Jornada 5. John Smith. El fin de los días (VII) Por JD


-Joder -dijo Smith mientras su cerebro pensaba-, pero si están por toda la avenida, ¿cómo no van a detectarlos los sensores de calor? Pasad a visión nocturna, ostias.

-Negativo, águila real; los focos nos ciegan la visión nocturna y sin embargo no son suficiente iluminación desde aquí arriba.

-Vamos a lanzar bengalas a la multitud, águila uno, ¿eso serviría? -preguntó el general mientras ordenada a sus hombres posicionarse dado que la multitud comenzaba a acercarse de forma peligrosa.

-Afirmativo águila real, seguiremos la señal de calor de las bengalas.

-Ok, lanzaremos bengalas para señalar el principio y el final de la multitud -informó Smith tanto al helicóptero como a los soldados.

En unos segundos las bengalas fueron lanzadas y el helicóptero inició una pasada segunda mortal. A su paso la gente quedaba destrozada por las balas… pero ésta no parecía reaccionar. Los que habían sido alcanzados por las balas pero podían continuar avanzando lo hacían ante la sorpresa del general y sus soldados, que no se podían creer lo que estaban viendo. Smith ordenó disparar a los soldados que tenía apostados en las torretas de los tanques y en las ametralladoras de los vehículos. Sabía que esa noche había echado por la borda su carrera al ordenar disparar contra una multitud desarmada, pero esa multitud era un peligro para sus soldados y su integridad, y había algo en todo aquello que no le cuadraba desde hacía ya bastante tiempo. Las balas trazadoras iluminaban el camino del resto de balas que encontraban a la multitud a su paso pero que no parecían parar su avance. Algunos caían, pero se volvían a levantar, y reiniciaban la marcha.

Nada de aquello tenía sentido. En varias ocasiones llegó a pensar que estaba ante alguna broma de cámara oculta y que en algún momento aparecería una azafata sonriente entregándole un ramo de flores. Pero para su desgracia no fue así.

Tanto los soldados como el helicóptero ahora disparaban indiscriminadamente. Sin apuntar. Simplemente descargaban sus armas contra la multitud sin excesivo éxito. La gente se encontraba ahora pegada a las alambradas, intentando traspasarlas, al tiempo que el resto de soldados comenzaba también a disparar. Los cadáveres se comenzaron a amontonar en primera línea. Pero lo peor de todo es que no servía de nada. La gente se subía sobre los compañeros caídos… que se seguían moviendo, pero que ahora no se podían poner en píe, dado que estaban debajo de una multitud que los pisoteaba sin tenerles en cuenta. Smith no podía creerse lo que estaba viendo.

-Águila uno, el uso de los cohetes está permitido, repito, dispare misiles contra la multitud. Al centro. Y hágalo rápido, por el amor de Dios.

-Ok, agachen las cabezas.

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