Diario de guerra. Entrada 129. 7 junio 1991. Murcia.


Hoy es el gran día. Cumplo 40 años. Desde la terraza de uno de los pisos del edificio he reventado la cabeza de cinco de esos monstruos deambulantes con la escopeta de caza de los domingos, y me he reservado las dos últimas balas para mí.

Esto me ha hecho meditar un poco más sobre la decisión que debo de tomar. El principal problema es que no lo aguanto más, estar rodeado todos los días de muertos que caminan, el aburrimiento, el abatimiento, la soledad, la frustración, la angustia… Creo que si hubiera algún psicólogo cerca me diría que estoy deprimido. Mi idea era la de levantarme la tapa de los sesos sin más. Pero posteriormente he estado pensando en si no sería mejor intentar pasar a formar parte de esa nueva sociedad de apestosos malolientes que deambulan de un lado para otro sin preocupaciones de ningún tipo. Hubo quienes al principio de la plaga ésta de las narices consideraron a esas sanguijuelas como un estadio más avanzado de la raza humana: por no cansarse nunca, por no depender de sentimientos fluctuantes y en ocasiones aleatorios, por no necesitar ningún tipo de alimento, y por tener como único vicio el deseo de llevarse a la boca un buen pedazo de carne fresca para Dios sabe qué hacer con ella. Al final me ha parecido una tontería, la verdad.

 ¿Soy acaso un cobarde? Puede, aunque simplemente creo que estoy cansado, hastiado de dejar pasar el tiempo, de ver cómo pasan los días, las semanas… y nada cambia, todo sigue igual.

 Este mundo es una mierda, no es que antes fuera mucho mejor, pero al menos nos mantenían ocupados y entretenidos.

Creo que llevo ya cinco minutos alargando el momento final, de modo que voy a apretar el gatillo de una vez y podré por fin ver qué hay después de la vida.

 

            ¡¡BANG!!