Jornada 8. El fin de los días IV (XX). Ello


El camarlengo se estaba comenzando a cansar de la cerrazón del cardenal que hablaba desde el otro lado del monitor. Seguro que para él era muy sencillo, estando sentado al otro lado del mundo, sin haber visto lo que él, sin tener que lidiar con lo que él había lidiado. ¿Por qué no podía verlo? ¿Cómo era que no lo entendía? Había tenido una visión de una sociedad mejor. Y estaba al alcance de sus manos. Sólo tenían que alargarlas.

-Lo que está diciendo es demagogia –dijo finalmente el cardenal Filippi-. No vamos a hacer ningún trato con el diablo, ni vamos a vender nuestras almas. Vamos a salvar vidas. Y almas. ¿Y qué hay más noble que eso?

-Tratar a todo el mundo como iguales –replicó el otro cardenal-, no seleccionar qué alma es más valiosa y hay que salvar. Nosotros no somos quiénes para decidirlo. Ésa es una elección que debe hacer nuestro Señor. Nuestro deber no es interferir constantemente con lo que hace la sociedad. Deberíamos estar al margen de ello. Nuestro deber es dar a conocer la palabra de Dios, no imponerla de ninguna manera.

-Pero no estamos imponiendo nada a nadie –respondió el camarlengo mostrando la impaciencia en su voz.

-Ahora mismo existen personas de esta Iglesia que están intentando imponer nuestros puntos de vista a base de amenazas a los gobiernos –señaló el otro cardenal-, decimos a nuestros feligreses a quiénes deben votar. Es una locura. Nuestro deber no es meternos en política.

El camarlengo guardó un cauto silencio mientras se mordía el labio inferior. Luego decidió tomar una decisión y acabar con la discusión.

-Me parece que desde el principio esta reunión ha comenzado con mal pie y con una idea que no era la que tocaba. No estamos aquí para decidir lo que vamos a hacer. Esa decisión está tomada. Estamos aquí para decidir cómo informar a nuestros benefactores y qué pasos tomar para asegurarnos su supervivencia.

-¡Eso es intolerable! –dijo gritando el otro cardenal-. ¡No pienso formar parte de esta conspiración!

El camarlengo asintió.

-De acuerdo, sólo le pido que guarde silencio entonces respecto a esta reunión y nos reporte sobre la gente de interés que vivan en su zona para que nosotros les informemos.

-¡Inaceptable! –respondió el otro cardenal-. No pienso guardar silencio sobre… lo que sea que sea esto. Pienso denunciarle. Usted no tiene el poder para tomar esas decisiones por todos nosotros.

-Más le vale guardar silencio –le advirtió el camarlengo transformando su tono de voz-, o podrían aparecer noticias sobre usted en su comunidad. Ya sabe que los medios están ansiosos por publicar cualquier cosa que tenga que ver con escándalos de la Iglesia.

-¿Me está amenazando? –preguntó sorprendido e indignado el otro cardenal-. ¿A eso ha llegado?

-Haré lo que crea necesario por el bien de la Iglesia. Le ruego que guarde silencio sobre este tema hasta que la Santa Sede haga público su comunicado.

-Como usted quiera… camarlengo, pero no pienso seguir formando parte de esta reunión -dijo a modo de respuesta y acto seguido su monitor se apagó.

No fue el único que se apagó dado que varios más lo hicieron, y junto a ellos varios cardenales se pusieron en píe y dejaron la sala visiblemente molestos y contrariados.

-Bien –dijo triunfalmente el camarlengo-, creo que es hora de hablar de lo que tenemos que hacer para salvar a esta sociedad.

Jornada 8. El fin de los días IV (XIX). Ello


El camarlengo pareció molestarse con ese último comentario de su hermano.

-¿Debo recordarle que esos indígenas sacrificaban vidas humanas a sus dioses paganos? –empezó a responder el cardenal Filippi-. Gracias a nosotros cambiaron sus costumbres paganas y asesinas.

