Jornada 3: “Vida y milagros de G,” el salvador del mundo (IX) Por JD


Gerald se había agenciado una escopeta automática con cargador de tambor. Para las distancias medias o largas no servía para nada, pero para las distancias cortas… no hacía falta apuntar realmente, disparabas y casi se podía decir que todo lo que estaba delante del arma se volatilizaba. Bueno, eso decían los libros.

Tanto él como sus acompañantes estuvieron un rato comprobando que no había problemas. Les indicó que se pusieran las gafas protectoras para que las vainas que despedían las armas no pudieran ocasionarles daños en los ojos. Volvió a repetirles la advertencia sobre el peligro y les volvió a indicar que después de disparar, pusieran el seguro, quitaran el cargador y comprobaran que la recámara estaba vacía.

Todos se prepararon a la señal de Gerald:
-Voy a hacer subir las puertas metálicas de la morgue. No disparéis hasta que estén completamente subidas. Si dañáis las puertas no se volverán a cerrar seguramente. Y eso sería malo. Los zombies, si actúan como no-muertos saldrán lentamente, al escuchar el ruido de la puerta, tranquilos, no disparéis. Esperad a mi señal. Los de las ametralladoras, apuntad bajo, eso hará más fácil el trabajo e impedirá que hagamos grandes daños a la sala. Además, que empiece uno, el otro cuente hasta diez y comience a disparar, de esta manera cuando uno esté recargado, el otro estará disparando. Los de los fusiles de asalto, no disparéis salvo que veáis que algún zombie se acerca demasiado o las dos ametralladoras dejan de disparar en el mismo momento. Bien, voy a abrir las puertas, respirad hondo. No hay nada que temer, todo está controlado.

Comprobó una vez más el portátil y seleccionó el mecanismo de la puerta. Ésta comenzó a subir. No había encendido las luces para que los zombies quedaran ¿deslumbrados? Por la diferencia de luz con el exterior. Bueno, era una teoría, incluso los zombies debían de tener problemas si les apuntabas con un haz de luz directamente a los ojos, al menos prefería pensar, qué demonios iba a saber él de zombies, lo suyo eran los ordenadores y algunos otros tejemanejes.

La puerta estaba medio subida cuando le empezó a llegar el murmullo. No era ruido de conversación. Ni siquiera creía que fueran palabras. Los no-muertos parecían emitir un ruido característico y a la vez terrorífico. Algún zombie, que se arrastraba, comenzó a cruzar el umbral. Todos parecían haber dejado de respirar y miraban nerviosos a Gerald y de nuevo a las puertas.

Gerald no dijo nada. Esperó. La puerta estaba casi completamente subida, y los zombies comenzaban a arrastrar sus pies hacia ellos. Alguno comenzaba a bajar por la pendiente que unía el suelo con el piso de la morgue. Cuando la puerta hizo un ruido seco indicando que se había parado Gerald respiró hondo y gritó, “¡¡Fuego!!”

Jornada 3: “Vida y milagros de G,” el salvador del mundo (VIII) Por JD


Gerard salió del laboratorio e indicó a los presentes que esperaran. Unas puertas más abajo encontró lo que necesitaba. Lo recogió y volvió con los demás. Le entregó un walkie a Doc y le indicó cómo usarlo:
-Te he dejado en la pantalla las vistas de las tres cámaras, si hay algún cambio me avisas por el walkie.

Luego indicó a seis de los acompañantes de Doc que le siguieran. Mientras caminaba por los pasillos en busca del almacén comenzó a hablarles:
-Un arma no es un juguete, caballeros, nada de apuntarse entre ustedes, más de una broma ha acabado con un nuevo zombie o un compañero sin sesos en su cabeza -iba diciendo Gerald con tono enérgico y seguro, como si fuera algo que llevara toda la vida haciendo-. Un arma no mata por sí sola, necesita a alguien para ello. Ese alguien serán ustedes. Cuando acabe de hablar serán ustedes unos expertos en disparar armas. Pero no se lleven a engaño, eso no les hará ser Rambo, y cuando sean conscientes del peligro de un arma desearán no haber usado nunca una ni saber que existen.

