Jornada 5. John Smith. El fin de los días (III) Por JD


El general John Smith no era el típico general del ejército. Normalmente los generales se quedaban escondidos en sus despachos calentando con sus culos su sillón y sacando lustre a sus estrellas y medallas, rememorando cómo las habían conseguido. Por supuesto, no decían que la estrella la habían conseguido besando el culo del presidente, después de saludarle en una recepción y alabar la belleza de su mujer y su política de lo que fuera en el momento de la fiesta; no, decían que se la habían otorgado por pensamiento creativo en unas maniobras tras salvar a su unidad mediante un movimiento ingenioso y arriesgado, usando adecuadamente los recursos de que disponían. Obviamente ni había habido maniobras, ni movimientos ingeniosos, a menos que se contasen los de las manos entrechocandas y las sonrisas falsas. Pero nadie los contradecía.

Pero el general John Smith no era así. Le gustaba llevar el traje de campaña, como uno más. Siempre estaba por alguna de las bases que estaban bajo su mando conociendo a los mandos, participando en maniobras o entrenamientos, siendo uno más. No se le solía ver llevar medallas, y si llevaba sus estrellas era por imperativo protocolario. Era duro en el trato profesional, pero siempre con un toque paterno; no se le conocían mujer ni hijos, ni familia cercana, por lo que siempre circulaba el consabido rumor de que el ejército lo había criado para ser el general. Escuchaba atentamente, sin interrumpir, corregía los errores y los explicaba. Y los soldados le admiraban por cómo se fundía con los demás, comía el mismo rancho y se quejaba como los demás cuando la comida no era buena… lo que hacía que a menudo intendencia tuviera problemas.

Las estrellas y medallas, que algunos decían que llegaban hasta el suelo, las había ganado en combate; ayudas humanitarias, negociaciones en secuestro con rehenes… por no hablar de las acciones sancionadas por su ejército por acciones en suelo enemigo de las que no se podía hablar, aunque los rumores apuntaban que el mundo tenía menos terroristas gracias a él y la mitad de la humanidad le debía la vida. Había tocado todas las ramas que se podían tocar del ejército, menos el combate espacial… aunque cuando se lo comentaban sonreía de una forma misteriosa.

Los problemas le empezaron a surgir cuando una llamada telefónica interrumpió su comida, un puré de patatas decente acompañado de carne en su salsa. Malhumorado fue a su despacho a responder al teléfono. No pudo quejarse cuando la voz al otro lado del aparato se identificó como el jefe del Estado Mayor. Al parecer su grupo de combate había sido movilizado y ayudaría a las autoridades locales de varias ciudades en la puesta en marcha de un toque de queda debido a continuos actos de pillaje y actos violentos que estaban desbordados a la policía.

El despliegue, además de soldados, incluiría a la infantería mecanizada, tanques y blindados ligeros, y a la infantería aérea, en forma de helicópteros de combate así como aviones que se encargarían de vigilar la zona de exclusión aérea que se había decretado.

Todo eso le hizo refunfuñar sonoramente mientras daba las órdenes oportunas para que se cancelaran todos los permisos y los cuarteles y sus mandos se prepararan. Meter a soldados en un ambiente urbano era la mayor locura que se les había ocurrido a los políticos. El ejército no estaba entrenado para ese tipo de combate. Pero bueno, al menos sólo se trataba de vigilar a civiles y no de enfrentarse a milicias armadas y organizadas. Seguramente no habría que disparar ni un solo tiro y sólo serían un par de días fuera del cuartel que servirían como una anécdota más en su dilatada carrera.

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