Jornada 3: “Vida y milagros de G,” el salvador del mundo (IX) Por JD


Gerald se había agenciado una escopeta automática con cargador de tambor. Para las distancias medias o largas no servía para nada, pero para las distancias cortas… no hacía falta apuntar realmente, disparabas y casi se podía decir que todo lo que estaba delante del arma se volatilizaba. Bueno, eso decían los libros.

Tanto él como sus acompañantes estuvieron un rato comprobando que no había problemas. Les indicó que se pusieran las gafas protectoras para que las vainas que despedían las armas no pudieran ocasionarles daños en los ojos. Volvió a repetirles la advertencia sobre el peligro y les volvió a indicar que después de disparar, pusieran el seguro, quitaran el cargador y comprobaran que la recámara estaba vacía.

Todos se prepararon a la señal de Gerald:
-Voy a hacer subir las puertas metálicas de la morgue. No disparéis hasta que estén completamente subidas. Si dañáis las puertas no se volverán a cerrar seguramente. Y eso sería malo. Los zombies, si actúan como no-muertos saldrán lentamente, al escuchar el ruido de la puerta, tranquilos, no disparéis. Esperad a mi señal. Los de las ametralladoras, apuntad bajo, eso hará más fácil el trabajo e impedirá que hagamos grandes daños a la sala. Además, que empiece uno, el otro cuente hasta diez y comience a disparar, de esta manera cuando uno esté recargado, el otro estará disparando. Los de los fusiles de asalto, no disparéis salvo que veáis que algún zombie se acerca demasiado o las dos ametralladoras dejan de disparar en el mismo momento. Bien, voy a abrir las puertas, respirad hondo. No hay nada que temer, todo está controlado.

Comprobó una vez más el portátil y seleccionó el mecanismo de la puerta. Ésta comenzó a subir. No había encendido las luces para que los zombies quedaran ¿deslumbrados? Por la diferencia de luz con el exterior. Bueno, era una teoría, incluso los zombies debían de tener problemas si les apuntabas con un haz de luz directamente a los ojos, al menos prefería pensar, qué demonios iba a saber él de zombies, lo suyo eran los ordenadores y algunos otros tejemanejes.

La puerta estaba medio subida cuando le empezó a llegar el murmullo. No era ruido de conversación. Ni siquiera creía que fueran palabras. Los no-muertos parecían emitir un ruido característico y a la vez terrorífico. Algún zombie, que se arrastraba, comenzó a cruzar el umbral. Todos parecían haber dejado de respirar y miraban nerviosos a Gerald y de nuevo a las puertas.

Gerald no dijo nada. Esperó. La puerta estaba casi completamente subida, y los zombies comenzaban a arrastrar sus pies hacia ellos. Alguno comenzaba a bajar por la pendiente que unía el suelo con el piso de la morgue. Cuando la puerta hizo un ruido seco indicando que se había parado Gerald respiró hondo y gritó, “¡¡Fuego!!”

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