Gerard pasó por la ranura la tarjeta blanca e introdujo un código en el panel, la puerta hizo el ruido característico de apertura, todos entraron siguiendo a Gerald que iba mirando las etiquetas de las cajas. Señaló un par de ellas que debían llevar de dos en dos personas, a los dos restantes les indicó otras cajas más pequeñas para que las cogieran y cargaran con ellas.

Les indicó que le siguieran de nuevo. De vez en cuando Gerald iba consultando el mapa en su portátil para comprobar que iba por el buen camino y contactaba con Doc para asegurarse que todo iba bien.

Salieron al exterior, y Gerald siguió caminando.
-La morgue tiene dos entradas, una que da al exterior, que es la zona de carga y descarga de los féretros y los muertos, y otra que comunica la sala con el interior del complejo. Nosotros usaremos la entrada del exterior que es más grande y nos permite más movimiento.

Gerard indicó un punto para que dejaran las cajas, las abrió e indicó a sus acompañantes que le ayudaran. Dentro de cada una de las dos cajas grandes había unos trípodes acompañados de unas ametralladoras que parecían gigantes a los ojos de los acompañantes de Gerald. Éste les indicó cómo debían colocarlas, cómo debían cargar la munición, cómo debían disparar y cómo debían recargar. Les dejó que hicieran unas pruebas apuntando al cielo para que se familiarizasen con el retroceso y el comportamiento de las mismas y mientras tanto habló con las otras dos personas, enseñándoles rápidamente cómo cargar, quitar el seguro, seleccionar el ratio de disparo y disparar los fusiles de asalto que habían en las cajas pequeñas.

Y todo eso sin haber hecho el servicio militar ni haber tocado nunca un arma de verdad.

Jornada 3: “Vida y milagros de G,” el salvador del mundo (VII) Por JD


-¡Joder! -dijo Gerald poniéndose en píe-. ¡Soy gilipollas… soy gilipollas! -repetía mientras se acercaba a una términal que había en el laboratorio sin querer gastar la batería del portátil inútilmente. Se conectó a la red de seguridad del edificio y accedió a las cámaras de seguridad.

Doc se acercó a ver qué estaba haciendo.
-¿Qué sucede?

-Soy gilipollas -repitió una vez más Gerald mientras iba pasando de cámara en cámara, hasta que se detuvo en una y la amplió a toda la pantalla-. La morgue, no pensé en la puta morgue, joder. Seguro que en los primeros días no sabían qué coño estaba pasando y dejaron a los soldados muertos en el depósito. Joder, y no he caído, ni siquiera se me había ocurrido hasta ahora…

En la pantalla una enorme sala estaba repleta de zombies vestidos con el tradicional traje de camuflaje del ejercito, a algunos les faltaban alguna parte del cuerpo, pero los que estaban de píe, estaban caminando por la sala sin rumbo, chocándose entre ellos, o contra las paredes.

Doc miró alarmado la pantalla, “tenemos que salir de aquí,” dijo con tono urgente.

Gerald no podía apartar la mirada de la pantalla, era casi hipnotizador ver esa especie de danza macabra, buscarle un sentido, un patrón a lo que sólo era caos.

-Tranquilo Doc -dijo Gerald sin apartar la mirada-, están encerrados, no pueden salir.

Observó que había algún muerto que no llevaba el traje militar de camuflaje, sino batas blancas. Seguramente los pobres desgraciados serían auxiliares a los que les sorprendió la resurrección de los muertos sin poder avisar a nadie. Y menos mal. Dado que entonces a lo mejor estarían diseminados por la base… Sería mejor asegurarse. Gerald comenzó a comprobar todas las cámaras.

Mientras hacía eso comprobaba en una segunda pantalla el diagrama del edificio buscando su objetivo. Estaba comenzando a tejer un plan en su cabeza. Sonrió. Un plan que sería divertido y entretenido.

Doc le observaba sin decir nada, tampoco tenía muy claro qué hacer. Sus compañeros se miraban unos a otros asustados, buscándole con la mirada. Preguntándole sin decirlo qué hacer.

Gerald finalmente apartó la mirada de las pantallas.
-¿Alguno de vosotros sabe usar un arma?

Doc negó con la cabeza, el resto hizo lo mismo. Doc carraspeó:
-No tenemos armas, y por lo que sé , no creo que ninguno de ellos sepa usarlas.

Gerald se puso en píe.
-Muy bien, pues van a recibir un curso acelerado.