-Gracias a nosotros murieron a millones –señaló el otro cardenal-. Aniquilamos civilizaciones sin querer entenderlas, no tratamos de conocerlas, de aprender de ellas. Usamos la fuerza para imponer nuestra fe sobre la suya. Y ahora vamos a hacer lo mismo.

-Se equivoca –dijo el camarlengo- Vamos a avisar al mundo entero de lo que se avecina, simplemente quiero que ciertas personas estén informadas con anterioridad para darles tiempo antes de que la sociedad se colapse.

-Ahora decidimos quién vive y quién muere –adujo el otro cardenal de nuevo que parecía llevar la voz cantante de los disidentes-. ¿Qué hicimos con la Inquisición? También decidimos quién vivía y quién moría en base a disputas por tierras, nos vendimos al mejor postor… Y la Iglesia no se ha recuperado todavía de todas esas acciones de las que tampoco hemos mostrado demasiado arrepentimiento y ya estamos de nuevo con otro de nuestros juegos, ¿es que no hemos aprendido de nuestros errores? ¿Vamos a seguir tropezando con la misma piedra una y otra vez?

-¿Entonces por qué Dios nos ha mandado esta señal? –preguntó el camarlengo-. ¿Por qué ha resucitado el Santo Padre?

-Tal vez para darnos la oportunidad de redimirnos. De hacer lo correcto –respondió el otro cardenal-. De demostrar a la sociedad que hemos cambiado. Que tratamos a todos del mismo modo y que aprendemos de nuestros errores.

-Oh, pero aprenderemos de nuestros errores –señaló el camarlengo-, estas acciones no serán públicas, sino privadas. Nadie sabrá nada de nuestra implicación. Pediremos que nuestra intervención se mantenga en secreto.

-Secretismos –dijo el otro cardenal-. Eso hemos aprendido. A conspirar en las sombras como las comadrejas o las ratas. ¿No veis hermanos que esta oportunidad no es para conseguir el poder sino para salvar el alma de la Iglesia? Si aceptamos la idea del camarlengo estaremos vendiéndole el alma al diablo. Tenemos la oportunidad de comenzar de nuevo. De demostrar que podemos ser mejores. Sin recurrir a conspiraciones secretas.

-La Iglesia debe cambiar con los tiempos –dijo el camarlengo- No podemos ayudar a la sociedad si no podemos llegar a ella. Con este movimiento nos aseguramos el agradecimiento de los poderosos. Y su ayuda en el futuro para dar a conocer el mensaje de Dios. Los que mueran serán recordados por su sacrificio para obtener una Iglesia más fuerte que podrá afrontar nuevos retos en el futuro.
>>Estaremos en posición para asegurarnos de decidir qué es lo mejor para la sociedad. Las iglesias se volverán a llenar de feligreses queriendo escuchar lo que tenemos que decir. La palabra de Dios será escuchada en todo el mundo y la gente estará deseosa de ello. Podremos finalmente tener una sola religión en todo el planeta. Demostraremos ser los más fuertes. Los únicos que vimos llegar lo que se avecinaba porque nuestro Dios nos advirtió. El resto de religiones desaparecerán al demostrarse que servían a falsos dioses.

-Y, a cambio, sólo tendremos que vender el alma de la Iglesia al Diablo –repitió el otro cardenal.

Jornada 8. El fin de los días IV (XVIII). Ello


El camarlengo hizo una pausa y se volvió a aclarar la garganta.

-Debemos salvar a nuestros máximos benefactores. A la gente que, cuando esta plaga pase, ayudará a la sociedad a recuperarse. La construirá de nuevo, y estarán en deuda con nosotros. Volveremos a ser consultados y tenidos en cuenta. Los supervivientes nos tomarán en serio y viviremos una época dorada de la fe cristiana.

Uno de los cardenales le interrumpió.

-¿Qué quiere decir con que debemos salvar a nuestros máximos benefactores?

-Estoy hablando de los católicos con poder dentro de la sociedad. Gente que tiene dinero, medios y contactos. El tipo de gente que creará trabajo de nuevo, que re-construirá los edificios caídos, que ostentará el poder en el futuro.

