Jornada 04. Cabalgata de muertos (13)


El soldado Vázquez miró de nuevo el lado izquierdo de la calle San Vicente de Paul, todo estaba tranquilo. A su lado estaba el soldado Escobar, que no debía estar ahí, dado que no era su guardia, pero de alguna manera había acabado en la garita que había en la esquina del complejo militar que daba a la esquina entre la carretera de Valldemossa y San Vicente de Paul.

-Pues sigo sin ver nada –dijo Vázquez pensativo-, claro que no sé exactamente qué quería el sargento que viéramos.

-A mí qué me cuentas –se quejó Escobar-, yo ni tendría que estar aquí. No sé cómo me he dejado convencer.

-Porque eres buena persona –respondió Vázquez sonriendo- y sabes que estas guardias son aburridísimas. Nunca pasa nada.

Vázquez se movió un poco para ver a través de la diminuta ventana que había a la derecha de la garita. Las ventanas, simples agujeros, estaban a cada lado de la garita, eran lo suficiente grandes para poder sacar el fusil pero poco más. Eran más altas que anchas, en una proporción de 10 a 1, o así. Apenas se veía nada. Y lo más triste de todo era que no tenía visión de la carretera de Valldemossa y mucho menos de la rotonda.

-Seguro que puñetero Ibáñez se lo debe de estar pasando en grande en comandancia se quejó Vázquez.

-Tú estás celoso –le señaló Escobar sonriendo. No era la primera vez que Vázquez se quejaba de Ibáñez, los tres habían sido compañeros de promoción pero éste había ascendido mientras ellos seguían comiéndose guardias un día y otro también.

-¿Celoso? –Dijo haciéndose el ofendido-. Lo que pasa es que ese tío es un… le enseñé todo lo que sabe y lo ha usado de una forma completamente rastrera.

-Vamos, vamos, que no es para tanto –dijo Escobar tratando de calmar a su compañero.

-¿Cómo que no? –Dijo Vázquez- Ese tío se ha ganado los galones a base del esfuerzo de los demás. Cuando un trabajo estaba acabado él salía de repente, se adjudicaba la autoría del mismo y se llevaba los méritos, y para los demás ni las gracias.

-No es muy diferente de lo que tú haces –señaló sonriendo Escobar que conocía a Vázquez.

-No me compares –dijo ofendido Vázquez-. Lo mío es un arte. Yo no hago el trabajo que me mandan. Hago que parezca que lo he realizado, pero sin haber movido un músculo. A ver cuánta gente puede hacer eso.

-En eso te doy la razón –dijo Escobar mientras estiraba su espalda levantando los brazos sobre su cabeza- Creo que me voy a dar una vuelta por la cantina. ¿Quieres que te traiga algo, invito yo?

-Un chocolate caliente –dijo sonriendo Vázquez- que hace un frío… maldita humedad. Por cierto, ¿tienes un cigarrillo?

Vázquez vio alejarse a Escobar mientras salía tranquilamente de la garita hacia las escaleras. Luego, pitillo en mano, volvió su atención de nuevo a la calle que seguía estando aburridamente tranquila.

Escobar volvió de repente al trote y le arrastró fuera de la garita señalando hacia la rotonda. Vázquez miró hacia donde su compañero señalaba y se le quedó la cara blanca. Bajando desde la rotonda había una cantidad de zombis… que no había visto nunca juntos, ni siquiera en los documentales sobre el apocalipsis. Sin pensárselo dos veces cogió su radio.

-Sargento, señor –dijo gritando- zombis, ¡cientos de zombis! ¡Miles! Está la calle llena de ellos.

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