El patio de los carpinteros (VI) Por Juan Gómez


Jacobo estaba agazapado cuerpo a tierra con el fusil en las manos intentando descubrir porqué aquello no disparaba, si no hubiera estado preso de un estado de agitación mental intolerable se hubiera dado cuenta de que simplemente no tenía balas, pero el cerebro funciona mal bajo presión, y sobretodo con la dentadura de un zombie incrustándose por el cráneo y masticando tus huesos parietal y occipital como si fueran un bol de Special K con mermelada de fresas. Como era de esperar, la masa cerebral del soldado apenas sirvió de aperitivo a la bestia que siguió con paso errabundo y tambaleante avanzando hacia donde sus sentidos le decían que había más comida.

Las tres chicas habían hecho una parada a la luz de una farola. Estaban aterrorizadas y presa de un ataque de histeria. Las tres hiperventilaban y miraban a todas partes buscando una posible amenaza. Una de las primeras cosas que te enseñan en el ejército es que cuando busques a alguien de noche y no quieras ser descubierto por el enemigo procura que la luz le señale a él y sobretodo permanece en silencio y fuera de las fuentes de luz.

Teresa miro a sus dos compañeras con los ojos inundados por las lágrimas.

–Chicas, tenemos que serenarnos, sabemos que el bicho ése está por aquí y vendrá a por nosotras, tenemos que trazar un plan.

Gracia la miró y asintió.

–Tiene que haber una salida, una forma de escapar, debemos correr hacia los muros y allí nos cubrirán hasta que puedan venir a por nosotras.

Francisca las miró a las dos.

–No sabemos dónde está el muro más cercano, y todo este cementerio es igual, puedes andar diez quilómetros y no saber si das vueltas o vas en línea recta, además, si corremos podemos encontrarnos al bicho de cara y estaremos perdidas, y si vamos despacio nos acabará pillando.

Teresa la miró con odio.

–Pues danos una solución zorra perdedora.

Francisca la miró con desprecio y le dio la espalda

–Yo tengo una idea y pasa porque os alejéis de mí. Sola tengo más posibilidades que con dos inútiles como vosotras –y dicho esto se alejo de la luz de la farola y desapareció en la noche. Gracia y Teresa se miraron sorprendidas, e inspeccionaron los alrededores con las inútiles armas asidas a modo de garrote, dispuestas a vender cara su vida.

Miguel seguía caminando con la cabeza baja ajeno a todo lo que había pasado. Se sentía solo y asustado, pero al menos no tenía que oír los terribles sonidos que le rodeaban procedentes de cientos de ataúdes rellenos de muertos dando señales de vida.

Lo último que podía pensar Francisca era que esa figura tambaleante y que caminaba con la cabeza gacha era su compañero de pelotón sordo y autista, dos buenas razones para no contestar a sus llamadas para identificarse, así que lo primero que se le vino a la cabeza fue que era uno de esos bichos inmundos. Asiendo su rifle como un mandoble se aproximó a él sigilosamente y por la espalda y descargó un fuerte golpe contra la base del cráneo que lo echó al suelo. Miguel cayó de bruces y no fue capaz de reaccionar; Francisca tampoco le dio oportunidad y lo machacó hasta que dejó su cabeza convertida en pulpa. Tan enfervorizada estaba en su homicidio que no se dio cuenta de que aquella presión que sentía en el pecho era una mano que le acaba de arrancar el corazón a través de la espalda.