Jornada 7. Ella. “El fin de los días Parte III” (X) Por JD


Los soldados Van Pelt y O’Hara paseaban por las cada vez más vacías calles, prestando atención a todo lo que pasaba a su alrededor. Que cada vez era menos. Lo cierto es que las primeras horas habían sido ajetreadas, sobre todo se había tratado de mantener el orden en comercios y tiendas de alimentos donde la gente se abalanzaba a por comestibles no perecederos. Parecía que se había corrido la voz que las calles se estaban convirtiendo en un sitio peligroso y era mejor no pasear por ellas. Se hablaba de suspender las clases y cada vez menos gente aparecía por sus trabajos.

Y la presencia de los militares patrullando por las calles no ayudaba precisamente a que el ambiente fuera tranquilo. Eso sí, las peleas en las calles y los asaltos a las tiendas habían descendido dramáticamente.

La llamada a la que acudían ahora correspondía a un edificio en el que la policía ya estaba presente pero había pedido ayuda ante la tremenda violencia de la gente con la que se estaban enfrentando. Seguramente para cuando llegaran ya habría acabado todo.

El edificio era el típico que habían visto por el resto de la ciudad, unas seis plantas, con balcones llenos de plantas, ventanas cerradas y sin aparente actividad. Al llegar vieron un par de coches de policía que tenían las luces destellando y habían aparcado casi encima de la acera. Miraron a su alrededor pero no vieron a ningún policía, cosa rara dado que al menos tendría que haberles estado esperando uno para acompañarles dentro, ésas eran las órdenes, intervenir siempre, si era posible, en compañía de las fuerzas de seguridad locales.

Van Pelt, una soldado alta para los estándares femeninos miró a su compañero que también miraba alrededor buscando una respuesta:

-Pues empezamos bien…

Su compañero, O’Hara, que era casi de su misma altura aunque su musculatura era más prominente e intimidatorio, le devolvió la mirada mientras echaba mano de su radio:

-Zulú cuatro a alfa uno, estamos en el objetivo, ni rastro de los locales, solicitamos órdenes.

Mientras los dos esperaban, estudiaron el entorno. Las calles estaban todavía más vacías que en otros sectores, los pisos que se podían ver desde la calle no parecían tener mucha actividad a su alrededor y guardaban una arquitectura idéntica al edificio al pie del cual estaban esperando. Si fuera de noche seguramente el ambiente sería más tétrico, pero apenas era mediodía lo que hizo que una alarma se encendiera en la cabeza de Van Pelt.
-¿No te parece extraño este silencio?

O’Hara miró a su compañera y escuchó durante unos segundos los inexistentes ruidos de la calle.
-Yep, silencio, como en un cementerio, ¿qué hay de raro? Serán familias tranquilas o habrá buen aislamiento.

-Pero si la policía ha venido habrá sido por algo -señaló Van Pelt-, además, es la hora de la comida, ¿no es extraño no escuchar nada? ¿Ni una radio? ¿Ni una televisión? ¿Ni un grito para que los niños se pongan a comer?

Buen aislamiento -volvió a repetir O’Hara-, o gente muy educada. Por favor, no te pongas paranoica. A lo mejor están de vacaciones o han abandonado la ciudad y no hay nadie en la mayoría de los edificios.

La radio rompió el silencio.
-Procedan al interior del edificio y busquen a la policía. Informen cuando los encuentren. Procedan con precaución y recuerden las reglas de compromiso.

-Vamos para adentro -dijo Van Pelt con cierto tono de resignación.

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