Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (XIV) Por JD


La capitana Grumpy estaba estudiando los últimos informes. No eran nada halagüeños; la violencia en la calle había descendido, sobre todo a partir de la presencia del ejército patrullando por la ciudad. Pero los avisos de violencia doméstica habían aumentado y la presencia de la gente en general por las calles estaba descendiendo. Se recibían informes de ausencia laboral injustificada que hacía que tres cuartas partes de los negocios de la ciudad estuvieran cerrados por falta de personal.

Todo era demasiado extraño. Se respiraba un ambiente tenso incluso entre las tropas y las comunicaciones eran cada vez peor. Los soldados, incluso con su férreo entrenamiento, seguían siendo humanos y estaban sujetos a los rumores y a las supersticiones, y visto el extraño comportamiento de las personas en la ciudad y las pocas explicaciones que habían al mismo se comenzaba a dar la culpa incluso a los extraterrestres. Todo era un sinsentido. Pero al no haber información… Ni siquiera ella tenía todas las respuestas.

Y no saber qué estaba pasando era frustrante. Menos que tener que hablar con la mandamás de la ciudad que se creía la emperadora o algo parecido. El rumor entre los soldados era que la definición de “ego” en el diccionario iba acompañada de una fotografía de la político.

Y ella había hecho todo lo posible para mantener esos rumores en marcha. Era una manera como otra cualquiera de relajarse y luchar contra la tentación de volarle los sesos a ese ser infame que la gente había puesto al cargo de sus vidas.

Un nuevo día comenzaba y la militar veía el sol salir desde la azotea del ayuntamiento. Entre los edificios se colaban los primeros rayos de sol. Junto a ella había un grupo de soldados observando el espectáculo. La azotea era uno de los lugares en los que había tenido que posicionar soldados por orden de la alcaldesa; lo cierto es que era un poco ridículo, dado que toda la plaza estaba cerrada a cal y canto y sólo se necesitaban un par de minutos para situar en la misma soldados en caso de haber algún problema. ¿Pero quién quería escuchar sus consejos? Al fin y al cabo sólo era su vida y su trabajo. Los soldados, acostumbrados a la cercanía y familiaridad con la capitana estaban gastándose bromas y comentando la falta de resultados deportivos.

Esos días apenas habían noticias. Y, ahora que lo pensaba, no había tenido que lidiar con periodistas en toda su estancia en la ciudad. Al pensarlo le resultó extraño, ¿el ejercito tomando las calles y ni un periodista preguntando los motivos o yendo detrás de ella buscando respuestas? Se giró hacia el grupo de soldados.

-¿Cuándo fue la última vez que habéis leído un periódico?- preguntó con tono serio.

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