Jornada 8. El fin de los días IV (XXV). Ello


Al cabo de un cierto tiempo les llegó la comida. El padre Xavier bendijo la mesa y comenzó a comer en silencio. Sus compañeros parecían al principio reluctantes pero a medida que circuló el vino y la comida entraba en el estómago comenzaron a relajarse y hablar entre ellos de la vida en general. El padre Xavier apenas intervenía en la conversación para no enfriar el ambiente.

Mientras comía en silencio pensó en la mirada que habían intercambiado sus acompañantes cuando había hecho el comentario de la comida del condenado. Había visto antes esa mirada. Y no sólo en África. Era la mirada de aquellos que ocultaban algo y a los que les habían descubierto. La habían ocultado rápidamente, les tenía que conceder su pronta reacción, verdaderos profesionales. Pero aún así… ¿podría ser que el camarlengo hubiera ordenado su muerte? Le resultaba difícil imaginar algo así. Sí, el camarlengo era un hombre ambicioso, pero ordenar que le mataran… parecía demasiado exagerado. Claro que ver a un Papa resucitado como zombie no era precisamente algo que pasara todos los días.

No podía imaginar que estos hombres que habían dedicado su vida a proteger al Santo Padre y al Vaticano hubieran aceptado quitarle la vida a un sacerdote… Claro que lo cierto era que los fanáticos eran los más fáciles de convencer a la hora de cometer los más atroces crímenes. Y desgraciadamente también había conocido demasiados a lo largo de su vida. Era algo enfermizo ver cómo excusaban su comportamiento de una manera casi irreal. Sus ojos irradiando una fe en sus ideas… que en cierta medida entendía. Él no se consideraba un radical, ni un fanático, le gustaba tener discusiones con la gente sobre Dios y su religión, pero admitía sin problemas que la Iglesia había cometido su ración de crímenes sin justificación real.

Y tal vez ése era el problema. Que admitía pertenecer a una organización que no era perfecta. Y eso no gustaba a todos los miembros. Tendría que recordar en sus oraciones al misterioso benefactor que le había avisado por teléfono y seguramente le había salvado la vida.

La comida dio paso al café, y ése fue el momento que aprovechó para poner sus planes en marcha. Los dos hombres se encontraban fumando, aunque seguían manteniendo ese aire de profesionalidad que irradiaba que si algo fuera a pasar estaban preparados para saltar a la acción.

El padre Xavier se levantó de la mesa y se excusó para ir de nuevo al baño. Su escolta hizo acto de ponerse en píe para acompañarle.

-Por favor, no hace falta –se excusó el sacerdote-. Conozco el camino, además, no creo que nadie ahí dentro quiera hacerme nada, soy un simple cura, le aseguro que si tuviera enemigos estarían todos en África. Por favor, no quiero ser una molestia.

El escolta se quedó a medio levantar y finalmente se volvió a sentar pareciendo darse por satisfecho.

El sacerdote entró en el local y se dirigió rápidamente a la cocina. Durante su anterior visita había visto su objetivo. Una puerta que daba al callejón del restaurante. Afortunadamente para él estaba lo suficientemente oculta al público para que el escolta la hubiera podido ver. Además, él se había encargado de moverse de manera que no estuviera a la vista de su acompañante la puerta.

No se paró a decir nada a los cocineros y pinches que estaban demasiado ocupados cocinando. Y que parecían no prestarle mucha atención dado que ya había estado antes.

Abrió la puerta y salió al callejón. En unos minutos estaba rodeado de gente y lejos del restaurante. Y cada minuto le alejaba más de sus escoltas que no podían imaginarse que su presa se hubiera escapado.

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