-¿Y qué hay de la gente de a pie sin ese poder? –interrumpió un cardenal desde uno de los monitores- ¿Debemos dejarles morir?

-Estoy diciendo que debemos avisar primero a nuestros contribuyentes más fuertes. La gente que nos estará agradecida cuando vean que les hemos salvado las vidas. El resto… si son dignos, Dios les ayudará.

-Eso es intolerable –replicó el mismo cardenal del monitor-. ¿Hemos de vendernos a los ricos y poderosos? ¿Nos queremos convertir en los mercaderes del templo que fueron expulsados por Jesucristo? ¿Vendiendo nuestros servicios al mejor postor?

El camarlengo asintió comprensiblemente.

-Entiendo sus reticencias, pero debemos ser pragmáticos en este asunto. ¿Quién nos beneficia más que sobreviva? ¿La beata de ochenta años que viene todos los días a la iglesia o el constructor que dona parte de sus bienes y ayuda a arreglar iglesias?

Los murmullos crecieron hasta convertirse en discusiones por grupos. El cardenal Filippi se quedó en silencio esperando a que el clima se calmara.

-Por favor hermanos, calma. Entiendo que esta decisión es complicada. Pero hagamos lo que hagamos y decidamos lo que decidamos la plaga ya está aquí. Se trata de conseguir que la fe cristiana sobreviva.

-Usted habla de traicionar nuestra fe. De aliarnos con los poderosos y olvidarnos de los pobres –adujo desde el monitor uno de los cardenales-. Y todo por un trozo de poder. Es por cosas así que tenemos tan mala imagen.

-Tenemos mala imagen porque hemos dejado que nos pisoteen –replico el camarlengo-, una y otra vez nos hemos dejado pisotear porque éramos débiles. Ahora se nos ha presentado la oportunidad de decir ‘Nunca Más’.

-Eso es una blasfemia –continuó hablando desde uno de los monitores el otro cardenal-. ¿No hemos aprendido nada del pasado? La gente ha matado en nuestro nombre y nos ha usado de excusa para sus cruzadas. Y siempre hemos acabado pagando nosotros. ¿Es que nos hemos olvidado de las matanzas de indígenas en nombre de la FE en las Indias Orientales? ¿Y las Cruzadas? ¿Nos hemos olvidado de los juegos políticos realizados por cardenales como Richelieu? ¿O debo recordarles la Santa Inquisición? Todo siempre en nombre de la FE.

Jornada 8. El fin de los días IV (XVII). Ello


Los monitores desde los que se comunicaban los cardenales que no se encontraban en la Santa Sede se habían repartido en un semicírculo, apilados casi como si fueran un triángulo. Podían ver y escuchar lo que estaba pasando e intervenir de considerarlo necesario.

Poco a poco los cardenales fueron tomando asiento en los lugares que se había habilitado. Se trataba de una sala destinada y preparada para dar conferencias y tenía el suelo inclinado hacia abajo con un estrado desde el que hablaba el ponente.

El camarlengo aguardó en silencio encima de la tarima esperando a que los murmullos cesaran. Una cámara le seguía y permitía a los que no estaban ahí presentes físicamente poder verle. Otras cámaras se encargarían de enfocar a los cardenales presentes cuando tomaran la palabra.

Se aclaró la garganta y dio comienzo a la reunión.

-Queridos hermanos, estamos aquí reunidos para decidir el futuro de nuestra religión. Se avecinan tiempos oscuros y es nuestro deber preservar nuestra fe.
>>El Santo Padre ha regresado de entre los muertos. Pero no ha regresado su alma. Es un aviso de lo que nos espera en el futuro. A lo largo del mundo los muertos se están alzando y no podemos hacer nada para impedirlo. Debemos tomar medidas para conseguir que nuestra fe y nuestros feligreses sobrevivan a la plaga que Dios ha lanzado a este planeta como castigo por su desidia.

Los cardenales parecían mostrarse algo incómodos con el discurso catastrofista que estaban escuchando.

