Jornada 4: Henry, el ingeniero industrial (VIII) Por JD


El cuerpo de Henry actuó de forma automática, con las palmas abiertas hizo un movimiento para introducir sus brazos dentro del hueco de los brazos de su atacante y con fuerza golpeó los brazos del mismo para romper su presa; a continuación le golpeó en el pecho esperando dejarle sin respiración unos segundos. Consiguió soltarse, y su atacante dio unos pasos hacia atrás debido a la fuerza del golpe, pero no pareció afectado por el mismo.

Henry volvió a agarrar su arma y le lanzó un duro golpe a la cabeza, abriéndole una brecha que comenzó a sangrar, pero que pareció seguir sin hacerle efecto. Lo primero que pensó en ese momento fue que seguramente el tío debía ir hasta arriba de droga, dado que era lo único que explicaba que no reaccionara ante la cantidad de daño que le había ocasionado y hasta aquel momento.

Volvió a levantar su arma para golpearle pero se encontró con la desagradable sorpresa de resbalar por culpa de la sangre que había en el suelo; de repente se encontraba en el suelo, dolorido por el golpe y con el drogadicto que se le había lanzado encima de nuevo y esta vez parecía que no tenía manera de escapar. Fue entonces cuando se fijó en la cintura de su atacante. Llevaba un arma en un cinto. Sin pensárselo dos veces, mientras trataba de defenderse de los mordiscos que le intentaba dar cual perro rabioso intentó hacerse con el arma.

Era complicado dado que tenía que parar las embestidas de su atacante con un brazo, y parecía que por ahora, gracias a las coderas que llevaba lo estaba consiguiendo, y con el otro tratar de alcanzar el arma. Tras unos minutos de intensa lucha consiguió hacerse con la misma. Sin tiempo para pensar buscó con los dedos a tientas el seguro, lo quitó, puso el arma entre él y su atacante y disparó una vez.

Para su sorpresa el atacante no paró ni pareció ser afectado por el disparo.
-Un maldito chaleco antibalas -pensó Henry, cuya pragmática mente intentaba explicar todo cuando estaba sucediendo, para a continuación sustituir su codera en la boca de su atacante por el cañón de la pistola, introduciéndola hasta el fondo y, sin pensárselo dos veces, apretar el gatillo. En un segundo la máscara que llevaba se llenó de sangre y vísceras.

El disparo a la cabeza pareció tener su efecto y dejar sin vida a su atacante. Se lo quitó de encima justo a tiempo para ver que el sonido de los disparos había llamado la atención a su compañero que había dejado caer la cabeza de Sarah y se dirigía hacia él, con las manos goteando sangre y la boca con restos de la cabeza de Sarah.