los vecinos salir del edificio en su dirección, sacó la pistola y disparó al aire, no hubo reacción; volvió a disparar, esta vez al suelo que había delante de los vecinos, pero siguieron avanzando.
-A la mierda -pensó y disparó a los primeros vecinos que se acercaban, y fue entonces cuando lo increíble sucedió, vio las balas alcanzar sus objetivos, pero fue como si no pasara nada, seguían avanzando; volvió a disparar, volvió a acertar, y siguió sin pasar nada. ¿Qué locura era ésa? Veía los impactos en el pecho descubierto de uno de los vecinos, veía los agujeros, veía la sangre salir por los agujeros, pero no caía, disparó a las piernas; varios vecinos cayeron, pero siguieron avanzando arrastrándose hacia ella. No sabía qué hacer, pensó en los policías, ¿estarían ya muertos cuando se los empezaron a comer? ¿O no? La sola idea de seguir viva mientras… no podía ni pensarlo, sacó el cargador, apenas le quedaban un par de balas y no tendría tiempo de cambiarlo por otro; no con el brazo izquierdo como lo tenía. Suspiró, volvió a meter el cargador en la pistola y se llevó el cañón a su barbilla.

-No me comeréis viva, hijos de puta -fue lo último que pensó antes de apretar el gatillo.

Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (XII) Por JD


-Apártense de los cuerpos -gritó Van Pelt mientras subían los escalones-, pongan las manos sobre sus cabezas y no hagan movimientos bruscos.

Nadie pareció hacerle mucho caso. Cuando llegaron al descansillo del piso pudieron ver mejor la escena, aquellos tipos no sólo estaban sobre los cadáveres de los policías, parecían estar comiéndoselos. Las personas que estaban devorando los cadáveres parecían ser de diversas edades y genero, incluso había un par de niños que parecían estar… ¿comiéndose? los dedos de un par de los policías. Tenían cogidas sus manos y las estaban mordiendo con saña. Uno de los adultos había agarrado la cabeza de uno de los cuerpos entre sus manos y la había comenzado a golpear contra el suelo como si fuera un coco. Van Pelt volvió a gritar que se apartaran, pero no les hicieron caso.

O’Hara alzó su arma pero Van Pelt puso su mano encima del cañón de la misma,
-¿Se puede saber qué quieres hacer? Están enfermos, no podemos dispararles por las buenas.

-¿Y qué quieres que hagamos? -preguntó irritado O’Hara.

Van Pelt enfundó su arma de mano y giró su fusil para usar la culata. Dio un golpe a uno de los adultos que estaba sobre uno de los cadáveres y esperó su reacción, la cual no se produjo. Ambos militares se miraron con extrañeza; Van Pelt estaba dubitativa.
-Avisa a la base que tenemos cadáveres y que manden refuerzos.

-Zulu cuatro a alfa uno, los policías están muertos -informó O’Hara-, repito, los policías están muertos y los vecinos parecen estar en un estado de canibalismo avanzado. Están devorando sus cadáveres y no reaccionan a los avisos. Solicitamos refuerzos.

Cuando acabó de informar cogió su fusil de asalto y lanzó un culatazo contra el cráneo de uno de los vecinos que parecía tener en la boca los intestinos de uno de los policías. El civil profirió a soltar una especie de gruñido mientras levantaba la vista y observaba a los soldados.

Van Pelt retrocedió un paso al ver la mirada que les había lanzado.
-Creo que eso no ha sido una buena idea.

El resto de los vecinos parecieron notar a los soldados y dejaron de devorar los cadáveres centrándose en los recién llegados.
-Definitivamente no ha sido una buena idea -repitió Van Pelt-, tranquilícense, estamos aquí para ayudar -dijo intentando mantener la calma en su voz-, la ayuda médica está en camino; vuelvan a sus casas y trataremos de arreglarlo todo. No pasa nada.

Los vecinos no parecían escuchar las palabras de Van Pelt y comenzaron a ponerse en píe. O’Hara volvió a echar mano de su pistola.
-¿Y ahora qué? -preguntó mientras alzaba su arma apuntando a la gente que comenzaba a andar hacia ellos.

-Retrocedamos al segundo piso -dijo Van Pelt dándole un golpe en el hombro a O’Hara para indicarle que comenzara a retroceder-. Esperemos a los refuerzos y con suerte se calmarán mientras tanto.

