Jornada 3: “Vida y milagros de G,” el salvador del mundo (VIII) Por JD


Gerard salió del laboratorio e indicó a los presentes que esperaran. Unas puertas más abajo encontró lo que necesitaba. Lo recogió y volvió con los demás. Le entregó un walkie a Doc y le indicó cómo usarlo:
-Te he dejado en la pantalla las vistas de las tres cámaras, si hay algún cambio me avisas por el walkie.

Luego indicó a seis de los acompañantes de Doc que le siguieran. Mientras caminaba por los pasillos en busca del almacén comenzó a hablarles:
-Un arma no es un juguete, caballeros, nada de apuntarse entre ustedes, más de una broma ha acabado con un nuevo zombie o un compañero sin sesos en su cabeza -iba diciendo Gerald con tono enérgico y seguro, como si fuera algo que llevara toda la vida haciendo-. Un arma no mata por sí sola, necesita a alguien para ello. Ese alguien serán ustedes. Cuando acabe de hablar serán ustedes unos expertos en disparar armas. Pero no se lleven a engaño, eso no les hará ser Rambo, y cuando sean conscientes del peligro de un arma desearán no haber usado nunca una ni saber que existen.

Gerard pasó por la ranura la tarjeta blanca e introdujo un código en el panel, la puerta hizo el ruido característico de apertura, todos entraron siguiendo a Gerald que iba mirando las etiquetas de las cajas. Señaló un par de ellas que debían llevar de dos en dos personas, a los dos restantes les indicó otras cajas más pequeñas para que las cogieran y cargaran con ellas.

Les indicó que le siguieran de nuevo. De vez en cuando Gerald iba consultando el mapa en su portátil para comprobar que iba por el buen camino y contactaba con Doc para asegurarse que todo iba bien.

Salieron al exterior, y Gerald siguió caminando.
-La morgue tiene dos entradas, una que da al exterior, que es la zona de carga y descarga de los féretros y los muertos, y otra que comunica la sala con el interior del complejo. Nosotros usaremos la entrada del exterior que es más grande y nos permite más movimiento.

Gerard indicó un punto para que dejaran las cajas, las abrió e indicó a sus acompañantes que le ayudaran. Dentro de cada una de las dos cajas grandes había unos trípodes acompañados de unas ametralladoras que parecían gigantes a los ojos de los acompañantes de Gerald. Éste les indicó cómo debían colocarlas, cómo debían cargar la munición, cómo debían disparar y cómo debían recargar. Les dejó que hicieran unas pruebas apuntando al cielo para que se familiarizasen con el retroceso y el comportamiento de las mismas y mientras tanto habló con las otras dos personas, enseñándoles rápidamente cómo cargar, quitar el seguro, seleccionar el ratio de disparo y disparar los fusiles de asalto que habían en las cajas pequeñas.

Y todo eso sin haber hecho el servicio militar ni haber tocado nunca un arma de verdad.