Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (XX) Por JD


La capitana no le soltó, podía ser una treta para ganar tiempo.
–Comience a hablar, primero, ¿quién está detrás de los problemas de comunicación de mis tropas?

–Nosotros -dijo el doctor asustado-, bueno, sus superiores… bueno, no todos… sólo unos pocos, pero los suficientes para ayudarnos.

–¿Por qué? Preguntó la militar sin desviar la mirada ni soltar al doctor en ningún momento.

–Habíamos descubierto que por algún motivo desconocido los muertos resucitaban -continuó el doctor-. No sabíamos por qué ni cómo; pero llegamos a la conclusión de que era algo muy peligrosos, y también una oportunidad única.

–¿Una oportunidad única? -preguntó incrédula la militar.

–Por supuesto -respondió exaltado el doctor-. ¿Se imagina lo que podríamos conseguir si desentrañamos el secreto de lo que devuelve a la vida a la gente? ¿La vida eterna? ¿La cura a todas las enfermedades? Sería el descubrimiento de la nueva rueda de la humanidad.

–¿Y qué tiene que ver eso con la ciudad? -preguntó la capitana.

–Obviamente el resurgir de los muertos es un tema serio y peligrosos, -continuó explicándose el doctor-, por lo que necesitábamos números de control, experimentar con la propagación del virus antes de que se extendiera sin control. Debíamos obtener toda la información posible.

El doctor hizo una pausa.
–Por eso elegimos un par de ciudades que aislamos y dejamos que la naturaleza siguiera su curso. Necesitábamos saber cuál era el comportamiento del contagio, cómo se extendía, cuánto tiempo de incubación necesitaba…

–Conejillos de indias -dijo incrédula la militar-, han convertido a los ciudadanos de esta ciudad en conejillos de indias… ¿cómo han podido?

–¿Qué son unas cuantas decenas de miles de personas comparadas con miles de millones -preguntó algo ofendido el doctor-. Es el sacrificio de unos pocos por un bien mayor. Los datos que estábamos obteniendo eran de valor incalculable… hasta que intervino usted.

–¿Hasta qué intervine yo? -la incredulidad de la capitana Grumpy iba creciendo sin parar.

–Nosotros no le pedimos ayuda al ejercito -le explicó el doctor-, pero por lo visto alguien lo hizo y paso por encima de los canales habituales, cuando nos enteramos era tarde, así que decidimos hacer que sus tareas fueran más difíciles. Dificultarle en lo posible su labor. Pero ha demostrado ser demasiado eficiente y lo ha echado todo a perde”.

–Así que ahora es culpa mía -señaló la militar-. Están ustedes locos, jugar con las vidas de la gente de esta manera; tendría que matarles aquí y ahora.

–Hay algo que no entiendo, -dijo el doctor ignorando el último comentario de Grumpy-. ¿Cómo sabía que era un impostor? Quiero decir, sí, soy científico pero…

–¿Pero cómo sé que está en el ajo? -acabó la frase la militar.

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