Ambos comenzaron a retroceder bajando las escaleras lentamente mientras los vecinos seguían avanzando hacia ellos como si no tuvieran intención de dejarles ir ahora que habían captado su atención.

O’Hara disparó al suelo que había delante de los vecinos para tratar de asustarles y que detuvieran su avance. No funcionó. El ruido del disparo pareció tener otro efecto y comenzaron a escuchar ruidos desde el primer piso. Al principio eran pequeños golpes, pero a continuación escucharon el sonido inconfundible de madera rompiéndose y más gruñidos. Al asomarse al hueco de la escalera vieron cómo los vecinos del primer piso comenzaban a subir por las escaleras.

-Ahora sí que la has hecho buena -dijo Van Pelt intentando no mostrar en su tono de voz el miedo que comenzaba a recorrerle por el cuerpo.

Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (XI) Por JD


Lo primero que llamó la atención a los soldados al entrar al interior del edificio fue el olor a podrido que desprendía el mismo. Tuvieron que taparse la nariz y esperar unos segundos a habituarse al olor que había.

-Mal comenzamos -dijo Van Pelt quitándose la mano del rostro.

Ambos avanzaron por el interior del pequeño hall hacia el fondo del mismo donde estaban situados un par de ascensores y la escalera. Van Pelt miró a su compañero.
-¿Cómo lo hacemos? ¿Tú desde arriba y yo desde abajo o ambos juntos?

O’Hara puso una sonrisa pícara.
-Si estuvieras hablando de sexo lo tendría claro, pero supongo que no es el caso. La verdad es que creo que es mejor que no nos separemos.

Van Pelt asintió.
-Pues por las escaleras desde abajo, para que no se escape nadie -dijo mientras se dirigía a las mismas.

Ascendieron lentamente hasta el primer piso atentos a cualquier movimiento o ruido, pero no parecía haber nada ni nadie dispuesto a romper el silencio opresivo roto únicamente por el sonido de las botas de ambos soldados. La luz se colaba por las ventanas que había en la escalera y en los descansillos de cada piso. Llegaron al primer piso sin detectar la presencia de nadie ni ver nada extraño. Comprobaron las cuatro puertas que había en el piso pero parecían estar todas cerradas. A O’Hara le pareció escuchar ruidos de arañazos como los que hacían sus gatos en su apartamento cuando jugaban con un rascador que tenía para ellos. Supuso que era algún gato y decidió seguir adelante sin decir nada.

Subieron hasta el segundo piso y cuando se dirigían hacia una de las puertas escucharon cómo sus botas hacían un ruido como de haber pisado agua o algún líquido en el suelo. Miraron a sus pies y descubrieron asombrados que estaban pisando un charco de sangre. Ambos se miraron sin acabar de creerse lo que estaban viendo y siguieron aquel rastro rojizo. Parecía venir del piso superior, y la sangre parecía que había ido cayendo por las escaleras como si fuera una pequeña cascada.

Sacaron sus pistolas. El problema con el que se habían encontrado los militares al actuar en la ciudad era que sus rifles de asalto eran demasiado largos para entornos cerrados como el interior de los edificios y sólo podían usarlos en las calles. Así que tenían que recurrir a las pistolas cuando entraban en el interior de cualquier estructura. De todas maneras las pistolas en las distancias cortas eran igual de mortales y efectivas.

Subieron lentamente la escalera hacia el tercer piso tratando de anticiparse a cualquier problema que pudiera salirles al paso. A medida que subían podían escuchar unos ruidos inquietantes y extraños que no conseguían identificar y que les helaban la sangre, algunos incluso parecían una especie de gruñido.

Cuando pudieron ver el suelo del tercer piso observaron a varios policías tirados en el suelo, sangrando abundantemente, y varias personas a su alrededor, casi encima de las mismas, pero sin ver claramente qué estaban haciendo.

Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (X) Por JD


Los soldados Van Pelt y O’Hara paseaban por las cada vez más vacías calles, prestando atención a todo lo que pasaba a su alrededor. Que cada vez era menos. Lo cierto es que las primeras horas habían sido ajetreadas, sobre todo se había tratado de mantener el orden en comercios y tiendas de alimentos donde la gente se abalanzaba a por comestibles no perecederos. Parecía que se había corrido la voz que las calles se estaban convirtiendo en un sitio peligroso y era mejor no pasear por ellas. Se hablaba de suspender las clases y cada vez menos gente aparecía por sus trabajos.

