Jornada 10. El final del principio II (VIII)


El general respiró hondo.

-Una cosa más, vamos a ser la última línea de defensa de esta base. La más peligrosa. Estaremos rodeados de zombies –dijo el general con tono serio-, así que la misión es totalmente voluntaria. Y a usted, Johns, no quiero verle por aquí.

El soldado se quedó sorprendido al ser nombrado, y más cuando le ordenaron dejar su puesto. Su indignación era visible.

-Johns, no sea estúpido y arrogante –dijo el general mirándole fijamente-, usted es de los pocos afortunados cuya familia sigue viva y la tiene aquí. Les protegerá mejor estando a su lado que aquí abajo.
>>No es momento para egos heridos. ¿Quiere servir al ejército? Siga vivo para ello. Sólo quiero soldados que no tengan más familia.

Los soldados se miraron unos a otros sorprendidos.

-Cuando esto se acabe –dijo a modo de respuesta el general-, y se acabará, necesitaremos familias. Es cierto que también necesitaremos solteros. Pero ¿para que crear nuevas familias si ya las tenemos?
>>Tendremos que repoblar el mundo. Y los niños necesitarán padres.

Henry sonrió. El viejo zorro siempre sabía lo que decir. Algún soldado dejó el grupo junto a Johns apesadumbrado, pero sus compañeros les dieron palmadas y les intentaron alegrar con alguna broma.

Pero en su cara sabían que seguramente sería la última vez que les verían.

La primera explosión sonó en la lejanía. Y a ésta le siguió otra, y luego otra. De repente el aire se llenó del humo de las explosiones. El general, Henry y varios soldados se acercaron a la puerta principal. Los zombies habían entrado en el primer campo de minas y las pisaban tranquilamente. Cada explosión hacía volar a varios zombies debido a lo juntos que iban. Y las extremidades eran separadas violentamente y caían sobre el resto de zombies, sin que éstos hicieran gesto alguno sobre si les importaba o no. Los zombies que habían perdido extremidades trataban de seguir avanzando pero eran pisados por sus compañeros que no parecían ser conscientes de lo que estaba pasando.

Con cada explosión que había se creaba un hueco en la masa inhumana que en pocos segundos era rellenado de nuevo. Y no se detenían.

Seguían avanzando. Y las minas seguían explotando a su alrededor. En algunos casos los zombies incluso arrastraban miembros perdidos de otros zombies sin darles importancia. Era desesperante y descorazonador.

Y con cada explosión se acercaban cada vez más. Las personas que había en la entrada dieron un paso atrás instintivamente. Las minas habían tratado de hacer su trabajo. ¿Cuántos zombies habían caído? ¿Decenas? ¿Cientos? Daba igual. Su número parecía seguir creciendo a cada paso.

Una pesadilla andante.

Mientras se seguían escuchando explosiones los primeros zombies llegaron a los tanques de nitrógeno líquido. Henry esperó a que estuvieran rodeados. En unos pocos minutos los tanques ya no se veían.

El ingeniero dio la señal y un soldado hizo explotar una de las cargas y luego a continuación hizo explotar otro de los tanques.

Una humareda blanca se expandió entre los zombies y los inundó completamente, de manera que no se les podía ver.

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