Jornada 6. Él. “El fin de los días II” (I) Por JD


Base Militar Echo (En el presente)

-Y así fue como acabó mi primera batalla contra los zombies -suspiró el general Smith que se encontraba sentado en el cómodo sillón de su despacho en la base recordando aquella retirada-. Por aquel entonces no sabíamos que eran zombies, bueno, que les llamaríamos zombies, dado que es el término que mejor les define. Tampoco que en esa semana y poco más había perdido a casi todo el personal bajo mi mando salvo un puñado de personas con… ¿suerte? No sé.

-¿Y qué pasó después? -preguntó Henry sentado en un sillón no tan cómodo como el del general al otro lado de su escritorio.

-Mientras malgastábamos balas dentro de los tanques -respondió Smith- y hacíamos picadillo de humanos, bueno… zombies, intenté contactar por radio con alguien para dar la voz de aviso… sin mucha suerte…. ¿Cómo les explicas que la gente te está atacando sin motivos aparente y que no se detenían ante nada? Los controles que no habían caído se retiraron a un punto de mando establecido para reunirnos. En la mayoría de las ciudades fue una verdadera carnicería. No pudimos avisarles a tiempo, nadie nos creía y para colmo las comunicaciones fallaron muy pronto… Bueno, la verdad es que tampoco hay supervivientes para saber qué pasó, qué falló… o no quieren hablar de eso, o no quieren recordarlo directamente. Todo ha sucedido demasiado rápidamente.

En todo momento el general no había establecido contacto visual con Henry, su mirada parecía perdida en el espacio. Ambos se conocían de cuando Henry había servido bajo sus órdenes en varios destinos de ultramar, y el destino les había deparado este último encuentro. Henry fue el que suspiró esta vez, pensando en lo que él había tenido que pasar también junto a sus compañeros.

-Nunca me dijiste qué pasó con los tanques -señaló Henry-, me habías contado partes de tu relato, pero… ¿qué pasó con los dichosos tanques?

El general sonrió misteriosamente.
-¿Me creerías si te digo que están aparcados? -la mirada de incredulidad de Henry al escuchar la respuesta era impagable-. Obviamente, no podíamos usarlos en la ciudad o traerlos hasta aquí hasta saber que este sitio era seguro. Esos condenados trastos hacen un ruido de mil demonios y son demasiado valiosos como para dejarlos por ahí tirados a mano de cualquier imbécil. Encontramos un edificio en las afueras de la ciudad, los limpiamos, los reunimos y los escondimos en el parking. Obviamente están vigilados por gente de confianza, cuidados, y reabastecidos de combustible y munición. Listos para el servicio.

Henry asintió.
-Los tanques llamarían la atención en esta base, o en cualquier otro lugar -dijo comprensivo-, y mis motores no crean que se puedan aplicar a los mismos… quiero decir… todo ellos hacen un ruido de mil demonios, no fueron diseñados para la sutileza.

Unos golpes en la puerta interrumpieron su conversación y un joven soldado apareció.
-Señor, hemos perdido contacto con cazador.

Jornada 5. John Smith. El fin de los días (IX) Por JD


Los tremendos motores de los tanques llenaron el ruido de la noche y comenzaron a maniobrar. Las orugas comenzaron a avanzar y a aplastar todo lo que tenían a su paso como si fuera mantequilla. Las ametralladoras continuaban vomitando balas a diestro y siniestro contra la multitud sin un objetivo claro. Durante un instante al general se le pasó por la cabeza ordenador disparar con el cañón de los tanques, pero no tenían ángulo para ello. Los tanques continuaban su terrible avance masacrador por encima de la gente. El ruido del motor impedía escuchar lo que pasaba fuera, pero dentro de la cabeza de Smith podía imaginarse el ruido realizado por las orugas al aplastar huesos humanos. Finalmente los tanques consiguieron llegar a la altura de los camiones. Uno había partido ya, mientras el resto estaba rodeado de gente que agarraba a los soldados y los derribaba de los camiones que no podían partir; los conductores habían sido arrastrados por la multitud y no quedaba ni rastro de ellos. Era una maldita masacre y él no podía hacer nada salvo aplastar gente con los tanques y ver cómo las balas de los mismos no parecían tener efecto. Una maldita pesadilla de la que no había manera de despertar.