Jornada 3: “Vida y milagros de G,” el salvador del mundo (VI) Por JD


Gerald consultó en su portátil el mapa de aquellas instalaciones, “Sígame, por favor, el botones vendrá enseguida a recoger sus maletas”.

Las luces del edificio parecieron ir cobrando vida a medida que Gerald iba avanzando por los pasillos. En realidad era un efecto que controlaba con el portátil, que iba haciendo que la electricidad se recobrara por el camino que estaba siguiendo. Su camino triunfal.

Al cabo de unos minutos llegaron a una sala amplia y blanca. Había diversos armarios con puertas de cristal en las paredes que parecían contener medicinas o cosas por el estilo. Gerald se sentó en una de las mesas de examen y señaló al fondo de la sala, “Por ahí se puede acceder a la sala estéril. Hay trajes para entrar directamente o también conectados a un tubo para poder acceder desde aquí sin tener que estar en contacto con el paciente”.

Doc pareció estar conforme. Comprobó los mandos de control de la sala, la habilitó y cuando se dio por satisfecho entró con el paciente y le dejó en una camilla. Luego, y después de pasar por la sala de descontaminación, volvió a salir, “Creo que todo esto es exagerado”.

-Doc –comenzó a decir Gerald-, hay muertos caminando por las calles y las autopistas, ¿de dónde crees que han salido? ¿De los cementerios?

Al no tener una respuesta satisfactoria Doc permaneció en silencio mientras comprobaba las provisiones médicas que había en la sala.

Gerald giró la cabeza:
-¿Alguien ha escuchado ese ruido?

Todos le miraron como si estuviera bromeando y no les hiciera gracia, se quedaron un segundo callados, pero no pareció pasar nada. Gerald rompió el silencio, -Estoy seguro de haber escuchado algo.

-A lo mejor es un superviviente –aventuró Doc.

-No creo –respondió Gerald-, comprobé la actividad de la base mediante el uso de las tarjetas y los códigos, nada en la última semana. Y esas cosas no se pueden haber colado aquí… -entonces se calló en seco.

-¿Qué? –dijo algo alarmado Doc.

Jornada 3: “Vida y milagros de G,” el salvador del mundo (V) Por JD


El médico pareció sorprendido de la seguridad de Gerald. Lo que no sabía era que éste había venido preparado. Un plan no era un plan sino se preparaba contra todas las contingencias.

-Esto será sencillo, Doc -dijo Gerald mientras manipulaba el portátil-. Verás, en situaciones de emergencia nacional el ejército deja vacíos algunos cuarteles para defender a la población, o controlarla. Salvo un retén, por si acaso. Pero cuando se acaba el mundo, ni los más patrióticos soldados se quedarán en el cuartel sin asegurarse que su familia está bien.

-¿Y los que no tienen familia? -preguntó Doc con cierta sorna.

No piensan que éste sea el lugar más seguro -sonrió Gerald-, todo lo contrario, estamos hablando de una situación de caos, no te entrenan para estas cosas, y más si tus mandos desaparecen, porque éstos sí suelen tener familia.

Cogió una tarjeta blanca con una cinta negra de su mochila y se acercó a la puerta. Pasó la tarjeta, y luego tecleó un código en el panel numérico. La luz pasó de roja a verde con un agradable sonido musical y la puerta pareció liberarse de sus cerraduras. Gerald la empujó levemente y alargó el brazo teatralmente, “Voila, la cueva de Ali Babá está abierta”.

Doc no parecía poder creerse lo que veían sus ojos. Y el resto del grupo que le acompañaba que se había puesto en pie, tampoco. Enseguida salió de su sorpresa e indicó a un par de sus acompañantes que le ayudaran con el herido, preguntando “¿Dónde está esa famosa sala hermética de aislamiento?”

Jornada 3: “Vida y milagros de G,” el salvador del mundo (IV) Por JD


Miró a su alrededor sopesando las posibilidades. Durante muchos días, mientras preparaba su plan de huida, había ido pensando el mejor lugar para refugiarse. Sin dudarlo el más seguro era una base de prospección petrolera en medio del mar. Pero tenía unos riesgos muy altos. La maquinaria era complicada. Y era estar encima de un charco de gasolina con un mechero que no sabías cuándo se encendería.