-¿Qué pruebas tiene de esta… plaga camarlengo? ¿Y qué quiere decir con que el Santo Padre ha regresado sin alma?

-Desde el primer momento el Santo Padre ha mostrado una violencia inédita en él, además no da muestras de vida… médica. No respira, su corazón no funciona, su… olor corporal es nauseabundo, como el de un muerto… hice llamar al padre Xavier, que como todos sabrán tiene ideas algo radicales sobre el futuro de nuestra Iglesia, pero está versado en la ciencia moderna, y parece que en África ya han tenido lugar sucesos semejantes, muertos que vuelven a la vida. Parece una locura, pero el Santo Padre no parece estar vivo, ni albergar inteligencia alguna.
>> Además, hace unas horas me he reunido con el presidente de la República que me ha confirmado que ya han comenzado a suceder casos parecidos a lo largo y ancho del país.

Los murmullos se incrementaron al escuchar los cardenales sobre la reunión.

-Pero, seguramente, las fuerzas de seguridad italianas podrán luchar contra el problema, estamos hablando de ¿unas decenas de muertos? No parece que sea muy complicado acabar con ellos.

Varios cardenales asintieron al escuchar la opinión de su hermano.

-Me temo que no es tan sencillo. Al parecer estos muertos vivientes tienen la habilidad de convertir a los vivos en seres como ellos mordiéndoles o matándoles. Son extremadamente violentos y no se les mata con métodos normales. Si se trata de quemarles seguirán avanzando hasta que se conviertan en cenizas, las balas no les hacen nada salvo que se les dispare a la cabeza… me he estado informando al respecto.

-Entonces, ¿Qué propone? –preguntó uno de los cardenales.

Jornada 8. El fin de los días IV (XVI). Ello


Mientras en la Santa Sede la actividad era frenética, en el despacho del camarlengo las cosas se habían tranquilizado un poco. Habían comenzado los preparativos para el ¿asedio? Se estaban preparando distintas zonas del Vaticano para poder criar animales como pollos y gallinas, vacas y cerdos, y cultivar fruta y verdura. Y diversas zonas se habían reservado para posibles refugiados. Y para los soldados, por supuesto. Sería un arca de Noé moderna. Era posible que incluso se tuviera que añadir un capítulo a la Biblia narrando los sucesos que estaban ocurriendo.

El cardenal Filippi acababa de terminar el comunicado que iba a leer ante la prensa internacional con los motivos por los que había regresado el Santo Padre, anunciar el Apocalipsis. Y ahora se encontraba preparando la reunión que debía tener con el resto de cardenales. Era una reunión importante, aunque… lo cierto es que sus planes se habían puesto en marcha, y la confirmación del apoyo del resto de cardenales era un mero formalismo. Ya nada podía parar la bola de nieve que había puesto en marcha. Para bien o para mal.

De vez en cuando pensaba en el padre Xavier. ¿Sería un peligro para sus planes? Le había pedido ayuda al Presidente de la República para capturarle. La excusa que darían a las fuerzas de seguridad era sencilla, se trataba de un estafador que se hacía pasar por sacerdote para sacar dinero a sus víctimas. Una vez fuera capturado sería entregado a la Santa Sede.

Debía tener cuidado también con lo que diría en la reunión con los cardenales. No podía mostrarse poderoso, sino humilde, dar muestra de que hablaba en nombre del Señor y que todo era parte de los planes divinos. Sabía que habría cardenales que se opondrían a sus planes. La Iglesia no estaba precisamente exenta de luchas de poder. Pero más o menos tenía una lista mental de quienes le apoyarían, quienes estarían en contra de sus planes y quienes tendrían dudas hasta el último momento. Era a ellos a los que debía dirigir su mensaje. Señalar coherentemente la necesidad de llevarlo a cabo.

Su ayudante le trajo comida. No recordaba la última vez que había comido o dormido, aparte de los aperitivos de la reunión anterior. Su cuerpo se estaba alimentando de la adrenalina del momento. Reviso sus notas mientras comía. Parecía que todo estaba en orden.