Y la presencia de los militares patrullando por las calles no ayudaba precisamente a que el ambiente fuera tranquilo. Eso sí, las peleas en las calles y los asaltos a las tiendas habían descendido dramáticamente.

La llamada a la que acudían ahora correspondía a un edificio en el que la policía ya estaba presente pero había pedido ayuda ante la tremenda violencia de la gente con la que se estaban enfrentando. Seguramente para cuando llegaran ya habría acabado todo.

El edificio era el típico que habían visto por el resto de la ciudad, unas seis plantas, con balcones llenos de plantas, ventanas cerradas y sin aparente actividad. Al llegar vieron un par de coches de policía que tenían las luces destellando y habían aparcado casi encima de la acera. Miraron a su alrededor pero no vieron a ningún policía, cosa rara dado que al menos tendría que haberles estado esperando uno para acompañarles dentro, ésas eran las órdenes, intervenir siempre, si era posible, en compañía de las fuerzas de seguridad locales.

Van Pelt, una soldado alta para los estándares femeninos miró a su compañero que también miraba alrededor buscando una respuesta:

-Pues empezamos bien…

Su compañero, O’Hara, que era casi de su misma altura aunque su musculatura era más prominente e intimidatorio, le devolvió la mirada mientras echaba mano de su radio:

-Zulú cuatro a alfa uno, estamos en el objetivo, ni rastro de los locales, solicitamos órdenes.

Mientras los dos esperaban, estudiaron el entorno. Las calles estaban todavía más vacías que en otros sectores, los pisos que se podían ver desde la calle no parecían tener mucha actividad a su alrededor y guardaban una arquitectura idéntica al edificio al pie del cual estaban esperando. Si fuera de noche seguramente el ambiente sería más tétrico, pero apenas era mediodía lo que hizo que una alarma se encendiera en la cabeza de Van Pelt.
-¿No te parece extraño este silencio?

O’Hara miró a su compañera y escuchó durante unos segundos los inexistentes ruidos de la calle.
-Yep, silencio, como en un cementerio, ¿qué hay de raro? Serán familias tranquilas o habrá buen aislamiento.

-Pero si la policía ha venido habrá sido por algo -señaló Van Pelt-, además, es la hora de la comida, ¿no es extraño no escuchar nada? ¿Ni una radio? ¿Ni una televisión? ¿Ni un grito para que los niños se pongan a comer?

Buen aislamiento -volvió a repetir O’Hara-, o gente muy educada. Por favor, no te pongas paranoica. A lo mejor están de vacaciones o han abandonado la ciudad y no hay nadie en la mayoría de los edificios.

La radio rompió el silencio.
-Procedan al interior del edificio y busquen a la policía. Informen cuando los encuentren. Procedan con precaución y recuerden las reglas de compromiso.

-Vamos para adentro -dijo Van Pelt con cierto tono de resignación.

Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (IX) Por JD


Durante el resto del día la capitana Grumpy ordenó a su teniente presentar los informes de situación mientras ella se excusaba por estar en las afueras de la ciudad coordinando la llegada de las tropas y el material militar, así como su despliegue según los planes originales.

A primera hora de la mañana siguiente la militar volvía a escuchar la voz subida de tono del mismo general del día anterior recordándole que debía de ejercer de enlace con el gobierno local y debía mostrar sus mayores respetos por estas autoridades.

Poco después de un mal desayuno, la capitana Grumpy acompañada de un ayudante, se presentó en el despacho del alcalde que al verla aparecer puso su habitual sonrisa triunfante. Durante los siguientes minutos el teniente que acompañaba a la militar informó de las medidas que estaban tomando para defender la plaza de cualquier posible ataque civil mientras la capitana explicó en un minuto el despliegue de tropas en el exterior y los planes de despliegue en los principales puntos neurálgicos de la ciudad.

El alcalde sonrió durante todo el tiempo que estuvieron los militares en el despacho asintiendo complacida. Cuando la militar acabó su exposición salió rápidamente del despacho sin esperar a los comentarios del político dejando a su teniente para esos menesteres.

Entre informe e informe la militar dio las órdenes para que nadie dejara la ciudad sin su autorización y se levantaran controles en las principales vías de acceso a la ciudad. Su teniente mientras tanto se encargó de diseñar la defensa de la plaza.

