Jornada 4: Henry, el ingeniero industrial (X) Por JD


Henry despertó en la sala de interrogatorios de la policía. No sabía el tiempo que había pasado desde la muerte de Sarah. Ni tenía un recuerdo claro de lo que había sucedido después de que su mente se desconectara. Seguramente había contado a la policía lo que había pasado. O eso esperaba. No lo recordaba.

Se abrió la puerta y entró un detective. O eso parecía, dado que no llevaba uniforme. Hizo el típico ritual de dejar una carpeta con papeles, luego su vaso de plástico con algo humeante, y se sentó enfrente de Henry
-Bueno -dijo mientras hacía como que estudiaba los papeles dentro de la carpeta-, parece que las versiones de todo el mundo coinciden, y los forenses confirman lo que usted nos ha contado sobre los golpes a los muertos, aunque después de ver el estado de los cadáveres… parece que se sobrepasó un poco, cuatro disparos a uno y dos al otro, en ambos casos volándoles los sesos… no es que no le entienda, después de ver lo que hicieron con su amiga..

-Ya le expliqué -o eso esperaba Henry- que primero intenté razonar con ellos, luego simplemente dejarles inconscientes golpeándoles con la culata de mi arma, pero nada de eso funcionó y me atacaron, temí por mi vida y disparé al pecho de ambos, pero debían llevar chaleco antibalas e ir drogados hasta las cejas porque ni los golpes ni los disparos les hicieron efecto. No me quedó más remedio que dispararles a la cabeza.

-Podría haber disparado a las rodillas -señaló el policía-, aunque si le digo la verdad, ni yo creo que hubiera pensado en ello. De todas maneras, encontramos bolas de plástico por el suelo, tengo entendido que las usan ustedes para… sus juegos.

-Sí, bolas de 0,20 gramos de plástico ecológico -respondió Henry-. En realidad un disparo a bocajarro puede causar lesiones, no excesivamente graves, a cierta distancia te causa un gran picor, por eso además vamos equipados completamente, casco, rodilleras, coderas, máscaras o gafas para el rostro… Bueno, ya lo habrá visto, el equipo completo.

-Aja -respondió el policía revisando sus notas.

-¿Pero? -preguntó Henry al notar el silencio del policía.

-Los forenses tienen un problema con la hora de la muerte -respondió el policía revisando sus notas-. Según parece su compañera, Sarah, murió más o menos cuando ustedes dicen. Pero la hora de la muerte de los guardas de seguridad -miró a Henry que parecía sorprendido-, sí, eran los encargados de cuidar de ese sitio, bueno, resulta que el forense sitúa la muerte de uno unas ocho horas de sus testimonios y el otro unas dieciséis horas.

-Eso es imposible -respondió Henry que no entendía nada.
-De hecho tiene razón -dijo el policía-. Al parecer los restos que había en su máscara eran… frescos, y en el estomago de los muertos hemos encontrado… bueno… ya se lo puede imaginar. Así que suponemos que es un error de los forenses. Científicos, ya sabe… De todas maneras, aunque no le consideramos sospechoso, nos gustaría que no saliera de la ciudad. Aparte de eso, si tenemos más preguntas le avisaremos, o si usted recuerda algo…

Henry se levantó, dio la mano al policía y se dejó acompañar a su casa. Sólo quería darse una ducha, y tirarse en la cama. A lo mejor todo esto era una pesadilla y cuando despertara nada de esto habría sucedido.

Jornada 4: Henry, el ingeniero industrial (IX) Por JD


Henry apuntó y disparó tres veces al pecho, dos a la parte superior y una a la parte inferior, tal y como le habían enseñado en el ejercito. Tampoco pareció afectarle los disparos, le pararon en seco un segundo, pero continuó su marcha, apuntó a la cabeza y disparó de nuevo. El segundo atacante se quedó quieto, cayó sobre sus rodillas y luego sobre su pecho.

Parecía que todo se había acabado. Por fin. A lo lejos escuchaba el sonido de las sirenas de la policía y también podía escuchar a alguno de sus compañeros vomitando fuera de la habitación tras ver el baño de sangre que había alrededor de Henry.

