Jornada 8. El fin de los días IV (XXIII). Ello


El padre Xavier veía avanzar lentamente el coche por las congestionadas carreteras mientras por su cabeza pasaban ideas sobre lo que el camarlengo le tenía preparado y cómo escapar de ese destino.

Seguramente le tenía preparada una cómoda celda en alguna cárcel, o tal vez alguna cabaña apartada en las montañas en la que siempre estaría vigilado. O encerrado en algún monasterio. Prisionero y alejado de los planes del camarlengo.

No dudaba de lo que le habían dicho por teléfono. El camarlengo siempre había sido una persona ávida de poder, y como secretario personal del Papa estaba a un paso del poder absoluto… o puede que incluso más cerca, dado que se rumoreaba que era el titiritero detrás de la mayoría de decisiones del fallecido Santo Padre. Pero sacrificar a muchos para salvar a unos pocos… era pecaminoso completamente. Entendía sin problemas el plan. Al deberle la vida la gente haría lo que le pidiera. Y la Iglesia… bueno… tendría voz y voto en todo lo que se decidiera.

¿Debería aprovechar para saltar del coche en uno de esos parones que provocaba el tráfico? Sonrió. No tenía muchos problemas en cambiar de tema de pensamiento en un instante. Eso le había servido para salvar la vida en África varias veces. Negó mentalmente. Seguramente sus guardianes le atraparían enseguida, sabían moverse entre las multitudes y estaban especializados en no perder de vista a sus sospechosos. Debía ser más sutil.

Realmente lo que tenía preparado el camarlengo, si hacía lo que Xavier estaba pensando, era terrorífico. No sólo estaba sacrificando a los más débiles, yendo contra las Santas Escrituras, estaba vendiendo su alma al Diablo. Y no parecía importarle. ¿Pero qué podía hacer él? ¿Ir a la prensa? ¿Hablar con los periodistas y desvelar sus diabólicos planes? Seguramente le tacharían de loco, además, su pasado no era ciertamente el mejor para poder refutar sus palabras, y la Iglesia tenía el poder para desacreditarle sin problemas. Pero tenía que hacer algo.

Tal vez podía aprovecharse de la situación y de uno de los pecados capitales. Su mente estaba tejiendo un plan de escapada.

-Disculpen, ¿sería posible parar a comer? –preguntó inocentemente el padre Xavier-. No he comido desde hace… bueno… antes del viaje. Además, no puedo decir justamente que esté deseando volver a África. Sería un pecado estar en Roma y no aprovechar para comer alguno de sus deliciosos platos.

-No sé padre, tenemos nuestras órdenes –respondió el escolta que se encontraba a su lado-. No sé si al camarlengo le parecería bien.

-Piensen que es algo así como la última comida del condenado –dijo sonriendo, aunque su sonrisa se congeló al ver la rápida mirada que intercambiaron conductor y escolta. Fue breve, pero peligrosamente significativa; aquellos cenutrios parecían no tener la habilidad de mostrar cara de poker-. Piensen que en el continente negro no hay restaurantes italianos, a saber cuándo será la última vez que podré comer un plato de verdadera pasta italiana. Seguro que el camarlengo estaría de acuerdo. Sería piedad cristiana.
>>Miren, hace tiempo que no estoy por la ciudad –continuó hablando al tiempo que pensaba que era lamentable tener que pedir permiso de aquella manera para comer-, así que podemos ir a dónde ustedes elijan. Pero que sea un sitio que sirvan buena pasta italiana. Sólo les pido eso.

El conductor y el escolta intercambiaron miradas como si estuvieran hablando en silencio. Finalmente ambos parecieron llegar a un consenso dado que el conductor le respondió.

-Conozco un lugar cerca de aquí, hacen una pasta diaria que está muy buena pero es algo caro.

-Que le pasen la cuenta al camarlengo –dijo sonriendo falsamente el sacerdote-, seguro que no le importa alimentar al hambriento. Al fin y al cabo ésa es la política de la Iglesia.

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