Los primeros camiones con los soldados comenzaron a llegar a la plaza mientras las grúas ponían barreras de hormigón en los accesos de las calles y alrededor del ayuntamiento. Las ametralladoras fueron situadas dentro del edificio en las ventanas con vistas a toda la plaza mientras diversos humvee se situaban delante de las puertas principales del edificio a modo de defensa y se alzaban los focos que mantendrían iluminada la plaza durante la noche.

El alcalde se asomaba de vez en cuando a las ventanas y al ver el movimiento asentía complacida. Los informes en su despacho se convirtieron en rutina y la militar simplemente estaba como adorno mientras su teniente informaba de la mayoría de los detalles. Parecía que simplemente bastaba su presencia para aplacar la ira del político.

La capitana Grumpy revisó desde la azotea del ayuntamiento las medidas defensivas tomadas. En realidad no eran todas las que ella había querido tomar, pero el alcalde se había negado a usar cosas como el alambre de espino y largas alambradas diciendo que no quería que sus votantes sintieran que estaba distanciándose de ellos y olvidándoles.

Suspiró mientras el sol se ponía detrás de los edificios que rodeaban la plaza y veía como los primeros soldados salían de patrulla con las autoridades locales. Con suerte en uno o dos días toda esta histeria habría acabado y podría volver al cuartel y considerar estos días como un mal sueño que olvidar con una copa.

Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (VIII) Por JD


El alcalde miró con cierta irritación a la militar.
-Me parece que no entiende cómo funcionan las cosas en el mundo real -le dijo mientras cogía el teléfono y marcaba un número-. Hola Frank, necesito que le aclares a tu soldadito quién manda aquí. Parece que no “entiende cómo funcionan las cosas en el mundo real”-, repitió la frase como si estuviera haciendo un chiste o marcando su territorio particular.

A continuación le pasó el teléfono a la capitana Grumpy que miró con cara de disgusto al político.

La militar no tuvo casi tiempo de decir nada cuando una voz al otro lado del aparato le comenzó a gritar.
-Sí general… Entiendo, general, pero el general Smith… Sí, señor, no está aquí señor, y usted le supera en rango general… Pero… eso va contra las ordenanzas general… No, señor, cristalino señor.

Finalmente devolvió el teléfono al alcalde que tenía una sonrisa vencedora en su rostro.
-Espero que le haya quedado claro quién manda y quién debe obedecer las órdenes en mi ciudad -dijo enfatizando esto último.

Mara desvió la mirada para otro lado durante unos segundos mientras maldecía en silencio su mala suerte y el problema que sería pegarle un tiro ahí y ahora a esa odiosa mujer.
-Perfectamente, señora, ¿Cuáles son sus órdenes?

El alcalde asintió triunfante.
-¿Ve como no era tan difícil? Bien, lo más importante ahora es impedir que la gente acceda a la plaza así que quiero que sitúe barreras alrededor de la misma, y vehículos, así como soldados bien armados tanto en el exterior como en el interior de este edificio.

Me temo señora que los tanques no pasarán por esas calles -le señaló la capitana Grumpy asumiendo su nuevo rol.

El alcalde hizo un gesto con el brazo para quitarle importancia.
-Da igual, son muy feos y ruidosos, puede hacer con ellos lo que quiera; lo importante es que yo esté bien protegida y nada ni nadie pueda acceder a este edificio sin mi permiso.

-¿Algo más señora? -preguntó la militar deseando salir inmediatamente de ese lugar.

-Sí, quiero que me informe cada hora de la situación -respondió la mujer.

-De acuerdo –asintió la capitana- haré que uno de mis subordinados le informe puntualmente.

-Creo que no me ha entendido -dijo el alcalde sonriendo-, quiero que usted personalmente me informe cada hora en este despacho.

La militar torció el gesto.
-Eso haría que fuera menos eficiente señora, estoy segura que cualquiera de mi personal podrá hacerlo igual de bien o mejor que yo.

-Es posible -respondió la mujer sin dejar de sonreír maliciosamente-, pero mis órdenes son claras, será usted quien lo haga.

-Sí señora, como usted ordene -dijo la capitana mientras se le revolvía el estomago sólo de imaginar que iba a tener que ver a aquella persona cada hora.

-Bien, ya puede marcharse -dijo el alcalde-, la veré en la hora en punto para que me informe del desarrollo de su misión -terminó diciendo haciendo un gesto para que saliera de la sala.

Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (VII) Por JD


La militar se mordió la lengua para no hacer un chiste sobre la WHO (World health organization, el acrónimo inglés de la OMS) y miró con gesto serio al doctor que pareció darse por presentado y se acercó al grupo.

La capitana Grumpy miró al científico.
-¿Tenemos una epidemia entre manos?

El doctor negó con la cabeza.
-No… bueno… sí… bueno… no estamos seguros; una epidemia es algo que puedes tocar, estudiar, investigar; lo que sea que está provocando estos brotes de violencia, asesinatos, saqueos… bueno… no hemos encontrado nada en común entre las víctimas y sus agresores, nada en su sangre, nada en sus estómagos, no hay nada en el aire, ni en el agua, ni en los alimentos… ni rastro de drogas…

-¿Entonces? -preguntó la militar algo disgustada porque parecía que le estaban haciendo perder el tiempo.

-Entonces… -el doctor hizo una pausa-, no lo sabemos. Tenemos conocimiento de más brotes como el que tenemos entre manos en la ciudad en otras ciudades y en otros países… parece que se extiende.

-¿Y qué se supone que debemos hacer? -preguntó la capitana temiéndose la respuesta.

La OMS no está segura de si es una epidemia o una casualidad -respondió el doctor-, y estamos trabajando ciudad a ciudad.

La militar suspiró.
-¿Deben mis hombres llevar las máscaras antigas y los trajes especiales o no?

-Hasta donde sabemos no serviría de nada -respondió el doctor con cara seria pero con la mirada algo perdida como si tampoco quisiera estar ahí en ese momento.

La capitana Grumpy estiró su cuerpo para intentar relajarse.
-Bien, entonces, ¿qué hago aquí?

El alcalde intervino en ese momento.
-Está aquí para recibir mis órdenes. Ahora le indicaré cómo debe estacionar sus tropas para proteger el ayuntamiento y otros edificios gubernamentales sensibles.

La militar no ocultó su sorpresa.
-¿Que usted quiere darme órdenes y decirme dónde situar a mis tropas?

-Por supuesto -dijo la mujer al otro lado de la mesa como si fuera lo más natural-, nosotros conocemos la ciudad y sabemos las cosas que se deben proteger.

-Me parece que está en un error -le indicó Grumpy-, los militares no recibimos órdenes de los civiles. Del mismo modo que usted no recibe órdenes de los militares. Hay una separación de poderes.

-Pero estamos en un estado de emergencia -replicó el alcalde-, yo he pedido que vengan ustedes por tanto es natural que estén bajo mi mando.

-Se equivoca señora -dijo algo irritada la militar-, hemos venido debido a su petición de ayuda, pero los militares no les debemos obediencia. Somos independientes. Otra cosa es que nos coordinemos con las fuerzas de seguridad locales. Pero no espere que sigamos sus órdenes -acabó diciendo con tono frío.

Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (VI) Por JD


La capitana Grumpy se mordió la lengua dado que no tenía claro si había sido un chiste o el comentario había ido en serio. Recordó las órdenes del general Smith, nada de disparar a los civiles indiscriminadamente y menos si llevaban traje.
-Tanta amabilidad me apabulla -respondió finalmente.

-Si me sigue le llevaré hasta el alcalde -continuó el joven-, está deseando hablar con usted e intercambiar estrategias.

-Estrategias -repitió la militar con tono neutro mirando con preocupación a su teniente.

-Sí -dijo el joven mientras avanzaba y les indicaba que le siguieran-, el alcalde quiere comentarle el mejor modo de usar sus tropas y dónde estacionarlas, así como su plan de actuación.

-Plan de actuación -volvió a repetir la capitana mirando al teniente como preguntando que qué demonios hacían allí. El teniente siguió en silencio y no hizo ningún gesto delatador.

En el segundo piso dos armarios de traje negro y armados con subfusiles miraron a los militares que acababan de llegar como si no tuvieran que estar ahí y fueran una molestia. Los militares simplemente les ignoraron como si no estuvieran ahí. Finalmente una mujer de mediana edad abrió una puerta situada detrás de los guardaespaldas y se acercó a los militares.
-El alcalde les recibirá ahora.

La capitana Grumpy se giró hacia su teniente y en voz baja le hizo un comentario para que sólo él lo pudiera escuchar.
-Menuda suerte hemos tenido.