Éste notaba cómo su cerebro quería desconectar. Estaba entrando en shock. Y recordó lo que uno de sus instructores le había dicho una vez, “La mente es un instrumento extraordinario, cuando lo necesita te pide desconectar, si estás en peligro puedes negarte a esa desconexión, y seguir luchando por tu vida, pero si ves que tu vida ya no corre peligro, déjate ir. Tu mente no se deja por vicio”. Siguió el consejo y todo a su alrededor dejó de existir.

Jornada 4: Henry, el ingeniero industrial (VIII) Por JD


El cuerpo de Henry actuó de forma automática, con las palmas abiertas hizo un movimiento para introducir sus brazos dentro del hueco de los brazos de su atacante y con fuerza golpeó los brazos del mismo para romper su presa; a continuación le golpeó en el pecho esperando dejarle sin respiración unos segundos. Consiguió soltarse, y su atacante dio unos pasos hacia atrás debido a la fuerza del golpe, pero no pareció afectado por el mismo.

Henry volvió a agarrar su arma y le lanzó un duro golpe a la cabeza, abriéndole una brecha que comenzó a sangrar, pero que pareció seguir sin hacerle efecto. Lo primero que pensó en ese momento fue que seguramente el tío debía ir hasta arriba de droga, dado que era lo único que explicaba que no reaccionara ante la cantidad de daño que le había ocasionado y hasta aquel momento.

Volvió a levantar su arma para golpearle pero se encontró con la desagradable sorpresa de resbalar por culpa de la sangre que había en el suelo; de repente se encontraba en el suelo, dolorido por el golpe y con el drogadicto que se le había lanzado encima de nuevo y esta vez parecía que no tenía manera de escapar. Fue entonces cuando se fijó en la cintura de su atacante. Llevaba un arma en un cinto. Sin pensárselo dos veces, mientras trataba de defenderse de los mordiscos que le intentaba dar cual perro rabioso intentó hacerse con el arma.

Era complicado dado que tenía que parar las embestidas de su atacante con un brazo, y parecía que por ahora, gracias a las coderas que llevaba lo estaba consiguiendo, y con el otro tratar de alcanzar el arma. Tras unos minutos de intensa lucha consiguió hacerse con la misma. Sin tiempo para pensar buscó con los dedos a tientas el seguro, lo quitó, puso el arma entre él y su atacante y disparó una vez.

Para su sorpresa el atacante no paró ni pareció ser afectado por el disparo.
-Un maldito chaleco antibalas -pensó Henry, cuya pragmática mente intentaba explicar todo cuando estaba sucediendo, para a continuación sustituir su codera en la boca de su atacante por el cañón de la pistola, introduciéndola hasta el fondo y, sin pensárselo dos veces, apretar el gatillo. En un segundo la máscara que llevaba se llenó de sangre y vísceras.

El disparo a la cabeza pareció tener su efecto y dejar sin vida a su atacante. Se lo quitó de encima justo a tiempo para ver que el sonido de los disparos había llamado la atención a su compañero que había dejado caer la cabeza de Sarah y se dirigía hacia él, con las manos goteando sangre y la boca con restos de la cabeza de Sarah.

Jornada 4: Henry, el ingeniero industrial (VII) Por JD


Ninguno pareció haberle escuchado, apuntó su arma de airsoft a la primera figura y disparó una ráfaga al hombro. No pareció ni inmutarse. Disparó otra ráfaga al brazo. Seguía sin reaccionar. Disparó una tercera ráfaga a la cara. No consiguió ninguna reacción. Era algo que no podía pasar. Él había recibido por accidente una de las bolas de plástico en su pómulo hacía tiempo y el dolor que había sufrido había sido muy intenso, habiéndole incluso dejado una buena marca durante un tiempo. Pero ahí estaba aquella figura que parecía no inmutarse. Henry encendió el láser dirigiéndolo directamente a uno de los ojos del caníbal. Eso pareció llamarle la atención y levantó la cabeza para mirarle. Tenía la boca llena de sangre, la mirada como perdida, y le colgaba un trozo de piel entre los dientes. Pareció gruñir algo y se puso de píe. Henry le disparó al pecho sin obtener ningún resultado. Volvió a apuntar, cansado definitivamente de todo aquello, y esta vez le disparó al ojo. Acertó de lleno y estaba seguro de que se lo había reventado. Pero la figura no pareció inmutarse y siguió avanzando hacia él emitiendo una especie de sonido gutural.