Se dirigió a lo que creía que era el corazón de la base militar que escogió finalmente y respiró profundamente y con cierta tranquilidad por primera vez en algún tiempo. Fue entonces cuando su gesto se tornó de la sonrisa a la preocupación. Fuera del edificio ¡había gente!… ¿o no? Se acercó con prudencia. No quería llamar la atención, ni ser visto antes de tiempo. Respiró aliviado al ver que eran seres vivos. Estaban hablando entre ellos. Casi discutiendo. Se aseguró que no iban armados, bueno… todo lo que podía desde la distancia. Se acercó lentamente, con las manos levantadas, y cuando se dieron cuenta de su presencia dijo en voz alta y segura, “Vengo en son de paz”.

Estaba a unos metros del grupo y pudo comprobar que no parecían haberlo pasado bien, alguno estaba manchado de sangre, otro tenía media cara tapada por unas gasas y cinta, y otro tenía un vendaje al final del brazo en lo que parecía un muñón en ausencia de la mano correspondiente. Había alguien que parecía estar cuidándolo hasta que se acercó; se puso en píe y le miró con curiosidad.

¿Problemas? -preguntó G con tono inocente, no las tenía todas consigo, así que era mejor ir sobre seguro y tratar de ser simpático.

-Creíamos que aquí encontraríamos ayuda -dijo el que parecía haber estado – cuidando del manco- pero esto está desierto, y no hay manera de acceder al interior de los edificios.

Gerald sonrió y dijo:
-Son instalaciones militares, tienen sistemas de seguridad para impedir que entre cualquiera a robarles.

Miró al manco con atención, y señaló las heridas.
-¿Se las has curado tú?

La otra persona asintió. Gerald siguió hablando,
-Bien doc, si esas heridas se has ha hecho una de esas cosas, está listo.

El doctor parecía incómodo con esa familiaridad y replicó:
-No estoy de acuerdo, son sólo rumores, no hay pruebas de que lo que sea que está pasando sea contagioso”.

Gerald no pudo evitar soltar una carcajada:
-Por supuesto, y los peces vuelan, doc.

El herido habló por primera vez:
-Han sido esos malditos inmigrantes, seguro. Alguna enfermedad rara que han traído de sus países de origen.

Ambos se giraron al escuchar eso, Gerald no pudo evitar sentir cierta sensación de asqueo ante aquel comentario:
-Por supuesto, los inmigrantes, que también han sido afectados por lo mismo, seguro.

El herido siguió hablando:
-Eso es lo que nos quieren hacer creer, seguro que están escondidos a buen recaudo esperando a que nos matemos entre nosotros. Algunos lo llaman “vabu” o algo así, es magia negra que practican o se les habrá escapado de las manos. Ni siquiera saben lo que hacen.

Doc negó con la cabeza:
-Esas teorías son ridículas, seguro que todo tiene su explicación, y su cura, es sólo cuestión de tiempo que el gobierno o los científicos la descubran y acaben con esta pesadilla.

-A menos que lo hayan creado ellos -dijo Gerald-, a alguna compañía se le puede haber escapado algún virus experimental encargado por el gobierno, o alguien creyendo tener la cura para todas las enfermedades lo probó sin las medidas de seguridad adecuadas, o quién sabe, a lo mejor es un experimento del gobierno para probarlo en otros lugares.

Doc volvió a negar con la cabeza:
-Lo que me faltaba, la teoría de la conspiración judeo-masónica -luego señaló a otra persona que estaba apoyado contra una pared medio dormido-. Ése cree que han sido los extraterrestres, que nos están usando de conejillos de indias para sus armas biológicas que quieren usar contra sus enemigos. Irracional, tanto lo uno como lo otro.

Gerald no quiso continuar con ese tema:
-Mira, Doc, me da igual quién o qué haya provocado esto. Pero es peligroso tenerle suelto -dijo señalando al herido.

-¿Y qué propones? ¿Matarlo? -preguntó Doc escandalizado.

-Tranquilo, aunque sería una solución piadosa -dijo Gerald levantando las manos en señal de paz-. Mira, seguro que estas instalaciones tienen salas herméticas para tratar enfermedades infecciosas y cosas de esas, ¿estarías de acuerdo en meterlo en una de ellas y tratarlo desde ahí?

