Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (XIII) Por JD


Ambos bajaron al segundo piso a tiempo de ver cómo los vecinos del primero comenzaban a asomar por la escalera. Los del tercero también comenzaban a bajar por la escalera. O’Hara miró a Van Pelt.
-¿Y ahora qué? ¿Puedo considerar mi vida en peligro y comenzar a disparar?

Van Pelt miró alrededor sopesando las posibilidades.
-Entremos en uno de los pisos y hagámonos fuertes hasta que lleguen los refuerzos -dijo mientras señalaba una puerta que estaba alejada de las escaleras. O’Hara se acercó a la puerta y puso la oreja en la misma, no parecía escucharse nada al otro lado; dándose por satisfecho dio una patada al pomo y la puerta se abrió violentamente.

Los dos militares entraron en la casa mientras cerraban la puerta detrás de ellos y buscaban algo con lo que bloquearla. Pero en el pasillo no había nada. Van Pelt señaló la habitación más alejada de la puerta.
-Probemos suerte ahí -dijo mientras avanzaba por la casa temiendo que en cualquier momento se le echara encima uno de aquellos vecinos locos.

Llegaron a lo que parecía ser el salón-comedor de la casa. Al fondo estaba el balcón que daba a la calle, las puertas eran de madera y cristal pero en el salón había varios muebles lo suficientemente grandes para usarlos de barricadas. Se pusieron inmediatamente a ello a tiempo de ver cómo los vecinos entraban en el piso y lo invadían como si fueran una plaga.

Al encontrarse con los muebles comenzaron a golpear con fuerza los mismos. Era cuestión de tiempo que estos cedieran y les dejaran a la merced de los atacantes. Van Pelt salió al balcón. Estaban a más de diez metros de altura, por lo que la caída seguramente sería mortal. O’Hara estaba comprobando su fusil de asalto ya que la habitación era lo suficientemente amplia como para poder usarlo sin problemas. Entonces empezaron a escuchar golpes en las paredes que comenzaron a temblar.

-Joder -dijo O’Hara-, estamos atrapados como ratas.

Las ideas pasaban rápidamente por la cabeza de Van Pelt intentando buscar una salida a aquel problema. Las débiles paredes comenzaron a mostrar grietas y los muebles a moverse. Volvió a asomarse al balcón.
-De acuerdo, a ver, podemos usar el arnés del fusil de asalto para descender hasta el balcón del primer piso, y desde ahí o descender a la calle o probar por las escaleras.

O’Hara se asomó al balcón y torció el gesto.
-Quedarnos aquí y ser masacrados por unos vecinos locos de atar caníbales o jugar a la ruleta rusa con la gravedad y seguir tu plan peliculero –suspiró-. De acuerdo, tú primero.

Van Pelt deshizo el arnés de su fusil de asalto parcialmente, tenía pensado usar el mismo como ancla; trató de afianzarlo lo más seguro posible. Dio varios tirones y luego soltó el cinto por el otro lado del balcón. Las grietas de las paredes comenzaron a agrandarse más y ya podía ver los brazos de los vecinos colarse por los muebles.

-Nos vemos abajo -dijo Van Pelt mientras se ponía los guantes y se aguantaba en el balcón con el arnés y los pies.

Se soltó y dio un primer salto al vacío. Con el segundo salto se quedó con los pies en el aire y tuvo que comenzar a descender lentamente. Fue entonces cuando comenzó a escuchar el ruido de disparos por encima de ella. Y fue en ese momento cuando o bien el arnés se soltó o bien se rompió del fusil de asalto, ¿cómo podía saberlo? En su caída intentó agarrarse a la cornisa del balcón del primer piso, lo consiguió con el brazo izquierdo, pero la fuerza del golpe hizo que su brazo se desencajara del hombro y perdiera el asidero. Lo siguiente que supo es que le dolían todos los huesos, músculos y cualquier cosa que pudiera sentir en su cuerpo. Había caído sobre el techo de uno de los coches patrulla que había amortiguado un poco más la caída, pero a cambio notaba cómo se había torcido el píe.

Trató de ponerse en píe, pero el dolor era demasiado fuerte, así que optó por arrastrarse y dejarse caer por la parte trasera del coche. Se quedó sentada detrás del coche, y fue entonces cuando notó que no escuchaba disparos. ¿Cuándo habían dejado de sonar? No lograba recordarlo, miró hacia arriba esperando ver aparecer a su compañero de armas, O’Hara, pero no apareció.

Luchaba contra la inconsciencia, ¿dónde estaban esos refuerzos? Fue en ese momento cuando vio a los vecinos salir del edificio en su dirección, sacó la pistola y disparó al aire, no hubo reacción; volvió a disparar, esta vez al suelo que había delante de los vecinos, pero siguieron avanzando.
-A la mierda -pensó y disparó a los primeros vecinos que se acercaban, y fue entonces cuando lo increíble sucedió, vio las balas alcanzar sus objetivos, pero fue como si no pasara nada, seguían avanzando; volvió a disparar, volvió a acertar, y siguió sin pasar nada. ¿Qué locura era ésa? Veía los impactos en el pecho descubierto de uno de los vecinos, veía los agujeros, veía la sangre salir por los agujeros, pero no caía, disparó a las piernas; varios vecinos cayeron, pero siguieron avanzando arrastrándose hacia ella. No sabía qué hacer, pensó en los policías, ¿estarían ya muertos cuando se los empezaron a comer? ¿O no? La sola idea de seguir viva mientras… no podía ni pensarlo, sacó el cargador, apenas le quedaban un par de balas y no tendría tiempo de cambiarlo por otro; no con el brazo izquierdo como lo tenía. Suspiró, volvió a meter el cargador en la pistola y se llevó el cañón a su barbilla.

-No me comeréis viva, hijos de puta -fue lo último que pensó antes de apretar el gatillo.

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1 comentario

  1. Excelente mini-historia del relato….!!


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