Al ver que las bolas no le hacían nada Henry desplegó la culata. Los modelos que usaban eran reproducciones completamente fieles a las de verdad, mismos materiales, mismos acabados y mismo peso; no eran precisamente baratos. Cuando el atacante estuvo a la distancia adecuada le descargó un culatazo en la barriga sin apreciar reacción alguna por su parte. Éste había comenzado a levantar los brazos para agarrar a Henry que reaccionó usando el golpe que nunca fallaba, alzó su pierna con violencia golpeando con toda su fuerza la entrepierna de su atacante que se alzó unos centímetros del suelo del tremendo golpe… pero aparte de esa reacción no consiguió nada salvo notar cómo unas manos le agarraban los brazos y le empezaban a atraer hacia una boca que no paraba de gotear sangre.

Jornada 4: Henry, el ingeniero industrial (VI) Por JD


La ventana volvió a cerrarse dejando en semipenumbra la habitación. Henry orientó el haz de su linterna hacia la zona donde había visto el cadáver sin cabeza. Ahí seguía. Una de las dos figuras estaba a un lado del cuerpo de Sarah y parecía oler el brazo de ésta. Cuando la iluminó mejor vio que el brazo estaba medio ¿comido? y que la figura tenía restos de la piel de Sarah en la boca y casi todo el rostro lleno de sangre.

Lo más extraño de todo es que la figura no pareció reaccionar ante la luz. Como si no le importara. Henry, con su mente aún intentando comprender qué estaba pasando siguió pasando el haz de su linterna por el cuerpo de Sarah hasta la otra figura que estaba también arrodillada, pero un poco más alejada. Entonces vio algo que casi le hizo vomitar. La segunda figura tenía entre sus manos la cabeza de Sarah y la estaba mordiendo. Todavía goteaba sangra de la cabeza y pudo ver la cara de terror de Sarah impregnada en lo que debió de ser su último gesto, con los ojos completamente abiertos como si no pudiera creer lo que estaba pasando.

Henry, todavía en el quicio de la puerta activó su walkie:
-¡¡Que alguien llame a la policía!! –exclamó, para luego volver la tención a los posibles asesinos y gritarles- ¡Eh, vosotros, desgraciados hijos de puta, apartaos enseguida de ahí!

Jornada 4: Henry, el ingeniero industrial (V) Por JD


Henry guiaba a su grupo pegados a una pared. Hacían de anzuelo de manera que los del otro equipo se fijaran en ellos y no en los dos grupos que iban por los flancos. Todos vigilaban las ventanas en busca de un signo hostil.

En un cruce, Henry se quedó en el centro del grupo mientras los demás tomaban cada uno un punto cardinal que vigilar. Se mantenían en silencio y sólo se comunicaban por señales. Estudió el mapa buscando posibles puntos para francotiradores y emboscadas; estaban a un par de edificios de uno que dominaba un amplio espacio. Ideal para francotiradores.

Mientras pensaba cómo acercarse escuchó el grito. Era un grito desgarrador, de los que al escucharlo te quitaba un poco de vida. Henry miró a sus compañeros que le devolvieron la mirada igual de confusos. También lo habían escuchado. Henry pulsó su walkie, “Alfa, Charlie, informad, cambio”.

-Alfa correcto.
-Charlie correcto.
Cambió el canal de su walkie, “Equipo dos, equipo uno completo, ¿situación?”

Al principio sólo le llegó estática, luego escuchó de fondo alguien gritando y pidiendo que todos se calmaran, “Equipo uno, Sarah no responde”.
Henry conocía a Sarah. Ejemplar madre de familia durante la semana, eficaz y demoledora francotiradora el fin de semana.
-¿Cuál era su posición? Cambio -preguntó sin perder más tiempo.
-Un edifico en la parrilla Bravo 3, cambio -Henry consultó el mapa y comprobó que era el edifico que le había llamado la situación.