Doc miró a Gerald entre reacio y sorprendido.
-Bueno, si consigues que entremos, claro.

Gerald sonrió y se descolgó la mochila que llevaba a la espalda.

-Eso no será un problema -dijo sonriendo mientras sacaba un portátil de dentro de la mochila y lo encendía. Luego giró la pantalla, sacó un puntero y convirtió el portátil en una tablet-pc.

Jornada 3: “Vida y milagros de G,” el salvador del mundo (III) Por JD


Zombies, ¿Cómo demonios había pasado? Gerald recorría la ciudad hacia alguna de sus salidas sobre una de sus motos mientras miraba con miedo a su alrededor. Los zombies intentaban alcanzarlo a su paso pero cuando se giraban él ya estaba lejos. Se había decidido por una moto pesada, que pudiera pasar por encima de una de esas cosas sin perder el equilibrio o atropellarla sin miramientos. Al principio había pensado en usar uno de los coches, pero… cuando estudió el estado de las calles tuvo que quitarse la idea de la cabeza. Había multitud de coches abandonados en medio de las mismas y esquivarlos con otro coche era complicado y peligroso. Había sido testigo de un pobre diablo que lo había intentado; su coche se había quedado calado en medio de la calle y los zombies lo habían sacado a través de la ventana rota sin miramientos. Había estado escuchando sus terribles gritos durante cinco minutos, al cabo de los cuales suponía que o bien había fallecido o bien se había desmayado. El caso es que nunca había vuelto a despertarse y los zombies habían dado buena cuenta del mismo.

Durante los días previos había ido preparando su plan de forma intensiva y detallada. Lo primero era salir de la ciudad. Ahí estaban los zombies y seguramente seguirían durante un tiempo mientras tuvieran comida. Y en esa ciudad tendrían para rato. Una vez fuera de la ciudad lo principal era evitar lugares públicos como los hospitales. Era lógico imaginar que la mayoría de la gente se dirigiría a esos lugares en busca de seguridad y los zombies les seguirían. Tarde o temprano. Había estudiado los mapas de las afueras de la ciudad; la zona industrial era interesante pero no contaba con víveres. Había encontrado el lugar ideal a unos 200 kilómetros de la ciudad. Alejado de la misma pero seguro. O eso esperaba.

Cuando salió de la ciudad un grupo de zombies comenzó a seguirle, pero su paso lento y aburrido no era rival para el potente motor de su vehículo. Fue poniendo distancia rápidamente. Miraba el GPS de forma regular mientras evitaba los vehículos que estaban abandonados en las carreteras. De vez en cuando veía algún zombie que parecía perdido o se alejaba de la carretera. Pero no había corrido ningún peligro real desde que salió de la ciudad.

Abandonó la carretera y dejó atrás los carteles de prohibido el paso y los avisos de que los infractores podrían ser disparados. Atravesó un par de lo que habían sido anteriormente controles de acceso y paró la moto orgulloso de sí mismo y de que su plan hubiera salido bien. Estaba dentro de uno de las instalaciones más seguras de la zona. Una base militar abandonada y vacía.

Jornada 3: “Vida y milagros de G,” el salvador del mundo (II) Por JD


Gerald paseaba nervioso por el salón de su ático de lujo, colgado al móvil. Ya llevaba dos semanas encerrado en el mismo sin salir al exterior. Las noticias no eran demasiado buenas. Bueno, apenas había noticias. La televisión había dejado de emitir casi desde el principio, y la radio hacía unos días que había dejado también de escucharse. El móvil todavía funcionaba, y ninguno de sus contactos sabía qué estaba pasando exactamente. La única información que le había servido era la que le había permitido almacenar víveres antes de que el mundo se volviera loco.

Colgó el móvil al ver que era inútil. Encendió un cigarrillo y salió a la amplia terraza de su ático. Estaba anocheciendo. En el horizonte podía ver un resplandor, ¿un incendio? ¿Por qué no hacían nada los bomberos? No escuchaba los aviones dirigirse al lugar para arrojar sus cargas de agua. Miró a su alrededor, algunas zonas de la ciudad se habían quedado ya sin electricidad. En su edificio todavía contarían con electricidad durante un tiempo. Era una de las más modernas edificaciones que cumplía todas las normas de construcción, Internet en todas las habitaciones y paneles solares para ayudar a la reducción del uso de la electricidad de consumo. Pero no duraría.

