Jornada 05. Cabalgata de muertos II (7)


-Si mis equipos pueden contra zombis te aseguro que podrán contra unos cuantos presos –dijo seguro de sí mismo Carlos-. Mi gente está entrenada para combatir zombis, pero también contra humanos vivos. Siempre he pensado que el problema son los vivos, no los muertos.

-No sé si eso me tranquiliza –dijo Pep intranquilo-. Entiéndelo, sin clientes no hay dinero…

-Mira, precisamente de eso quería hablar contigo –dijo Carlos que ni aposta podría haberle salido mejor-. Estoy haciendo cuentas y para febrero… puede que tengamos que anular protecciones, no damos abasto con el personal que tenemos ahora.

Pep se quedó mirando al techo durante unos segundos. Luego se puso a estudiar las baldosas que estaba pisando. A continuación suspiró.

-Pásame un presupuesto –dijo Pep que no sabía si estar contento o abatido-. Pero supongo que no habrá problemas, con el dinero extra que pagan los clientes creo que nos lo podemos permitir. Siempre que la calidad no empeore.

-Nunca pondría a los clientes en peligro –le aseguró Carlos con la cara seria-. No juego con las vidas de la gente.

-Y por eso tenemos que contratar a más personal –suspiró Pep-. Porque el servicio que ofreces es tan bueno que se ha corrido la voz y ahora todos quieren venir al hotel y ser protegidos por los tuyos. Nos podemos morir del éxito.

-Pero moriremos ricos –señaló Carlos sonriendo.

-Bah, ¿de qué sirve morir rico si no disfrutas del dinero? –Señaló Pep.

-Para un bonito entierro –respondió Carlos-. Un bonito ataúd, una banda de música. Una parada militar. Todo lo que pueda pagar el dinero. Al menos te enterrarían con estilo.

-Te olvidas de que ya no enterramos a la gente –señaló Pep divertido- Ahora la quemamos para que no se levanten de nuevo.

-Seguro que se puede arreglar, para eso sirve el dinero –sonrió Carlos que no daba su brazo a torcer fácilmente.

-No me convencerás. Yo quiero poder gastar dinero sin preocupaciones –dijo Pep-. Pero bueno, mientras tanto, seguiremos ganando dinero con el hotel sin saber en qué gastarlo.

Carlos sonrió pensativo. La verdad es que para él el dinero no era una necesidad imperiosa. No tenía una familia que mantener, ni una gran hipoteca. Tenía un pequeño estudio con el que se apañaba y siempre había sido bastante espartano así que lo más caro que tenía en el estudio era una inmensa pantalla de televisión, pero aparte de eso, seguía conduciendo el mismo coche que se había comprado hacía muchos años y no pensaba cambiarlo todavía.

Miró a Pep que seguía preocupado. Él tenía la seguridad de que si algún fugado se acercaba a alguno de los equipos el pobre seguro que regresaba corriendo a la prisión o corría hacia algún policía para que le detuvieran. Sus equipos no se andaban con bromas, proteger al cliente era lo esencial. El resto… eran simples detalles. Volvió a mirar a Pep y fue cuando vio que el gesto de su cara había cambiado… a peor. Éste señaló la pantalla. Carlos la observó durante unos segundos sin saber qué era lo que había alarmado a su jefe… hasta que vio que no aparecía ningún punto en la pantalla. Todos los equipos habían desparecido de la misma.

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