Jornada 5. John Smith. El fin de los días (V) Por JD


Ocho muertos y cinco desaparecidos. Ése había sido el balance de la primera noche que se suponía que iba a ser tranquila. Y las cosas no mejoraron con la luz del día. El número de desaparecidos se multiplicó por cinco, y el de muertos por cuatro. Smith no sabía qué hacer. ¿Cómo podía haber perdido tantos hombres durante el día? Eran soldados bien entrenados, disciplinados, que no se dejaban llevar fácilmente por el pánico. Pero habían muerto. Todo eso sin contar con las bajas entre los servicios de seguridad civiles que también habían sido numerosas.

¿Qué estaba pasando? ¿Cómo podía ser que personal altamente entrenado estuviera cayendo como moscas sin una explicación lógica? Al recibir las últimas cifras lo primero que ordenó fue el alzamiento de los cadáveres y su transporte a la base. Con suerte alguien allí podría suministrarles las respuestas que las altas esferas se negaban a darle y estaban provocando esas muertes. Luego ordenó a sus hombres no responder a llamadas dentro de inmuebles. Ni salir de los vehículos que les transportaban si no era estrictamente necesario. Hasta que no subiera qué estaba causando esas muertes… o el comportamiento errático de los civiles.

El tercer día comenzaron a acercarse los habitantes de los barrios colindantes, primero por curiosidad, y después con la indignación del que se siente encerrado por voluntad ajena. Y comenzaron a formarse piquetes. Grupos de ciudadanos preocupados que no entendían el motivo por el que no podían abandonar la ciudad. Y John Smith se encontró con la peor pesadilla de un militar: tener que explicar que seguía unas órdenes y que él sólo era un mandado más y que tampoco sabía nada. Al final del cuarto día tuvieron que intervenir los soldados equipados con equipos antidisturbios cuando la multitud se convirtió en una turba violenta que les comenzó a lanzar todo lo que tenían a mano o podían agarrar. Y se comenzaron a quemar los primeros contenedores.

Se empezaron a escuchar los primeros disparos contra los soldados y el general ordenó que todo el mundo permaneciera en sus casas o se verían obligados a abrir fuego. Y, obviamente, que no se acercaran a las ventanas. La situación se estaba volviendo insostenible y nadie le explicaba qué estaba pasando o lo que tenía que hacer a continuación. No podía irse de la ciudad y volver a la base así por las buenas. Y tampoco podía ponerse a disparar a los civiles si éstos decidían comenzar a salir a la calle. Y lo harían. Cuando se dieran cuenta de que los soldados no les podían disparar por las buenas.

Y todo empeoró la noche del séptimo día. Desde el final de la avenida comenzaron a aparecer personas que no hacían caso a los avisos para que se disolvieran. Los potentes focos los iluminaron. Smith ordenó usar gases lacrimógenos. Y la turba siguió avanzando sin inmutarse. ¿Qué demonios estaba pasando? Todavía estaban lejos y Smith los observó a través de los binoculares. Y lo que vio no le gustó. Se trataba de gente llena de sangre, en las camisas, en los pantalones, en el pelo… parecían tener la mirada perdida, no, la mirada la tenían fija en los soldados, simplemente no parpadeaban. Y la avenida comenzó a llenarse de ruidos de pies arrastrándose y de una especie de gruñido que hacía que a Smith se le pusiera la piel de gallina. Algo iba terriblemente mal. Y parecía que iba a empeorar.

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