Lo que más le ponía nervioso era el silencio. Durante los primeros días, durante la primera semana, había escuchado cada día llorar a los niños de los vecinos. Eran ruidosos. Pero en los últimos días había dejado de escucharlos. Bueno, seguramente los vecinos habían tenido la brillante idea de largarse. Era algo que tenía que hacer él mismo, pero… no las tenía todas consigo. Había visto cosas raras cuando se asomaba para ver la calle. Todavía no tenía claro qué estaba pasando. Y era mejor tener toda la información posible antes de salir de su refugio.

Esta última semana se había caracterizado por los disparos. Al principio no se escuchaban más que aisladamente entre todos los ruidos de la urbe. Coches, aviones, los silbidos de los trenes de fondo… Pero a medida que los ruidos de la ciudad habían ido desapareciendo, los disparos se habían ido aumentando. Hasta hacerse continuos y desaparecer hacía unas horas.

Podía ver de nuevo esas oscuras figuras vagando por las calles, al principio había pensado que eran heridos conmocionados, pero había algo raro en ellos. No sabía el qué.

Se acercó a su ordenador. Internet como la había conocido ya no funcionaba. Ahora para conectarse tenía que usar directamente la dirección numérica del servidor. Nada de letras. Menos mal que un hacker como él había ido recogiendo a lo largo de los años información suficiente como para no tener que preocuparse de esos detalles.

Las páginas privadas ya no existían. Los servidores de las grandes compañías seguían existiendo, pero seguramente gracias a instalaciones previstas para apagones, pero tampoco durarían indefinidamente. Aunque tenía un plan para poder guardar toda esa información y poder acceder a ella cuando la necesitara. Sabía que tendría que dejar su ático en algún momento. Pero no lo haría sin tener un plan.

Jornada 3: «Vida y milagros de G,» el salvador del mundo (I) Por JD


Un castillo para dominarlos a todos

G miraba la pantalla con cierta preocupación. Los encuentros con los zombies en los últimos meses se habían espaciado. El encuentro en la granja era el más grave reportado en los últimos tiempos. Y había sido a dos días más o menos de camino, tal vez cuatro en movimiento zombie. Además, casualmente, estaba ese espía…

Miró las paredes recordando los primeros días después de encontrar el castillo. Primero había habido que limpiar la zona. Parecía un buen refugio temporal donde esconder a las mujeres y a los niños mientras se decidía qué hacer de cara al futuro. Tenía una visión del valle estupenda, un acceso muy complicado y estaba recién remodelado. Por lo que pudo descubrir posteriormente, el castillo había sido remodelado para ser usado como atracción turística, como parador y lugar de vacaciones para turistas de lujo. Nunca llegó a inaugurarse. Los comienzos en el sitio habían sido difíciles. Había que limpiarlo… y no de polvo justamente, pensó sonriendo. El sentido de orientación de los zombies es terrible por no decir inexistente. No sabrían seguir una línea recta en un pasillo. Así que los zombies, que simplemente vagaban de un lado para otro buscando comida, a veces te los encontrabas perdidos en sitios remotos y de difícil acceso. Simplemente no encontraban la salida. Malditos no-muertos. Mortalmente estúpidos, pensó G sonriendo de forma cínica.

Pero nadie habría pensado que se quedarían ahí. Hasta que comenzaron a ver sus posibilidades. G no podía evitar pensar en que había sido el que más había luchado para quedarse en ese sitio. Veía su potencial. Sólo había tenido que vencer sus reticencias hacia su persona más que hacia el lugar. El lugar estaba acondicionado para vivir en él. Tenía un manantial propio, y también estaba la lluvia que llenaba los depósitos para casos de emergencias. Habitaciones acondicionadas. Salas de reuniones. ¡¡Baños!! (para los que tuvieron que habilitar un pozo negro). Aunque no contaba con electricidad. No se podía tener todo en esta vida.

Pero la solución era sencilla, placas solares. “Sólo” había que cogerlas e instalarlas y tendrían su propia energía eléctrica (por suerte entre ellos había gente que se dedicaba a todo tipo de cosas).

