El patio de los carpinteros (I) Por Juan Gómez


(Esta semana, el encargado de las entradas será Juan Gómez, escritor de obras como “Martillo de Herejes”)

David contempló fijamente el portón de entrada al cementerio de Colleville, situado en Normandía que albergaba, entre otros, a casi 10.000 valientes soldados americanos caídos entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Por alguna extraña razón, éste era otro de los camposantos que no habían escupido su putrido contenido a este condenado mundo [ver anotaciones del viernes 3 de julio a este respecto]. Mirando hacia todas las cruces blancas que cubrían la extensión a la que daba abasto su vista exclamó:

-Mi padre solía comentar de este lugar que era como un bosque de cruces –paró un momento para mascar el pesado aire que su habano contaminaba-, pero yo digo que es más un huerto, algo hecho por la mano del hombre. ¡Vamos chicos, esa puta escoria ha de ser vigilada!

Y comenzó a andar colina abajo hasta llegar a las enormes puertas de acceso. Se giró un momento y miró de reojo a la panda de reclutas que le habían asignado para patrullar, cuatro trozos de carne que sólo servían de carnaza para tiburones y tres mujeres metidas con calzador en el ejercito por la puta ley de cupos. Lo único que le gustaba de éstas a un misógino como él era que los “mierda zombies” no hacían distinción y como eran más lentas siempre le servían para entretener a la puta chusma no muerta.

–Venga hijos de puta, os tenéis que ganar el plato de rancho. Jacobo, Francisca y Gracia a la derecha. Xiqui, Miguel y Teresa a la izquierda. Javi, tú ve delante explorando, si hay una emboscada que sólo perdamos los elementos más prescindibles del grupo, yo iré en medio.

David levantó la vista e hizo una seña al guarda de la torre de control. Acto seguido una pesada puerta de metal comenzó a deslizarse sobre unos carriles y el pelotón se situó en el espacio de contención. Cuando todos estuvieron allí, la puerta volvió lentamente a su lugar y una vez se hubo cerrado, la siguiente barrera se abrió y dejó paso a los soldados para acceder a la segunda exclusa. El proceso se repitió una última vez y frente a ellos se extendió el huerto de cruces blancas.

David, veterano ya en estas lides propino un culatazo a Javier que estaba estupefacto:

–¡Camina, cacho carne! –le dijo.

Javier se giró un instante y miró al sargento, preparado para quejarse, como habría echo en su vida civil, pero incluso en su mente de recluta del ejercito español sabía que no era buena idea. Dudando un segundo, comenzó a andar hacia las cruces.