Diario de guerra. Entrada 127. 5 junio 1991. Murcia.


Pasado mañana es el puto día de mi cumpleaños y me encuentro más solo que la una. Estoy cansado de no hablar con nadie, de sólo ver a gente caminando sin sentido de un lugar para otro, tropezando con farolas, dándose contra árboles, chocando con coches abandonados…

¿Soy acaso el último superviviente de esta condenada ciudad? Por desgracia me temo que no. De vez en cuando veo a algún pobre desgraciado corriendo huyendo de “ellos”, cayendo al final en sus brazos y siendo víctima de la macabra pitanza que tiene lugar a continuación cuando se abalanzan famélicos de carne sobre ti sin que muestren el más mínimo vestigio de piedad al hincarte el diente, o al revolverte las tripas con sus propias manos convirtiéndolas en un inútil amasijo de carne. Creo que esa escena, que ya he observado en varias ocasiones desde mi ventana, es la más espantosa que he visto en toda mi vida, y se viene repitiendo cíclicamente en mis pesadillas nocturnas.

Ya me he cansado de explorar el edificio, después de más de un año pateándome sus doce plantas me lo sé de memoria. Desde luego parece hecho a prueba de zombies, lo cual tampoco es muy difícil; tiene una única entrada y aguanta perfectamente los embates de estos. Ya he rebuscado en los trasteros del sótano donde está el parquing y he encontrado cosas que me han sido de bastante utilidad todo este tiempo, y ha sido gracias al acceso desde el parking a las tiendas situadas en las plantas bajas que he podido entrar en la tienda de comidas de la señora Paquita, a la que por cierto tuve que reventar la cabeza a machetazos antes de quemarla; ella ha sido uno de los cinco zombies a los que he tenido que matar cuerpo a cuerpo, y la experiencia no es ni mucho menos plato de buen gusto. El miedo que se pasa es sencillamente atroz y es algo a lo que no te acostumbras.