Jornada 3: “Vida y milagros de G,” el salvador del mundo (XII) Por JD


Doc miró alarmado a Gerald.
-¿Cómo? Lo que dices es inhumano. Ese pobre hombre tiene que dejar de sufrir. Es una crueldad dejar que pase por todo esto y… se convierta.

Gerald no pareció hacer caso a Doc y salió del laboratorio, demasiado para un día. Ya arreglaría el tema con Doc en algún otro momento. Quería revisar el resto de la base y comprobar que todo se correspondía con la información que él tenía. Pero antes… todos esos tiros le habían abierto el apetito y no había comido ni dormido desde que dejara el apartamento en la ciudad. Averiguó dónde estaba la cantina y se preparó algo para comer. Era lo que tenía ser soltero, que o aprendías a cocinar o te gastabas el dinero en comida precocinada que no sabías de dónde había salido ni con qué estaba hecha ni por qué manos había pasado.

Ni por un momento se le pasó por la cabeza preparar comida para sus compañeros, o si éstos sabrían cocinar. No era su problema.

Se dirigió a las dependencias que parecían ser del oficial superior, encargado de la base y se dirigió directamente al baño. Se dio una ducha, se metió en la cama y se puso a dormir tranquilamente.

Las horas se convirtieron días y estos en semanas. Gerald andaba ocupado sin un solo momento libre. Parecía que tenía que tomar todas las decisiones. Menos mal que no le pedían también que cocinara. Por lo visto habían tenido suerte, los demás, y uno de los supervivientes era cocinero. De hecho, y según le contaron, sin que él preguntara nada, la mitad del grupo se encontraba en el restaurante donde trabajaba el cocinero cuando comenzaron los disturbios de verdad en la ciudad; gente corriendo, comiéndose entre ellos, así que decidieron salir corriendo y, sin saber cómo, acabaron en la base donde se encontraron con Doc y otras pobres ovejas descarriadas.

El problema para Gerald era que tenía que supervisarlo todo. Había diseñado un plan de estudio para los supervivientes, uso del armamento de la base y ese tipo de cosas. Gracias a Dios que los militares tenían manuales de papel para esas cosas: configuración del sistema de alarmas del cuartel, supervivencia, primeros auxilios, y esas cosas que debían aprender en esta nueva sociedad. Doc se encargaba de dar las clases de primeros auxilios. Además, debían practicar un par de horas en las galerías de tiro, aprender a limpiar las armas, en fin… tantas cosas que Gerald no había tenido tiempo todavía para decidir su siguiente paso. Quedarse en la base no era una opción. Sería una diana permanente. Y no quería estar ahí cuando eso pasase.

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1 comentario

  1. Felicitaciones por tan buena historia, atrapante, no pude dejar de leer desde la primera parte. La vision del mundo en el desastre zombi es muy natural, aunque prefiero la historia contada en primera persona por ser mas realista.

    Nuevamente felicitaciones por la historia y por todo el trabajo, excelente!!


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