Miró el reloj. Todavía quedaban unas horas para la reunión. Decidió tumbarse en el sillón para descansar un rato y recuperar fuerzas. Indicó a su ayudante que le avisara media hora antes de la reunión. Creía que no podría dormir. Pero en cuanto se tumbó perdió el sentido.

Unas horas después se había aseado y se dirigía hacia la sala de reuniones que se había habilitado para poder tener a todos los cardenales en el mismo sitio. Tanto físicamente como por comunicación vía televisión. Nada más entrar todas las miradas se dirigieron hacia él. Había expectación ante lo que tenía que anunciar. Y era natural. No todos los días se daba a conocer los planes para una nueva cruzada.

Jornada 8. El fin de los días IV (XV). Ello


¿Cómo? –El presidente de la República no podía ocultar su sorpresa ante la petición que le acababa de hacer el camarlengo-. Creía que simplemente querría venir con nosotros.

El camarlengo se puso en pie.

-Por supuesto que no, no sea ridículo –dijo sonriendo amablemente-. Como sabrá la ciudad del Vaticano es casi una fortaleza. ¿Aguantar contra un ejército? Por supuesto que no podríamos resistir. Pero contra… zombies, nuestras murallas son lo suficientemente altas. Nuestras puertas lo suficientemente macizas. Aguantaríamos sin problemas.

-¿Quiere quedarse y defender la ciudad del Vaticano? –dijo el político más sorprendido todavía-. Eso es una locura.

Por supuesto que no –dijo con una sonrisa condescendiente el camarlengo-. He estado hablando con el jefe de seguridad. No tenemos suficientes Guardias Suizos para defender y patrullar toda la ciudad por eso necesitamos más efectivos. Para proteger la Santa Sede.

-¿Y qué quiere conseguir con eso?

-Vamos a ser el faro de la fe en la Tierra en sus tiempos más oscuros. Seremos un refugio. Un sitio de esperanza. Y cuando todo esto acabe… todo el mundo recordará que resistimos en los momentos más difíciles. Saldremos reforzados.

El político se quedó en silencio. Pensativo. No sabía si estaba delante de un genio o de un loco. Aunque… podía ver lo que estaba buscando el camarlengo. Y si le salía bien… acumularía un poder que no había tenido la Iglesia… nunca. Era cierto que antes la Iglesia había tenido poder… pero no al nivel mundial que ansiaba el religioso… y que podía obtener.

-¿Qué obtendré yo a cambio? –preguntó el político. Desde luego, no sería un problema destinar tropas a la ciudad del Vaticano, seguramente incluso tendría voluntarios suficientes, pero si el plan tenía éxito quería obtener una parte de ese éxito.

-El apoyo de la Iglesia cuando la sociedad se recupere. Tiene mi palabra.

El apoyo de la Iglesia… sabía que eso ahora no era realmente mucho, pero en el futuro… si el plan que parecía tener el camarlengo tenía éxito él estaría del lado de los ganadores. Lo que no le gustaba era pensar que sería el perro faldero de la Iglesia, pero si no le gustaba siempre podía dejarlo. Y aunque no tuviera éxito, siempre quedaría en el recuerdo el apoyo que iba a prestar al Vaticano. Era algo a tener en cuenta.

Guardó silencio durante unos minutos. Tenía clara su decisión. Pero no era cuestión de parecer ansioso o impaciente. Había jugado el suficiente tiempo en el juego de la política para saber que un silencio a veces era tan importante como un discurso. Y tampoco se quería hacer de rogar. Seguramente el camarlengo tendría algún plan alternativo.

-¿Podré disponer de los soldados sin problemas si los necesito? –preguntó el presidente-. Quiero decir, para que me manden informes, exploren las zonas, y cuando llegue el momento recuperen la ciudad.

-Por supuesto –respondió el camarlengo-, seguirán estando bajo sus órdenes finales. Sólo le pido que los ponga bajo las órdenes del jefe de la Guardia Suiza, y le prometo que éste obedecerá todas sus órdenes sin discusión alguna. Siempre que no implique poner en peligro esta Santa Sede.

