El patio de los carpinteros (III) Por Juan Gómez


            El paseo por el patio de los carpinteros era una experiencia estremecedora. Pensar que bajo las botas había un plantel de muertos no era agradable, pero oírlos golpear las tapas de sus ataúdes con inacabable energía ponía los pelos de punta a cualquier reclutilla piojoso. Jacobo caminaba dando saltitos ridículos intentando no pisar las tumbas, Javi había decidido no separarse más de un paso del resto del grupo y caminaba arrastrando los pies. Las mujeres por su parte habían prescindido de la formación asignada por el sargento y habían creado un lobby propio, apiñándose unas contra otras en un confuso revoltijo de cuerpos. Miguel, que era sordo de nacimiento y que había sido integrado en el ejército por cuestiones de cupos, se llevó un dedo al oído y desconectó el audífono, ojos que no ven culo que no defeca. David contemplaba a esa panda de inútiles acariciando el gatillo de su subfusil con el dedo, dispuesto a convertirlos en carne picada. Durante un segundo dejó volar su imaginación y se imaginó a sí mismo ametrallando a esas morcillas uniformadas y luego reventándoles los dientes a culetazos. Se permitió una sonrisa y echó una larga calada a su cigarro. Pronto tendría una pequeña retribución.

 

Caminaron unos pocos minutos, siguiendo los puntos de vigilancia preestablecidos y pasando la tarjeta magnética por los lectores que certificaban que habían cubierto los trayectos y la hora en que lo habían hecho. El sargento propino un gentil y doloroso culatazo en los riñones a Javi y le enseñó la tarjeta de control.

 

            –Tú, cacho carne coge la tarjeta y haz el checking yo voy a buscar un agujero para echar una cagada –dijo el sargento.

 

            Javi miro acojonado la tarjeta y su mano tembló mientras la cogía. David impaciente le soltó una bofetada sobre el casco de acero que por poco lo tumba

 

            –Sólo es una puta tarjeta capullo, coge la tarjeta –el sargento soltó un nuevo manotazo sobre el casco del desorientado recluta– y la pasas por el lector –de nuevo la mano del suboficial se estrelló contra la cabeza de Javier–. Coges la tarjeta y la pasas por el lector ¿Quieres que lo repita?

 

            -No mi sargento, creo que lo he entendido.

 

            -¿Crees? ¿Cómo que crees? ¿Es que se puede ser más idiota o sólo lo finges? Coges la tarjeta y la pasas por el lector, pedazo de mierda –esta vez el golpe no fue contenido como en ocasiones anteriores y el pobre recluta cayó al suelo de espaldas, agarrando entre sus dedos con fuerza la tarjeta de control.

 

            David se alejó del grupo, todos permanecían en silencio. Sólo Xiqui se atrevió a hablar.

 

            –Mi sargento ¿Quiere papel de baño? –David se giró un segundo pero luego siguió su camino.

 

            -Me limpiare con la mano, ya veremos luego quién me la limpia a lengüetazos, y ahora dejadme en paz, que para hacer mis cosas necesito tranquilidad.

 

            En pocos segundos el sargento se perdió de vista, fuera del circuito de vigilancia, dejando solos a los novatos.

 

            – Bueno –dijo Jacobo– vamos p`alante que si no, no cumpliremos el programa.

 

            Javi, ya de pie, asintió con la cabeza mientras miraba la tarjeta como si fuera la caja de Pandora.

 

            –Sí, mejor nos ponemos en marcha –caminaron escasamente un minuto cuando la maquina de control se hizo evidente frente a ellos, situada justo bajo una potente farola parecía totalmente fuera de lugar en aquel cementerio. Javier cogió la tarjeta por un lateral y se dispuso a pasarla por el lector magnético.

            En ese momento una figura andrajosa, de cara cenicienta y ojos hundidos se adelantó con los brazos extendidos y lanzó un zarpazo hacia el horrorizado recluta que mantenía la tarjeta entre sus dedos. Dos cicatrices cruzaron su mejilla mientras caía de culo al suelo.