Jornada 4: Henry, el ingeniero industrial (XII) Por JD


Lo peor vino el día del funeral. Caía una lluvia fina pero intensa. El cementerio se había llenado de familiares, amigos y conocidos. Henry se había quedado a una pequeña distancia de la gente, apartado a pesar de la insistencia de sus amigos para que no se sintiera culpable y les acompañara. Se sentía responsable, estaba en su naturaleza. Veía la mirada perdida del marido, que también reaccionaba como un autómata cada vez que alguien le daba la mano o le daba el pésame. Y los hijos… ¿cómo explicarles a los hijos de Sarah que su mamá no volvería? Eran un niño y una niña de seis y cinco años respectivamente. Los había visto nacer, crecer y, ahora, perder a su madre. El ataúd estaba cerrado, no podía ser de otra manera, el cadáver había quedado… Henry se apoyó en un árbol y vomitó el desayuno, no pudo evitarlo, sólo con pensar en la escena que contempló… ¿cómo podía un ser humano hacer algo así?

Mientras se limpiaba la boca con un pañuelo cruzó su mirada con la del marido de Sarah. Él les había presentado, y había sido testigo en su boda. Su mirada era, según interpretaba Henry de atribuirle la culpa de todo lo que había pasado, y preguntarle porqué ella y no Henry. Él se preguntaba lo mismo. Él no tenía pareja estable, ni hijos, ni familia cercana… no era justo. Y esa mirada le causó sentirse todavía más culpable.

Lo único que sacaba del letargo a Henry era el proyecto del motor eléctrico. Repasaba los nuevos diseños, y veía dónde tenía que mejorarlos para conseguir una conservación casi total de la energía. Los primeros prototipos se montaron en distintos vehículos para probarlos en el terreno. Henry cogió uno de los “suburbans” para comprobar su eficiencia en carretera y en el día a día.

Su casa se encontraba en un complejo residencial no demasiado lejos de las oficinas por lo que en diez minutos habitualmente llegaba a la misma. El complejo residencial estaba habitado en su mayoría por empleados y compañeros de trabajo. Eran una mini-ciudad, no demasiado grande, pero lo suficiente para tener un par de tiendas de comestibles, e incluso unos multicines. Tenían su propio servicio de seguridad que velaba por la tranquilidad de los inquilinos.

Al llegar a su casa se fue directamente a dormir. Esos días apenas comía, y lo cierto es que sus momentos de sueño era lo único que le permitía evadirse de todo aquello. Pero esa noche se despertó después de haber revivido en una pesadilla los sucesos que llevaron a la muerte de Sarah, sólo que en aquella ocasión eran todos sus compañeros los que morían a manos de esos misteriosos atacantes que no parecían morir nunca y él se encontraba cubierto con la sangre de sus compañeros.

Se incorporó en la cama intentando quitarse esas sangrientas imágenes de la cabeza. Y deseó tener algo más fuerte que cervezas sin alcohol en el frigorífico. Estuvo unos minutos en silencio, sentado en la cama mirando al vacío. Cuando se tranquilizó volvió a estirarse en la cama y cerró los ojos.