El alcalde resultó ser una mujer menuda, de cierta edad, a la que las arrugas le habían invadido la cara casi completamente. Llevaba su pelo rubio corto hasta los hombros y vestía con un traje entre femenino antiguo y formal. Estaba sentada detrás de una gran mesa, y a sus lados tenía otro par de guardaespaldas que estudiaron con detenimiento a las personas que acababan de atravesar la puerta.

La mujer indicó a la capitana Grumpy que se acercara y se sentara, cosa que la militar rechazó, prefería seguir de pie.
-Supongo que estará extrañada de que todo el mundo se refiera a mí como alcalde y no como alcaldesa. La verdad es que todas esas tonterías de hacer femeninos los títulos lo encuentro estúpido y una pérdida de tiempo. El título no me da el poder, pero bueno, supongo que usted lo sabrá comandante.

-Capitana -le corrigió Grumpy.

-Disculpe -se excusó la mujer-, no soy buena con esto de las graduaciones militares, y fíjese, el claro ejemplo de lo que decía, ¿qué más da que sea capitán o capitana? Seguirá teniendo el rango, y seguro que las… ¿marcas? Esas que lleva en su uniforme no entienden de sexo.

-Nunca me lo he planteado señora -le aclaró la militar.

El alcalde hizo un gesto con la mano.
-Supongo que no les enseñan a pensar en esas cosas -dijo para dar por cerrado ese tema, “bueno, vamos a hablar de lo que la ha traído aquí-. Señaló a un hombre que estaba de espaldas mirando a través de una ventana, que parecía ajeno a lo que estaba ocurriendo en aquella habitación-. Es el doctor Rodríguez, de la OMS, la organización mundial de la salud.

Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (V) Por JD


La capitana Grumpy observaba las calles de la ciudad mientras su humvee avanzaba entre el tráfico. Nada parecía indicar que hubiera problemas de violencia y asesinatos en la misma, salvo la ayuda que habían pedido las autoridades que parecían estar desbordadas por el incremento de la violencia en la ciudad y de los actos de pillaje.

Mientras esperaban en un semáforo ante la mirada curiosa del resto de conductores se preguntó una vez más qué hacía ella ahí. Debería estar preparando la intervención militar. Y no visitar a las autoridades locales. Pero una llamada del Estado Mayor le había ordenado ir a rendir pleitesía al alcalde en su castillo feudal.

El humvee finalmente entró en una enorme plaza que había sido tomada por la policía que no permitía que el tráfico circulara por la misma y que mantenía a la gente alejada del centro de la plaza en la que se alzaba un pequeño edificio de unas cuatro plantas de arquitectura antigua. Una vez identificada por uno de los controles se le permitió seguir hasta el aparcamiento que había en la parte delantera del edificio.

La capitana Grumpy se bajó del humvee y miró a su alrededor. Era una curiosa contradicción la que se observaba desde ahí. Delante de ella tenía aquel edificio de principios de siglo rodeado de edificios de factura más contemporánea. En su mayoría parecían ser oficinas, seguramente parte del entramado burocrático que hacía la vida de la gente más complicada. Alrededor del ayuntamiento había una pequeña plaza con su fuente, sus árboles y sus flores… todo demasiado bien cuidado.

-¿Capitana? -le preguntó el teniente que le acompañaba y que había estado conduciendo el humvee.

-Deje que me relaje teniente -le respondió la capitana-, ya me siento incómoda estando aquí rodeada de gente armada que no controlo para que usted me meta prisa para rendir pleitesía a un político ansioso de adulación.

Por el rabillo del ojo vio como los dos soldados que también les acompañaban a modo de escolta sonreían pareciendo compartir la opinión de su oficial superior.

Miró los edificios de alrededor. No parecía haber mucha actividad en los mismos. Salvo en los tejados donde podía observar equipos de francotiradores que vigilaban la plaza en busca de posibles problemas.

Definitivamente este escenario cada vez le gustaba menos y se temía lo peor.

Un joven trajeado salió del edificio a su encuentro. Parecía que no tendría más tiempo para retrasar el encuentro. Suspiró mientras observaba al joven sonriente ir hacia ella con prisa pero ir a la carrera. Cuando llegó a su altura la militar siguió en silencio.

-Soy el ayudante del alcalde -se presentó el joven que seguía sonriendo-,les he visto llegar, y al ver que no entraban he salido a recibirles; he tenido la sensación de que no sabían por donde entrar.