Diario de guerra. Entrada 128. 6 junio 1991. Murcia.


Sigo dándole vueltas al día de mañana, al día de mi cumpleaños. No sé porqué se las doy, a fin de cuentas no deja de ser un día como los demás, pero el haberlo celebrado tantas veces y en compañía de mis seres queridos hace que siga siendo especial.

Mis seres queridos. No creo que quede ninguno con vida, y casi pienso que es lo mejor que podría pasarles. Yo he perdido todo mi pelo, supongo que algún tipo de alopecia fruto del estrés, aunque por suerte me mantengo en forma yendo a correr por el amplio parquing subterráneo o por la terraza superior desde la que se divisa toda la ciudad.

Hoy el menú ha sido incluso agradable: una lata de conservas de albóndigas de la tienda de la señora Paquita y una botella de Lambrusco bien fría gentileza de la gente atrincherada que sin duda mantiene, o debe de estar manteniendo, en funcionamiento la central eléctrica. Gracias al festín he logrado salir un poco de mi depresión fruto de la soledad y el abatimiento.

 Luego, hacia las once de la noche, me he subido hasta la terraza y me he encendido un buen habano tumbado en mi hamaca y me he tomado un buen vaso del mejor whisky que he encontrado. Tiene narices que nunca antes de la plaga hubiese hecho algo así: relajarme y disfrutar de la vida, sentado bajo la luz de las estrellas escuchando, paradójicamente, el más puro de los silencios, alterado únicamente por el ladrido de algún perro aquí o allá.