-Estamos a un minuto, equipo uno en ruta -informó Henry mientras se ponía en marcha acompañado del resto y sabiendo que los demás no tardarían en presentarse.

Llegaron enseguida al edificio. Era un edifico de tres plantas. Lleno de ventanas. Comenzó a dar órdenes:
-Vosotros dos rastread la planta baja, vosotros la primera planta, yo la segunda, volvió a activar el walkie, bravo uno entrando.

Las escaleras estaban en un lateral y comenzaron a subirlas. Estaban vagamente iluminadas. La luz de las ventanas no llegaba hasta ahí y debían usar las linternas de sus armas. Henry no sabía lo que podrían encontrarse, pero el grito que había escuchado no parecía augurar nada bueno.

Se separó de sus compañeros en la primera planta y continuó subiendo, nada más llegar escuchó por el walkie cómo el resto de su equipo había llegado:
-Tres para la planta baja, tres para la primera, el resto reuníos conmigo en la segunda planta -ordenó.

No esperó a que los demás llegaran, y comenzó a buscar a Sarah. La planta estaba dividida en diversos despachos, en el centro podía ver una amplia zona que debía ser la recepción. Abrió las puertas con cuidado e iluminando los despachos que estaba a oscuras. No había encontrado nada.

Al pasar la zona de recepción comenzó a escuchar unos leves ruidos, como de ratas caminando… aunque sabía que Sarah no habría pegado ese grito por una rata. Por detrás escuchaba a sus compañeros que habían llegado a la segunda planta, también escuchaba cómo llamaban desde las plantas inferiores a su compañero sin aparente éxito.

Abrió una nueva puerta y entonces su corazón pareció detenerse. Durante un segundo una de las ventanas se había abierto completamente dejando pasar la luz e iluminando una escena aterradora. Dos personas sobre una tercera que parecía haber sido decapitada y que por las ropas parecía ser Sarah. Y todo el suelo lleno de sangre.

Jornada 4: Henry, el ingeniero industrial (IV) Por JD


Henry llegó a la hora indicada a la entrada del complejo industrial abandonado. Era un nuevo escenario para sus batallas de airsoft que habían contratado recientemente. El plan era simular una guerrilla urbana entre dos o más grupos, dependiendo de cómo quedaran cuando todos los demás llegaron.

Saludó a varios conocidos que habían llegado antes que él y ya se estaban equipando y comprobando sus armas. Era un grupo cohesionado que llevaba varios años jugando regularmente. El escenario de hoy era una serie de naves industriales abandonadas y que les habían alquilado por un precio razonable. Henry miró a su alrededor, “¿Alguien ha visto al guardia de seguridad? Me aseguraron que nos estaría esperando en la entrada”.

Carl, uno de los que habían llegado antes que Henry y que se estaba ajustando las rodilleras le respondió:
-No hemos visto a nadie, a lo mejor se ha puesto enfermo, no han encontrado un sustituto y se les ha olvidado avisarnos…

Henry se acercó a las puertas que les separaban del complejo industrial, las empujó levemente y comprobó que estaban abiertas. Extraño, pero a lo mejor Carl tenía razón y sabiendo que no habría nadie la habían dejado entornada para ellos.

Poco a poco fueron llegando el resto de los compañeros de combate hasta llegar a la treintena. El grupo había ido creciendo poco a poco, entre amigos, conocidos de los amigos, y demás. Henry se había permitido invitar a varios compañeros de trabajo. En su empresa existía la política de que todos trabajaban y no había superiores, había personal designado para controlar los grupos de trabajo, dado que eran necesarios para coordinar a la gente, pero aparte de tener más responsabilidades trabajaban codo a codo con los demás, comían juntos, y quedaban socialmente.