-Entonces creo que tenemos un trato –dijo el presidente de la República poniéndose en píe y dándole la mano al camarlengo en señal de que acababan de cerrar un negocio beneficioso para ambos.

Jornada 8. El fin de los días IV (XIV). Ello


Antes de continuar con su conversación el camarlengo había considerado oportuno mandar traer algo para comer y beber. El presidente de la República se encontraba bastante nervioso y a lo mejor eso ayudaría a que se relajara un poco.

Dejó que el político bebiera algo antes de continuar con su conversación. Lo cierto es que lo que había dicho antes era cierto. No se habían llevado precisamente bien y se habían cruzado declaraciones a través de la prensa, todo debido a la política que se estaba desarrollando en el país y que no era lo restrictiva que esperaba la Iglesia. Incluso el Papa había llegado a intervenir para que ambos se calmaran y trataran de suavizar sus declaraciones, dado que esa situación de enfrentamiento no beneficiaba a nadie.

-Bien –dijo el político dejando a un lado el plato con viandas que había estado probando-, ¿qué quiere proponerme?

-Antes de continuar permítame una pregunta. ¿Cree que estas criaturas son una amenaza real o que pueden ser controladas?

-Por los informes que he leído y lo que me han contado mis consejeros… podemos resistir pero al final perderemos. ¿Disparar a los muertos? ¿A civiles? ¿A tu propia familia? ¿Cómo vamos a luchar contra algo así? Ni declarando la ley marcial podremos controlar esta… plaga.

-Entonces supondré que tiene un plan de contingencia para que el gobierno italiano se salve y pueda volver a hacerse con las riendas del país en algún momento futuro.

El político asintió lentamente.

-Tal vez una isla como Córcega, una isla pequeña, fácil de controlar y defender pero que a la vez pueda servir como base para las tropas italianas.

El político asintió nuevamente.

-La idea es situar a las tropas en Córcega y a la cúpula política en la isla de Elba –sonrió pensando en la ironía de que esa isla fue gobernada una vez por Napoleón.

El camarlengo iba asintiendo con la cabeza tras cada explicación del político.

-Tal vez pueda ayudarle en su transición. Como supondrá con el apoyo de la Iglesia, y más en esas pequeñas poblaciones los nativos les recibirán con los brazos abiertos y no tendrán problemas con los muertos vivientes.

El político puso cara de curiosidad ante la proposición del religioso.

-Como puede imaginarse la influencia de la Iglesia en las localidades más pequeñas y alejadas del continente es mayor que aquí… por lo que no sería un problema preparar a la población contra la plaga que se avecina. Informarles que en caso de producirse una muerte en alguna localidad lo que habría que hacer sería quemar el cuerpo en vez de enterrarlo.

-¿Y qué quiere a cambio?

-Nada complicado. Que me ceda el control de una mínima parte de su ejército. Algunos tanques y helicópteros y soldados para defender la ciudad del Vaticano.

Jornada 8. El fin de los días IV (XIII). Ello


El presidente de la República parecía estar incómodo sentado en el sillón al lado del camarlengo. No paraba de re-ajustar su posición. Ese comportamiento llamó la atención del cardenal, aunque supuso que era debido a los nervios del momento.

-¿Sucede algo? –Le preguntó finalmente. Tal vez el problema era más terrenal y menos mental.

-No –negó con la cabeza el político-, bueno… perdone que le interrumpa, ¿es cierto lo que se dice sobre el Papa? ¿Ha… resucitado realmente?

El camarlengo miró con curiosidad a su acompañante. Bueno, era natural la curiosidad de la gente sobre… el milagro. Tenía que ser condescendiente. Al fin y al cabo lo que tenía que hablar con él era de vital importancia.

-Así es –respondió-. Ahora se encuentra descansando en sus aposentos. Como puede imaginarse ha sido una sorpresa para todos nosotros.

-Entiendo –dijo lentamente el político-. Perdone que le pregunte pero… ¿se ha mostrado… bueno… violento desde que… bueno… volvió a la vida? ¿Ha intentando atacar a alguien?

