Jornada 04. Cabalgata de muertos (10)


Nadie parecía creerle. Uno de los auxiliares salió de detrás del mostrador y se asomó por la puerta. Volvió corriendo al mostrador con la cara blanca.

-Es cierto, hay un gran grupo de zombis en la rotonda, y parece que cada vez vienen más –dijo nervioso- y además hay un coche patrulla aparcado en la puerta.

-¿Funciona el teléfono? –Preguntó Castillo al empleado.

El pobre hombre levantó el auricular, esperó unos segundos y negó con la cabeza.

-¿Alguien tiene cobertura? –Preguntó Castillo mirando al grupo de gente.

Todos se apresuraron a coger sus móviles, pero nadie parecía tener cobertura. Todos negaban con la cabeza.

-Bueno, tranquilícense –dijo Castillo con voz serena- Despejen este área. Y si es posible toda la planta baja. Sellen la puerta principal. Es posible que si los zombis no ven a nadie no se tomen la molestia de tratar de entrar. ¿De acuerdo?

-Oiga –intervino la mujer que había causado todos los problemas iniciales- supongo que usted se quedará para defendernos. Es su deber como policía.

-No señora –respondió Castillo tajante- mi deber es avisar a los militares para que se pongan en marcha. Iba de camino al cuartel cuando me paré para avisarles. Si siguen mi consejo y no llaman la atención seguramente no les pasará nada.

Acto seguido y sin dar tiempo a la mujer a replicar salió por la puerta en dirección al coche patrulla. Los zombis todavía se seguían acumulando en la rotonda sin decidir su siguiente movimiento. Puso en marcha el coche en dirección hacia el cuartel.

El ruido de la sirena retumbaba por la calle casi vacía mientras el coche avanzaba. Nada más pasar un cruce vio el cuartel de los militares. Era una enorme instalación que ocupaba el equivalente de varias manzanas de casas, nunca se había detenido a pensar en cuánto espacio ocuparía pero cada lado parecía tener paredes de medio kilómetro de largo. Estaba rodeado de un muro de dos metros de alto blanco con alambradas y con varios puestos de observación con soldados que al verle pasar le seguían con la mirada con cierta curiosidad.

La entrada principal se encontraba a 300 metros de la esquina del complejo, la había visto muchas veces al pasar por la zona. Dos garitas, una a cada lado de la puerta y una barrera que estaba más como decoración que otra cosa. Afortunadamente para ellos.

-Agárrate, novato –advirtió Castillo a su acompañante justo antes de hacer un giro repentino de noventa grados situando el coche entre los soldados en las garitas que acababan de salir sorprendidos por la maniobra. Sin detenerse rompió la barrera y entró en el cuartel frenando de golpe.

Los soldados de las garitas habían entrado detrás de ellos corriendo con sus armas preparadas mientras varios soldados que estaban en el patio hacían lo mismo. En unos segundos el coche patrulla estaba rodeado de soldados con sus fusiles de asalto apuntando al vehículo y a sus ocupantes.

Castillo que había apagado la sirena y bajado la ventana para que pudieran escucharle mejor sólo pronunció dos palabras.

-Código negro.

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