Una primera explosión llenó de llamas y gritos uno de los camiones. ¿Había lanzado una granada uno de los soldados dentro del camión? ¿Habrían sido los civiles por error? Sin tiempo para pensar el segundo camión también explotó y comenzó a arder. Smith no se lo podía creer. En unos minutos las llamas alcanzaron el depósito de uno de los camiones que estalló más violentamente alzándose del suelo como si hubiera eruptado. El segundo camión le siguió poco después. Pero lo que era más atroz para el general -que no podía apartar la mirada del monitor- era que los atacantes no se detenían a pesar de las llamas. No parecían notarlas. Se estaban quemando vivos, pero no gritaban, no trataban de apagar los fuegos, simplemente… iban a por los soldados, o, ahora, a por los tanques. La gente seguía ardiendo y las llamas saltaban de una persona a otra… y no parecían preocuparse por ello. El olor a piel y pelo quemado se coló por los conductos de ventilación del tanque haciendo prácticamente imposible respirar. Uno de soldados dentro del vehículo apretó una serie de botones y un chorro de aire frío y limpio llenó los habitáculos. El general agradeció la acción en silencio. ¿Qué estaba impulsando a la gente a comportarse de esa manera? Había escuchado que algunas drogas permitían anular el dolor, pero… ¿Qué droga podría haber contaminado a la población? Hombres, mujeres, y niños. Todos prácticamente a la vez. Comportándose como salvajes. No, no como salvajes, los salvajes tenían un instinto de supervivencia. Esa gente estaba libre de ese tipo de inhibiciones, del dolor, no parecían sentir nada. ¿Qué hacía que cuerpos prácticamente carbonizados siguieran intentando moverse? Los soldados le miraron en silencio, esperando órdenes. Pero, ¿qué órdenes podía dar?

Jornada 5. John Smith. El fin de los días (VIII) Por JD


Unos segundos después los misiles salían disparados del helicóptero directos al centro de la multitud. La onda de impacto alcanzo a todo el mundo. Algunos se taparon los ojos para evitar la polvareda que se había creado. John Smith no agachó la cabeza, ni evitó mirar a la masacre que había ordenado; los potentes focos iluminaron un tremendo agujero que se había creado de carne humana y calzada. Un humo negro salía del hoyo… junto a cadáveres andantes. No podía ser, había gente saliendo del hoyo sin brazos, con un enorme boquete en lo que antes era su caja torácica, con la cara reventada y los ojos colgando. Algunos se arrastraban sin piernas… Pero todos seguían avanzando.

Todo eso era una pesadilla de la que parecía no poder despertarse. Los soldados se miraban incrédulos. ¿Qué droga o motivo impulsaba a esa gente a hacer lo que estaba haciendo? ¿Qué provocaba que no cayeran ante las balas ni los misiles? Nadie sabía qué hacer. Algunos soldados habían dejado de disparar y buscaban con la mirada al general que mascullaba maldiciones entre dientes y clamaba al cielo, esperando éstos en cierto modo alguna explicación a lo que estaba sucediendo o bien algunas instrucciones sobre lo que hacer a continuación. ¿Qué podía hacer? Podía seguir ordenando a sus hombres que continuaran disparando, pero eso parecía servir para bien poco. La comunicación con el helicóptero le interrumpió su línea de pensamientos.

-Señor, estamos casi sin combustible, volvemos a la base a repostar.

-Granadas -gritó a sus hombres que echaron mano de las mismas y comenzaron a lanzarlas por encima de las verjas.

Se escucharon las explosiones, voló carne por los aires, y llovió lo que parecía ser sangre, pero seguían avanzando impertérritos.

Ahora la montaña de carne estaba a punto de alcanzar la cima; había que tomar una decisión, aunque fue la propia fuerza de la gravedad la que la tomó por el general. La barrera cedió ante el peso de la gente en un punto y la multitud comenzó a pasar a través de ella; fueron directos a por los primeros soldados que se encontraron, no tenían armas, pero los números estaban a su favor y eran como una marea humana que iba engullendo a los soldados que descargaban sus armas sin mucho éxito mientras comenzaban a gritar, temiendo por sus vidas y sintiendo cómo decenas de dientes se les clavaban por todo el cuerpo.

El general Smith asistía incrédulo a todo lo que se desarrollaba.

-¡¡Retirada!! ¡¡A los vehículos, debemos marcharnos!! -ordenó sintiéndose el peor de los cobardes, aunque consciente tras ver lo que sucedía de que no le quedaba más remedio que abandonar la posición si no quería que la masacre fuera mayor.

Los soldados comenzaron a correr, sin mirar atrás, tropezando unos con otros, derribándose y haciendo más sencillo el trabajo a los atacantes que se les echaban encima sin compasión ni explicación alguna. Smith se subió a uno de los tanques y cerró la escotilla. Ordenó seguir disparando contra la multitud. tres tanques, seis ametralladoras y mucha munición que no parecía servir para nada. Sólo cuando parecían estar triturados dejaban de caminar, y aún así en el suelo, esparcidos por las aceras y la carretera, se veían torsos con cabezas agitándose, queriendo seguir avanzando a pesar de carecer de piernas con las que hacerlo.

Los soldados comenzaron a subirse a los camiones mientras algunos compañeros les cubrían disparando a lo que se acercaba, aunque como venía siendo habitual esa noche, sin mucho éxito. Smith tomó una decisión:

-¡Poned en marcha los tanques y comenzad a pasad por encima de la multitud, formad una barrera para que los demás puedan huir!