La curiosidad se apoderó del religioso. Esas preguntas… no parecían ser tanto curiosidad como… un interrogatorio… podría ser que… Sonrió, parecía que Dios seguía ayudándole en el camino que tenía marcado.

-¿Sabe? Creo que ambos sabemos lo que está pasando –dijo el camarlengo-, y yo que no sabía cómo sacar el tema. ¿Desde cuándo sabe de la existencia de…. este tipo de sucesos?

EL político se volvió a remover nervioso en el sillón. Y tosió levemente.

-¿Entonces sabe… en lo que realmente se ha convertido el Papa?

-Mucho me temo que sí. No me malinterprete, honestamente creía posible que fuera un milagro, pero mi deber era estudiar el asunto de forma aséptica y honesta. Y las pruebas han sido irrefutables. Esa criatura no es el Santo Padre. No creo que ni tenga alma. ¿Desde cuándo sabe de la existencia de las mismas?

-Al principio eran sólo rumores –comenzó a explicarle el político-, gente desaparecida en las montañas o en los bosques que salían de los mismos… con un comportamiento violento y que eran casi imposibles de matar. Obviamente no fui informado de esos sucesos dado que eran aislados y nadie los conectó.
>>Hasta que una riada removió la tierra de un pueblo y desenterró los ataúdes del cementerio. Y los muertos se alzaron de sus tumbas y atacaron a los habitantes y a los servicios de emergencia desplazados. Los carabinieri tuvieron que pedir ayuda al ejército. Había una unidad de montaña de entrenamiento en las cercanías y entre todos pudieron acabar con la amenaza. Fue entonces cuando me informaron. De eso hace una semana.

El camarlengo asintió. Así que fuera lo que fuera lo que estaba pasando iba más rápido de lo que él había anticipado.

-Entonces, le será más fácil aceptar el plan que le voy a exponer a continuación.

Jornada 8. El fin de los días IV (XII). Ello


Alguien toco en la puerta del despacho del camarlengo. Éste alzó la cabeza para ver quién era. Su ayudante entró andando a diferencia de la última vez que había entrado. Al menos parecía que esta vez no traía más problemas con su presencia.

-Ha llegado el presidente de la República eminencia.

Su ayudante hizo una pausa pero parecía no haber acabado. El camarlengo le miró inquisitivo esperando que continuara. Al no hacerlo decidió ser más directo.

-¿Algo más?

-Bueno –su ayudante dudó una vez más-, un mensaje de la escolta que acompañaba al padre Xavier.

El camarlengo sabía lo que vendría a continuación. Le comunicarían que el padre Xavier habría tenido un accidente y habría fallecido. Se preparó para poner su cara más afligida. No podía evitar tratar de adivinar qué le podría haber sucedido. Esperaba que hubiera sido algo rápido y que no hubiera sufrido. No disfrutaba pensando en el dolor que pudiera haber sufrido.

-Al parecer el padre Xavier ha desaparecido.

El cardenal Filippi miró con curiosidad a su ayudante ante la elección de palabras. Luego pensó que a lo mejor no hablaba figurativamente si no que realmente había desaparecido. Tal vez fuera mejor así. Sin cadáver, sin investigación alguna. Muy inteligente. Una desaparición que con los días que se avecinaban no se notaría y por la que nadie preguntaría y acabaría cayendo en el olvido.

-¿Desaparecido? –preguntó finalmente a su ayudante haciéndose el despistado.

-Sí. –respondió su ayudante-. La escolta me pidió que le dijera eso y también que no había podido cumplir con su petición. Me pidió que usara estas mismas palabras.

La cara del camarlengo cambió a un rictus de alguien al que habían pillado haciendo algo malo. Dándose cuenta de ello corrigió su rostro que volvió a mostrar simplemente la tensión de esos momentos.

-De acuerdo. Haga pasar al presidente inmediatamente.

