Diarios de la Primera Plaga (del diario de Mara). Por J.D. (VI)


Mis acompañantes y yo nos miramos y nos pusimos en guardia. Ya no había prisa. Ahora se trataba de no morir. Les indiqué que avanzáramos usando los árboles como escondite para no ser vistos –aunque normalmente, ellos, solían ser más hábiles con otros sentidos como el del olfato. Aunque mi experiencia me decía que tanta precaución no sería necesaria.

En unos minutos estábamos lo suficientemente cerca para ver el atroz espectáculo, un ¿zombie? Estaba arrancando trozos del cadáver. El espectáculo en sí era repugnante. El no-muerto no contaba con la parte inferior de su cuerpo, había un rastro de intestinos que llegaba al píe de un árbol cercano. Parecía que esa diabólica criatura se había quedado ¿hibernando? al pie del árbol, ¿esperando su muerte? cuando el ruido de pisadas le debió de haber llamado la atención. El problema de “correr huyendo” es que no miras lo suficiente hacia delante, y en esta ocasión ese error había sido mortal. Sólo había tenido que alargar los brazos, hacerle caer y el resto… bueno, era una historia conocida.

El zombie parecía llevar mucho tiempo ahí quieto a juzgar por las telarañas que le colgaban de la cabeza. Lo “bueno” de un zombie que ha cazado es que está demasiado ocupado disfrutando de su presa como para darse cuenta que puede haber más, aunque aquel engendro en cuestión, por su incapacidad de moverse superior a la normal, no parecía representar un gran peligro; era más bien el ejemplo perfecto de que nunca te puedes confiar con “ellos” y de que nunca puedes ni debes de bajar la guardia.

Después de asegurarnos de que no había compañeros suyos por las cercanías nos hemos acercado lentamente y le hemos separado la cabeza del tronco. Luego hemos repetido el ritual con su víctima, el ¿espía?

Cuando hemos vuelto a la casa con los restos, el agujero con leña ya estaba siendo preparado. Gracias a los walkies habíamos podido avisarles de lo sucedido para que fueran haciendo los preparativos para disponer de los restos.

Cuando el fuego ha comenzado a crepitar y coger fuerza hemos lanzado los restos “humanos”. Sin ceremonias. Luego más leña. Y a avivar las llamas para deshacernos de cualquier resto que pudiera causarnos problemas. Luego revisaríamos la ropa del “nuevo” y buscaríamos respuestas.

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