Cuando todos se habían pertrechado adecuadamente y comprobado que ninguna de las armas superaba los estándares habituales de velocidad de disparo se pusieron delante de un mapa aéreo del complejo para discutir cómo lo montarían. En un primer momento se tomó la decisión de dividirse en dos grupos, uno de ataque y otro de defensa, y se seleccionó el área de combate.

Sortearon los grupos y pusieron los relojes en hora, el grupo encargado de la defensa del área tendría media hora para prepararse. Asimismo el grupo atacante usaría ese tiempo para diseñar una táctica ganadora.

A Henry le tocó el equipo ofensivo y ser el jefe de su grupo. Sacó una segunda copia de la zona y se puso a hablar con sus compañeros de las tácticas a usar para ganar la partida. Decidieron dividirse en tres grupos de cinco y que cada uno atacaría por un flanco. La alarma del reloj de Henry sonó y miró a sus compañeros. Se dirigió a las puertas que se habían cerrado detrás del otro grupo y las abrió de par en par.

Comenzaba la cacería.

Jornada 4: Henry, el ingeniero industrial (III) Por JD


Henry se sentó encima de una mesa y se puso a observar más detenidamente los diseños. Desde siempre había tenido una especie de ¿don? que le permitía mirar un plano y decir si tenía algún error o no. Era algo extraño, dado que ni él mismo sabía cómo lo hacía, sólo tenía la sensación de que algo de lo que estaba viendo no encajaba. Su cerebro parecía saber qué era pero no podía explicárselo en aquel momento. Cogió una bolsa de patatillas y comenzó a comerlas de manera distraída mientras pasaba la mirada por los distintos diseños, estudiaba las cifras, y los dibujos. El proyecto trataba sobre un motor eléctrico que aprovechara al máximo la energía y además se cargara aprovechando la que producía por el movimiento del vehículo. Los japoneses habían anunciado que en una semana presentarían un prototipo funcional de dicho motor y Henry le había encargado a Ellen que le consiguiera los planos del proyecto.

No era la primera vez que le pedía algo así a su ayudante, que parecía tener amigos o conocidos que le podían conseguir dicha información. Por supuesto obtenerla era considerado espionaje industrial, pero estaba seguro que no había nadie libre de pecado. Además, su política era precisa en ese punto, mientras no te pillen no hay delito.

En un momento determinado su vista se fijó en unas cifras y una zona determinada del diseño, ahí parecía estar parte de la pieza del puzzle. Las cifras que daban no cuadraban con el diseño y los elementos empleados. Veía dónde estaba el problema. Y sonrió. El proyecto japonés funcionaría de cara a la presentación, pero no a largo plazo. Su sistema apenas conseguía aprovechar la mitad de la energía que el vehículo generaba.

Se levantó y se marchó a la reunión con los planos debajo del brazo. Sabía cómo solucionar el problema, cómo mejorar el diseño y quería tener un modelo funcional lo antes posible para probarlo.

Jornada 4: Henry, el ingeniero industrial (II) Por JD


Álgún tiempo atrás

Henry se encontraba en su despacho estudiando los últimos informes de los proyectos que estaban desarrollando. Desde luego no era una de las tareas que más le gustara, pero ser socio de la empresa le obligaba a ensuciarse las manos de vez en cuando con cifras y letras que para nada tenían que ver con lo que a él le gustaba.

Su ayudante entró en el despacho, antiguamente se habrían referido a ella como secretaria, pero hubiera sido un error, era cierto que ejercía tareas comunes, pero también era cierto que era una de las jefas de departamento que le ayudaba a estar al día en todo lo que pasaba; brillante, con algunas ideas interesantes, y que no se mordía la lengua diciendo lo que pensaba. Lo que en la sociedad en la que Henry vivía estaba mal visto, pero que él agradecía.

Le entregó un dispositivo de almacenamiento USB. “Ha costado, pero aquí tienes los diseños de los japoneses,” le dijo sonriendo.

Henry miró el dispositivo y lo conectó a su ordenador:
-Algún día debería preguntarte cómo lo consigues, pero entonces tendría que reconocer que me estás pasando datos obtenidos a través de espionaje informático industrial, y los dos estaríamos en un buen lío, así que… buen trabajo.

