El patio de los carpinteros (II)


El cementerio estaba iluminado por farolas nuevecitas, pagadas con los fondos extras que el gobierno había recaudado de los acojonados contribuyentes con los impuestos especiales creados después del primer levantamiento de inmigrantes ilegales del otro barrio. El sargento David caminaba tranquilamente dejando escapar bocanadas de su apestoso habano; llevaba su fusil colgado al frente y lo sujetaba sin la más mínima tensión, todo lo contrario que su panda de reclutas. Frente a él, Javier Eibar caminaba aterrorizado, moviendo la potente linterna que llevaba de un lado a otro, como si temiese que en cualquier momento una horda no muerta se alzase bajo sus pies. David contemplaba al patético ejemplo del valiente soldado español que se había alistado voluntario para las misiones de control de no muertos pensando sólo en el dinero que a fin de mes eso supondría y sin darse cuenta que toda esa pasta significaba patearse a diario cementerios plagados de presencias extrañas.

            En los flancos las cosas no estaban mejor, los dos grupos caminaban apiñados como si fueran un trenecito gay montado en algún cuarto oscuro de un piojoso antro de ambiente; estaban tan cerca unos de otros que lo único que impedía una eventual sodomía era la imposibilidad de esos cobardes de tener una erección cagados de miedo como estaban. Sólo Xiqui, el robusto vasco, parecía estar más dispuesto a ganarse las habas y barría cuidadosamente a derecha e izquierda con la linterna con la esperanza de que algún zombie pringado tuviera los huevos de asomar en su campo de tiro y vaciarle un par de cargadores de 7,62 en su deteriorado cuerpo. El sargento levanto una mano en señal de alto y su tropa paró en seco, sólo Eibar, que iba adelantado, no se percató del hecho y camino unos metros hasta que se dio cuenta de que el grupo se había detenido, por lo que, dejando atrás toda compostura, salió corriendo hacia el sargento con tanta premura que acabó tropezando con una de las cruces y cayendo de cara sobre el césped. David le propino una fuerte patada en el costado y le regaló una par de insultos obscenos a cerca del tamaño de sus genitales y Javier se incorporó como pudo, agarrándose con fuerza el costado donde le habían propinado el golpe.

            -Bueno niños y niñas, mis queridos trozos de carne, vamos a entrar en el patio de los carpinteros –el sargento hizo una pausa dramática–. Se llama así por que es la zona del cementerio donde los muertos han recuperado su vitalidad y se pasan el dia y la noche golpeando las tapas de sus ataúdes, con la esperanza de romperlos y abrirse paso hasta la superficie para comer un par de jugosos cerebros. Os aviso con tiempo para que tengáis oportunidad de poneros ahora el paquete, os puedo asegurar que ir cargado de mierda de aquí hasta el fin de la guardia no es nada agradable.

            Cuando el sargento hubo acabado, hizo un gesto para que la tropa siguiera avanzando, pero el recluta Xiqui parecía enfrascado buscando algo en su mochila. Al final, y desesperado porque todos le miraban, decidió hablar

            -¿Alguien ha traído un paquete de más? Es que no vi que estuviera dentro del equipamiento recomendado para estas misiones y no he traído.

            El sargento David miro con los ojos desorbitados al recluta y a punto estuvo de apagarle su cigarrillo en el brazo, pero al final su sentido común se impuso y se limitó a regalarle unas afectuosas frases respecto a su capacidad intelectual.

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