El ayudante inclinó levemente la cabeza y se retiró. El camarlengo se recostó en su sillón y sonrió. El padre Xavier siempre había sido un dolor de cabeza y parecía que el destino quería que así siguiera siendo. Bueno, daba igual. No era ningún problema. Seguramente acabaría muerto por algún rincón a manos de esas criaturas que iban a caminar sobre la tierra.

La puerta volvió a abrirse y el presidente de Italia entró en el despacho del camarlengo. El religioso se levantó y rodeó el escritorio para ir a su encuentro a recibirle. Cuando llegó a su altura el político cumplió con el ritual de besar el anillo del cardenal.

-Eminencia. Gracias por concederme esta audiencia. Sé que, como decimos nosotros, tiene el plato lleno. Y no hemos sido precisamente amigos en nuestros cargos.

El cardenal señaló un sillón que había en el despacho y le indicó que se sentará. Ambos se acomodaron en el mismo.

-No es ningún problema. Es cierto que en el pasado no ha sido usted todo lo católico que debería. Pero perdonar es uno de nuestros lemas –luego hizo una pequeña pausa- Presidente… tenemos que hablar.

Jornada 8. El fin de los días IV (XI). Ello


Una vez había hablado con los cardenales en su despacho el camarlengo les dejó marchar para que hablaran con el resto de miembros del colegio cardenalicio. Ciertamente la idea que proponía era… poco habitual, pero los caminos del señor siempre habían sido misteriosos. Y ahora se avecinaba un Apocalipsis o una nueva plaga.

Mientras esperaba a su reunión con el presidente de la república sopesó los distintos pros y contras de su plan y comenzó a hacer preparativos. Necesitaba convencer al colegio cardenalicio de que su plan era viable y no iba en contra de las escrituras. Y de que era el único posible si querían que la fe cristiana sobreviviera. La reunión con sus semejantes era de vital importancia, necesitaba su apoyo, y sus contactos, debía convencerles.

Miró de reojo un pequeño monitor donde se mostraba el dormitorio del Papa. No sabía si llorar o regocijarse viendo a esa criatura. La confirmación por parte del padre Xavier de lo que era y de lo que representaba había sido realmente un mazazo, pero gracias a sus años al servicio de la Iglesia había conseguido mantenerse sereno y hacer creer al padre Xavier que su revelación no había sido tal. Eso también había implicado el destino final del sacerdote. No podía dejar que alguien con el conocimiento que él tenía siguiera hablando por el mundo… podría revelar que la Iglesia tenía información vital para la supervivencia de la raza humana y no la había revelado… correctamente. Sonrió. Tenía en mente el discurso que tendría que hacer delante de las cámaras anunciando el motivo de la resurrección del Santo Padre. Iba a anunciar el Apocalipsis.

Pero antes tendría que avisar a la gente adecuada. Darles una ventaja. Sabía que el mundo se reiría de él y de su religión cuando diera la señal de alarma. Y sabía, que cuando todo se acabara, porque se acabaría, el mundo recordaría que fue el Dios cristiano el que avisó a la sociedad de lo que se les venía encima. No Mahoma, ni Buda, ni ningún otro falso Dios. No, el único y verdadero Dios se había comunicado con la Iglesia en su momento de más necesidad. Eso sería lo que recordaría el mundo. Y las iglesias se volverían a llenar, y ellos volverían a tener en sus manos el destino de la sociedad. Como siempre había tenido que ser.

Un único Dios. Una única Iglesia. Y un inmortal Santo Padre que revelaría los designios del Señor cuando fuera conveniente. ¿Y quién no creería en la palabra de alguien que había resucitado y decía hablar en nombre de Dios?

Se recostó en su sillón. En el horizonte veía aparecer una tormenta. Pero más allá, cuando ésta hubiera pasado… podrían construir por fin un mundo perfecto. Sin todas esas criaturas blasfemas caminando por el suelo que había creado Dios. Sí, un mundo en el que el hombre no se acostaría con el hombre, la mujer no yacería con la mujer, los médicos no matarían cual Herodes a niños no-natos, los cardenales volverían a ser la mano derecha de los gobernantes y el orden natural de las cosas volvería a estar sobre la faz de la Tierra.

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