Se había habituado a vivir en ese sitio. Apenas salía fuera. Aunque los zombies no habían sido vistos por la zona en un tiempo, él se consideraba demasiado valioso como para arriesgar su vida. ¿Qué haría el grupo de supervivientes sin él? Le necesitaban.

Sabía que estaba evitando coger el teléfono, pero avisar al otro refugio de que a lo mejor tenían que volver al mismo y del encuentro con el espía no era precisamente lo que más le gustaba. No tragaba al encargado de la misma. Se creía que el mundo giraba a su alrededor y que le debían pleitesía. No sabía cómo le aguantaban los demás.

Diarios de la Primera Plaga (del diario de Doc). Por J.D. (VII)


Hasta que no comencé a beber agua no noté lo seca que tenía la garganta. Las cosas de las que no te das cuenta cuando estás centrado en algo.

Me encontraba en las mazmorras, o el despacho de G, quien decía que el fresco de las mismas le iba bien a los ordenadores, y que gracias a Dios no había la suficiente humedad como para afectar a sus equipos.

Le expliqué detenidamente lo que nos había pasado desde que salimos del castillo. Él iba introduciendo la información en sus ordenadores y veía una de sus pantallas traseras que mostraba un mapa de la zona cómo se iba llenando de puntos rojos y pequeños comentarios. Cuando llegué a la parte del espía fue cuando dejó de teclear momentáneamente, tratando de sopesar la información y calculando las posibilidades. Me indicó que parara mi informe un momento y se comunicó por la radio con Steve, nuestro jefe de exploradores, en ese momento; además del grupo de Mara había tres grupos fuera. Miró el mapa, le dio las coordenadas aproximadas donde deberían estar los grupos si seguían el plan y le indicó que mandara urgentemente mensajeros para comunicar a los grupos que no se acercaran al castillo si tenían a algún recién llegado entre sus filas.

Asentí con mi aprobación. Al fin y al cabo ésa era la idea que tenía en mente cuando decidimos volver al castillo. Avisar al resto de grupos para no dar a conocer el lugar a nuevos extraños.

La voz en la radio dio su aprobación, y pude imaginármelo dando órdenes rápidamente.

Supongo que usarían los caballos. Rápidos, seguros, no contaminantes, y silenciosos. La verdad es que los equinos eran un tesoro. Al contrario de lo que la gente se cree, conseguir caballos en un mundo post-apocalíptico es complicado, normalmente los caballos domesticados suelen caer en manos de los zombies al estar encerrados en sus cuadras. Y nadie tenía ni idea de cómo domesticar caballos salvajes… en caso de encontrarlos. Pero el caso es que habíamos conseguido varios caballos que cuidábamos como oro en paño.

Gerardo me indicó que siguiera. Le informé de la granja y de nuestro encuentro con los zombies y la muerte de cinco de nuestros compañeros. En el mapa aparecieron varias cruces en la zona donde debía estar la granja. Y la marcó además como zona de interés a investigar. Una granja siempre contaba con utensilios necesarios, además tenía la tierra preparada para cultivo, y ésa era una buena razón para echarle un buen vistazo.

Acabé el relato con mi llegada al castillo y nuestro informático favorito suspiró. No sé si de alivio o de sorpresa por lo contado. Durante unos minutos estuvo revisando el informe, añadiendo anotaciones y haciéndome alguna pregunta sobre el comportamiento del recién llegado, la información que le proporcionamos y si había podido dar cuenta de nuestra existencia.

La mayoría de mis respuestas eran negativas, creía que todos habíamos cumplido con el protocolo de seguridad y que no se había filtrado información vital, pero no estaba seguro. Además cinco de los nuestros habían muerto y no había manera hasta leer sus entradas en sus diarios -y si lo habían indicado- de saber si le habían dicho algo al extraño o no. Después de mí le tocaría al resto de mi equipo: dar su informe, contestar a las preguntas y comprobar si existía peligro.

Y la cara de Gerardo no era precisamente de felicidad. Me despedí de él y me fui a duchar, cenar y dormir. Necesitaba un descanso. Al día siguiente necesitaba estar fresco para continuar con el resto de mi vida.

 

Aunque creas que las manchas de sangre son decorativas, no es así. Pero tranquilo, que no te contagiarás de nada por tocarlas… soy médico, puedes confiar en mí.

(Fin de la Jornada 2)