La pantalla se iluminó con una gran G en color blanco sobre fondo negro:
-Aunque tu amigo es un poco ostentoso -dijo señalando el anagrama. A continuación accedió a los datos, los imprimió en su impresora de gran tamaño y colgó los diseños en una pared.

Su ayudante no dijo nada, se apartó unos pasos y le dejó espacio para que estudiase los planos mientras paseaba la vista y el cuerpo de un lado para otro de la pared.

Henry se detuvo un instante y señaló los diseños mientras volvía la cabeza para hablar con ella: “Están mal.”

Ellen le miró con curiosidad, no era la primera vez que hacía algo por el estilo, mirar una cosa, superficialmente, y decir que algo no iba bien:
-Y supongo que no me podrás decir qué es lo que está mal.

Henry sonrió:
-Me temo que por ahora no, prepara una reunión para dentro de… -miró su reloj- dos horas con el equipo, y les informaré de lo que deben corregir y comenzar a producir.

-¿Dos horas? -dijo ella con tono sorprendido-, ¿te estás volviendo viejo?”

-No -respondió él-, es que quiero que tanto ellos como tú y yo podamos comer tranquilos y sin agobios, y si tienes tiempo confirma mi partida de airsoft para este fin de semana.

Ellen asintió y salió del despacho.

Jornada 4: Henry, el ingeniero industrial (I) Por JD


Interludio (En el presente)

Uno de los placeres de este nuevo mundo era el silencio. Nada de aviones, ni sirenas, ni obreros trabajando… Sentarse y simplemente disfrutar del momento, junto a una buena copa de whiskey con dos hielos, y, ocasionalmente, un puro.

Pero, como ocurre en las malas películas, ese placer siempre es interrumpido. En este caso por el teléfono. El cual no solía sonar, y cuando lo hacía, no era por una buena causa. Cogió el teléfono, miró la hora y la dijo en cuatro cifras, al otro lado del teléfono otra voz contestó en cuatro cifras dando el día y el mes.

-Gerald -dijo Henry desde la azotea de uno de los edificios de la base militar-, creía haberte dicho que no me volvieras a llamar, nuestra relación no funciona, debes de dejar de obsesionarte conmigo.

Notó en seguida el disgusto en la voz de Geral al otro lado de la línea telefónica:
-Y yo creyendo que después de haberte regalado un teléfono vía satélite para que pudieras llamar a las líneas calientes sin gasto habría conseguido hacer de ti algo parecido a un aborto de hombre.

Henry no pudo evitar reír ante la ocurrencia de Gerald, la verdad es que no hablaban a menudo, pero era un reto cuando lo hacían a ver quién decía la barbaridad más grande:
-Supongo que no me llamas para decirme que la guerra se ha acabado y que podemos volver a nuestras casas.

-Todo lo contrario, me temo -dijo Gerald con un tono de voz serio y algo apagado, lo cual no era muy habitual en él y hacía que las alarmas de Henry saltaran-. Es posible que tengamos un problema de seguridad.

-Cuéntame -dijo Henry adoptando el mismo tono serio-, ¿los zombies?

-No, peor -respondió Gerald-, los humanos.

A continuación pasó a relatarle lo que Doc le había contado, y las sospechas y amenazas que eso conllevaba.

-Avisaré a mi personal para que éstos informen a los grupos que estén por aquí cerca -dijo Henry-, aunque por lo que sé no se han encontrado con gente extraña, más bien los de siempre, merodeadores, asesinos, y los grupos de supervivientes independientes que creen que están mejor yendo de un lado para otro.

-De acuerdo -Gerald guardó un momento de silencio-, el grupo de Mara se ha quedado para investigar, cuando descubran algo supongo que nos lo harán saber enseguida.

-Supongo que se está cociendo algo -aventuró Henry-, ¿hemos de preparar la evacuación?

Notó las dudas de Gerald al otro lado del teléfono:
-El castillo está bien protegido y la zona vigilada, además hemos mantenido un perfil bajo, por ahora nos quedamos aquí, pero…

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